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Merath había dormido poco y el atardecer estaba presente; en la sala, encontró a Lutgard, sentado con un libro en las manos, pero sin leer realmente, sus ojos estaban perdidos en otro lugar, cuando la vio, cerró el libro con calma.
—Pensé que dormirías más tiempo —murmuró en voz baja.
Ella se encogió de hombros, acercándose hasta quedar frente a él —Ya no podía seguir ahí arriba.
Él la miró unos segundos, evaluando su estado. su mirada recorriéndola sin juicio, con la extraña de distancia y cuidado que él a veces mostraba.
—Odvier salió hace unas horas con Ethan y Emma para buscar a tus hermanos.
Las palabras golpearon a Merath con sorpresa, abrió los labios para decir algo, pero el sonido se quedó atrapado en su garganta.
—Pensamos que era lo mejor —añadió, observándola— ellos deben estar aquí, contigo.
Lo miró en silencio, sin asentir, sin protestar: —Ya veo... —Él la estudió, como si intentara leer lo que había en su interior, y ella, por primera vez en mucho tiempo, no se sintió invadida, Merath respiró hondo —Lutgard...
Él ladeó el rostro, esperando sus palabras.
—Has pasado días sin... —titubeó, apretando los dedos nerviosamente— sin alimentarte de mí.
Él arqueó una ceja, sorprendido por lo decía, su expresión se suavizó al notar la genuina preocupación en sus ojos.
—Estás preocupada por eso —afirmó.
Merath asintió apenas, Él suspiró inclinándose hacia ella en una acción íntima —No tienes por qué. El vínculo reacciona a tu estado, ahora que estás frágil mi sed se reduce. Es un instinto de preservación.
—Aun así... —dijo en voz baja, dando un paso más cerca— Quiero que tomes ahora que no hay nadie.
La observó en silencio, sus ojos buscando confirmación en cada detalle de su rostro.
—¿Es lo que deseas? —preguntó con seriedad, sin moverse.
Ella sostuvo su mirada con firmeza, aunque su voz salió temblorosa. —Sí.
Finalmente, Lutgard se levantó del sillón con una lentitud casi ceremoniosa y se colocó frente a ella. Levantó una mano, rozando suavemente su mejilla.
—Entonces no temas. —Su voz sonó como una promesa, un susurro que erizó su piel. Ella cerró los ojos, inclinando ligeramente el cuello, ofreciéndose sin reservas. Y por primera vez, la intimidad del momento no la asustaba.
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ODVIER
Caminaba en silencio con las manos ocultas bajo la capa oscura que me cubría los hombros, a mi lado, Emma avanzaba con paso firme, la barbilla en alto, sus lindos ojos dorados me estudiaban de vez en cuando, inquisitivos. Ethan, en cambio, silbaba una tonada casi imperceptible.
—Si vamos a hablar de consecuencias —comentó Emma—debemos aceptar que traer a esos tres aquí no será sencillo, ellos pertenecen a otro mundo, a uno más simple.
—Simple pero no ingenuo —replicó Ethan con una media sonrisa.
Asentí, estábamos cerca cuando el aire trajo consigo un aroma dulzón que erizó mi piel.
—¿Lo sientes? —preguntó Ethan, frunciendo el ceño.
gruñí por lo bajo: —Hada.
Los tres aceleramos el paso hasta que la casa apareció frente a ellos. Mi corazón se hundió al verla, las ventanas hechas añicos, la puerta colgando de una bisagra y de su interior un intenso olor a polvo y sangre impregnaban el aire.
—¡Maldición! —exclamó Emma, con los ojos encendidos de furia.
Ethan avanzó despacio, escudriñando desde la entrada —No hay cadáveres a la vista.
Cerré los puños, golpeando una viga partida —Eso no significa que estén a salvo.
Un rastro sutil, dulce y venenoso al mismo tiempo, estaba impregnado en las grietas.
—Zelti estuvo aquí... —susurré con amargura.
Emma apretó los dientes —¿Ella?
—Sí. Su esencia aún se filtra en estas paredes —confirmé— si no están aquí, tal vez en otro lugar.
Ethan preguntó —¿Hay otro lugar donde pudieran estar?
—Vamos —ordené girando en seco— se donde podrían estar.
El trayecto hasta Portobello Road fue rápido. El local estaba cerrado con la persiana baja y la puerta principal bloqueada.
—Demasiado silencio... —murmuró Ethan.
Rodeé el edificio, hallando la puerta trasera y, de un empujón, forcé la cerradura. El chirrido metálico resonó como un grito en medio de la tensión, apenas entramos, un grito nos embistió:
—¡Ustedes!
Midas emergió de entre las sombras, abalanzándose sobre mí con una furia descomunal. Sus ojos brillaban por unos momentos negros, su respiración era desordenada, y la fuerza con la que me impactó me hizo retroceder un paso. Había algo salvaje en su acción que me hizo dudar que fuera él. Logre detener el golpe con el antebrazo, aunque el dolor fue grande.
—¡Basta! —gritó Emma, interponiéndose.
—¡No me toques! —escupió Midas enojado.
Bajo la caja registradora, Maeve se encogía mordiéndose los labios para no llorar, mientras Muna permanecía a su lado con una serenidad perturbadora, debe ser producto del shock.
—¿Qué hicieron? —rugió Midas contra mí, intentando empujarme de nuevo.
Ethan levantó las manos en señal de paz —No vinimos a pelear contigo, Midas. Vinimos a protegerte.
—¿Protegerme? —escupió él—. ¡No confío en ninguno!
Lo mire con seriedad —Escúchame vengo a llevarlo junto a su hermana, peros si seguimos luchando entre nosotros, no llegaremos a nada.
La respiración de Midas era violenta, pero no volvió a atacar. Su mirada pasó de Ethan a Emma, hasta caer en Maeve y Muna. La menor con voz temblorosa, se atrevió a suplicar:
—Midas si lo escuchamos eso podría llevarnos a Merath... por favor.
Él la observo barajeando las posibilidades en su cabeza, luego bajó lentamente el arma improvisada que sostenía y gruñó entre dientes:
—Está bien.
El silencio fue incomodo, no había confianza, pero al menos no había más golpes y sin añadir palabra alguna levanté una mano y entoné un susurro en élfico antiguo aprendido desde la niñez. La magia vibró en el aire, envolviéndonos a todos en un resplandor cegador, en un parpadeo las paredes del local desaparecieron y cuando la luz se disipó, estábamos en la residencia.