MERATH
Después del entrenamiento con Ethan, mi cuerpo era un revoltijo de cansancio y adrenalina. Sudor, moretones y alguna que otra risa quedaban flotando en mi piel como si fueran recuerdos recientes que se resistían a irse. Había aprendido que mi resistencia era buena, pero mis reflejos eran pésimos. Y, por supuesto, que Ethan tenía la extraña habilidad de caer siempre en la posición adecuada para parecer un caballero salvando a una damisela.
Dios qué fastidio.
Ya duchada y algo más presentable, bajé para la cena. La mesa estaba servida con carnes, panes y copas de vino. Ethan sonreía con aire satisfecho, como si hubiera ganado un torneo. Yo rodé los ojos y me serví sin ceremonia, devorando el pan como si fuera mi último recurso en la vida.
Y entonces, Emma volvió a aparecer.
Se sentó cerca de Lutgard con un movimiento elegante, casi felino, inclinándose lo suficiente para que su escote hiciera acto de presencia.
—Primo... —dijo con voz melosa, acariciando apenas su brazo—. ¿Recuerdas nuestras viejas noches en las fiestas de la corte? Algunos aún hablan de nosotros...
Yo mantuve mi copa en alto, bebiendo con calma, fingiendo que no escuchaba. Aunque por dentro el calor de la molestia me subía al pecho.
—Emma —intervino Lutgard, seco, apartando su brazo—. No es el momento.
—¿Por qué no? —susurró ella, sonriendo con un destello venenoso en los ojos dorados—. Antes no tenías problema en que pasáramos horas juntos. No creí que fueras de los que se atan tan rápido.
Ethan tosió para disimular la risa, y yo estuve a punto de partirle la copa en la cabeza.
—Es curioso —dije con una sonrisa tranquila, sin levantar mucho la voz—. No sabía que los vampiros se entretenían coleccionando recuerdos del pasado en forma de... veladas.
Emma volteó hacia mí, la sonrisa aún más afilada. Ella disfrutaba de estos roces, lo sentía en ella, no había malicia solo diversión.
—Querida, algunos recuerdos son demasiado dulces para dejarlos atrás. Y tú... apenas estás llegando.
—Pues yo prefiero el presente —repliqué—. Los recuerdos son el recordatorio de algo que paso y no volverá.
El silencio se volvió denso. Emma se acomodó más cerca de Lutgard, como si quisiera dejar claro su terreno. Lutgard no la miraba, me miraba a mí.
Y eso fue suficiente para que mi estómago ardiera en una mezcla incómoda de satisfacción y rabia.
La cena fue un desfile de sarcasmos y puñales escondidos en palabras. Ethan seguía riendo bajo, Emma parecía disfrutarlo, y Lutgard estaba cada vez más tenso, como si quisiera romper la mesa.
Nos habíamos cambiado a la sala después que los primos se fueron, el lugar quedó en silencio. Solo quedamos él y yo.
Yo seguía en el sillón, con mi copa en la mano, fingiendo indiferencia mientras mi sangre aún hervía.
—Tus primos son... entretenidos —dije con ironía—. Aunque Emma parece confundida con el concepto de "familia".
—Te incomoda —su voz fue baja, grave, como una declaración más que una pregunta.
—¿Incomodarme? —arqueé una ceja, encogiéndome de hombros—. No. Me parece gracioso, en realidad, pero sí... admito que a veces me pregunto qué tan... "ocupado" estabas antes de que yo llegara.
Él me miró fijo, con esa intensidad que me quemaba desde dentro.
—Eso no importa —dijo al fin, con tono cortante.
Yo solté una carcajada seca.
—Claro, para ti nunca importa; solo lo que decides. Siempre controlando todo, ¿no?
Él no respondió, pero sus ojos estaban sobre mí como un peso imposible de ignorar.
Fue entonces cuando lo dije. No con suavidad, no con ternura, sino con un impulso cargado de desafío:
—Si tanto lo quieres... ven.
Él arqueó una ceja, incrédulo.
—¿De verdad me estás llamando tú?
—No me hagas repetirlo —contesté, apoyando la copa en la mesa y cruzando las piernas—. Dijiste que esto era un vínculo, pues demuéstralo.
El silencio se hizo más denso mientras él daba un paso, luego otro, hasta tenerlo justo frente a mí. Me incliné hacia atrás, dejando mi cuello expuesto con descaro.
—¿Qué esperas? —lo provoqué—. ¿O acaso tu prima te cortó el apetito?
Sus ojos ardieron, y no supe si era rabia, deseo... o ambas.
Se inclinó, sus labios rozaron mi piel antes de morder y la habitación desapareció.
El calor se expandió, mis manos se aferraron al sillón y un jadeo se me escapó sin permiso. Su agarre en mi cintura era fuerte, casi doloroso, y sin embargo lo único que sentí fue una descarga eléctrica recorriendo cada parte de mí.
Él bebía lento, como si quisiera prolongar cada segundo. Yo trataba de respirar, de mantener el control, pero su cercanía me quemaba.
Cuando levantó la cabeza, sus labios aún húmedos de mi sangre, me besó. Fuerte, ardiente, como si hubiera esperado siglos para hacerlo. Un beso que me robó el aire y me dejó temblando.
Mis manos lo sujetaron, mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera pensar. Todo iba demasiado rápido, demasiado intenso.
—Basta... —susurré con esfuerzo, apartándome.
Me levanté, el corazón acelerado, la respiración irregular. Él permaneció sentado, mirándome como si acabara de reclamar algo que ya le pertenecía. No dije nada más, subí las escaleras, temblando todavía. Él se quedó abajo, con el rostro más sereno que en días, alimentado y saciado.
LUTGARD
El amanecer se filtró tímido por los ventanales, aunque yo llevaba despierto mucho antes de que la luz del sol rozara las paredes de esta casa. No era costumbre mía permanecer consciente a estas horas, pero algo me mantenía en vela, algo que me ardía por dentro más que cualquier hambre.
El recuerdo del beso y el sabor de su sangre.
Ambos me perseguían como cadenas invisibles, pesadas, sofocantes, imposibles de ignorar. Había bebido de ella hasta que el instinto me pidió parar... y aun así no era suficiente. Era como si cada célula en mi cuerpo me reclamara más. Como si hubiera despertado en mí un hambre distinta, más profunda, más sucia.