MERATH
Después de la ducha caliente, con el cabello aún húmedo y un conjunto cómodo, bajé con la mente divagando entre pensamientos dispersos. Al asomarme, los vi en el patio, Ethan y Lutgard conversaban con una diferencia evidente entre sus gestos era. Ethan hablaba con naturalidad, sonriendo con esa ligereza que parecía envolverlo todo; Lutgard, en cambio, estaba rígido, observando como quien mide cada palabra y cada respiro, decidí unirme a ellos.
Al sentarme, la conversación fluyó con rapidez... o, mejor dicho, entre Ethan y yo. Su facilidad para contar anécdotas absurdas y su forma de reír hacía que todo se volviera liviano, y pronto nos encontramos riendo de cosas tontas, compartiendo comentarios como si nos conociéramos desde hace años. Había una familiaridad extraña, natural, que me resultaba refrescante.
Pero no para él; lo sentí, lo ví.
La incomodidad de Lutgard era tan evidente como la tensión en sus hombros. Su mirada nos seguía, fija, como si en cualquier momento fuera a interrumpir... hasta que lo hizo con un tono cargado de cinismo:
—Qué maravilla, ¿no? —murmuró con una voz grave impregnada de burla, mientras una sonrisa ladeada se estiraba apenas en su rostro—. Impresionante cómo hay quienes logran crear vínculos profundos en tan solo un par de horas. Algunos simplemente tienen un talento especial... para encajar tan rápido.
Su comentario llegó como un balde de agua fría, desgarrando la risa que había en el aire.
El silencio que siguió fue incómodo, cortante, casi palpable. Ethan parpadeó, todavía divertido, como si no se diera por aludido, pero yo sentí la tensión de esas palabras clavarse en mi piel. No hacía falta ser telépata para notar lo evidente, a Lutgard no le gustaba lo que veía, y mucho menos lo que sentía.
—¿Celoso? —pregunté alzando una ceja y mostrando una sonrisa que rozaba la burla—. Por favor si lo estás, al menos intenta fingirlo mejor. Se te nota hasta en la forma en que respiras.
Ethan soltó una carcajada suave, echándose hacia atrás con toda la calma del mundo.
—Vaya, primo... nunca pensé que fueras tan territorial con una simple conversación.
El brillo en los ojos de Lutgard se volvió aún más oscuro, como si cada palabra añadiera leña a un fuego que ya estaba ardiendo. Yo respiré hondo por la boca, manteniendo mi sonrisa tensa, no iba a darle el gusto de intimidarme, no después de todo lo que ya había soportado.
Respiré hondo nuevamente y solté el aire despacio, no iba a quedarme atrapada en esa guerra de miradas masculinas.
—Bueno... ya que terminamos de jalarnos un poco las greñas —dije con un sarcasmo dulce, mirando a ambos—, yo necesito salir.
Lutgard giró apenas el rostro hacia mí, su ceja arqueada en una clara señal de desaprobación.
—¿Salir? —repitió con esa voz grave que parecía un gruñido contenido.
—Sí, salir. —Me levanté del sillón, dando una palmada ligera en mis pantalones, como si eso marcara mi punto final—. No queda nada decente para comer, si no te has dado cuenta; ¡sorpresa! yo necesito comida real. Así que iré a hacer compras... y de paso visitaré a mis hermanos.
Noté el cambio inmediato en la postura de Lutgard. Ethan sonrió con diversión, como si hubiera estado esperando esa chispa.
—Déjala primo —intervino con tono ligero—. No puedes tenerla encerrada como si fuera un tesoro guardado bajo llave. Además... suena bastante normal lo que planea.
Yo asentí con énfasis, agradeciendo su apoyo, aunque no lo dijera en voz alta.
—Exacto. Normal. Algo que, francamente, me hace falta en este circo.
Lutgard no respondió enseguida, solo me sostuvo la mirada. Su silencio era más intenso que cualquier protesta, pero yo no estaba de humor para ceder.
—Tranquilo —añadí finalmente, ajustándome el cabello y tomando mi bolso—. Solo voy a ver a mi familia y a comprar comida. No voy a invocar demonios, ni a coquetear con las gárgolas.
El sonido bajo que soltó fue suficiente para que supiera que no estaba convencido, pero al menos no dijo que no.
—Ya vuelvo —concluí dándoles la espalda con toda la calma del mundo, aunque por dentro la tensión me recorría como electricidad.
Subí a mi cuarto con pasos firmes, sintiendo esa presión molesta que me venía persiguiendo desde hacía un par de días. Cerré la puerta detrás de mí dejando a los dos primos en el patio con sus conversaciones de poder masculino, y me dejé caer en la cama.
Respiré hondo, tratando de calmar la sensación que estaba sintiendo y sabía que no era cansancio... era otra cosa. Una especie de irritación sin causa, un hervor bajo la piel. Me sentía como si la mínima chispa pudiera hacerme explotar.
Sacudí la cabeza, alcé la mirada tratando de ubicar mi celular por el cuarto hasta que lo encontré tirado en el sillón, me levanté a buscarlo y lo desbloqueé.
—Genial... ni siquiera lo he visto en dos días —murmuré sentándome.
Las notificaciones del grupo de mis amigas explotaron en la pantalla; memes, comentarios sarcásticos, indirectas tontas y, entre todo eso, sus preguntas sobre mí.
"¿Merath, sigues viva?"
"Desapareciste, mujer, ya te dimos por secuestrada."
"Cuenta el chisme, porque aquí nos tienes como viudas."
No pude evitar sonreír, aunque fuera un poquito. Respondí rápido, asegurándoles que estaba bien, que había estado ocupada, nada del otro mundo. Sus réplicas llegaron enseguida, cargadas de ironía y risas virtuales.
"Ah, bueno... ya estaba pensando en poner tu foto en la leche."
"No importa, cuando regreses nos debes rondas de tragos."
"Te estás volviendo muy misteriosa, niña."
Me reí bajito, y por un instante, esa tensión dentro de mí se alivió pero apenas dejé el celular a un lado, el mal humor regresó, como un zarpazo.
Me miré al espejo del tocador y fruncí el ceño.
—¿Qué demonios me pasa? —susurré, con un nudo en la garganta.