MERATH
El despertar fue lento y espeso, como si emergiera de un océano de gel. Primero llegaron los sonidos: murmullos apagados, pasos contenidos, respiraciones tensas. Luego, la luz difusa, demasiado blanca, demasiado intensa y, por último, el dolor. Abrí los ojos; Lutgard estaba allí, demasiado cerca, sentado al borde del sofá, observándome con una intensidad que me hizo estremecer. Detrás de él, sus primos guardaban silencio, mirándome como si llevara conmigo una verdad que habían esperado durante mucho tiempo.
Entonces la recordé, su sonrisa torcida, su voz venenosa, el dolor ardiendo desde dentro y ese apellido que, de pronto, ya no sentía como mío. Intenté incorporarme y Lutgard alzó una mano para detenerme, un gesto suave pero firme que apenas logró frenar el impulso de alejarme de todo aquello.
—Estoy bien... —mentí y nadie pareció creerme, el silencio pesaba demasiado. Fué Ethan quien habló, su voz suave y seria.
—Merath... sé que no te siente bien, pero tú llevas el apellido Mozeg, lo que significa que eres parte de la línea directa de la realeza élfica. Eres Bisnieta del rey ¿lo sabias?
Las palabras me atravesaron como cuchillas, me sentí desnuda y expuesta.
—Yo no... —mi garganta se cerró—. No quiero eso. Nunca lo pedí.
Emma me observaba con una mezcla de sorpresa y un destello de ¿respeto? Era extraño. Ethan se inclinó un poco hacia adelante como si quisiera suavizar el ambiente.
—No se trata de lo que quieras o no. Se trata de lo que eres.
Aparté la mirada, sintiendo cómo todo lo que conocía se desmoronaba. No era solo una mestiza perdida con habilidades extrañas; era algo más, algo peligroso... y no quería aceptarlo. Solo quería recuperar mi vida casi normal con mis hermanos. Un calor ardió en mi pecho, recordándome que no estaba sola, que él estaba allí, observándome, sintiéndome. Y, aun así, la idea de que también conociera lo que yo era me revolvía por dentro.
LUTGARD
La revelación estalló en mi mente como una bomba, Merath Mozeg. Permanecí en silencio, observándola debatirse entre sus propias emociones mientras las palabras de Ethan aún vibraban en el aire como brasas suspendidas, pero dentro de mí, la verdadera tormenta rugía. Mozeg, Linaje élfico real. La misma casa que, siglos atrás, había rechazado un acuerdo con las hadas y encendido una enemistad que jamás se apagó del todo. Y ahora esa sangre prohibida, peligrosa y poderosa palpitaba en Merath.
El instinto en mi rugía satisfecho y orgulloso; no estaba vinculado con cualquier mestiza, sino con la heredera de una línea prohibida pero mi mente —la fría, calculadora, entrenada para sobrevivir en la política de los vampiros— lo veía de otra forma. Era un problema. Un arma. Una amenaza.
Los reyes jamás aceptarían esto, la realeza élfica tampoco y las hadas... las hadas verían en ella no solo un recordatorio de un pacto roto, sino una oportunidad de venganza.
El vínculo ardió en mi pecho y tuve que contener un gruñido; podía sentirla, su miedo, su confusión, su negación. Esa transparencia me enloquecía, yo siempre jugaba con ventaja porque podía ocultar, manipular, fingir, pero ella era un espejo que lo exponía todo.
¿Qué hago?
Una parte de mi quiere encerrarla, protegerla del mundo y de mí mismo. Otra quería proclamar ante todos que era suya, sellar el vínculo y callar cualquier voz en contra. Y otra —la más peligrosa— me susurraba que el mundo ardería por esa unión, que su nombre junto al de ella podía cambiarlo todo.
Levanté la vista, Ethan me observaba, sabiendo más de lo que decía. Emma mantenía su postura altiva, aunque incluso en sus ojos brillaba la tensión y Merath me miraba como si esperara una respuesta que aún no tenía.
No era solo una mestiza con poder; era la chispa capaz de encender una guerra. Y, maldita sea, ya era demasiado tarde para alejarse. El ambiente en la sala se volvió espeso como humo, cargado de una tensión que nadie se atrevía a nombrar. Ethan fue el primero en romperla, con esa calma suya que siempre llevaba puesta como máscara, una sonrisa que escondía más cálculo del que estaba dispuesto a admitir.
—Esto cambia todo —dijo, con los brazos cruzados, los ojos fijos en mi—. No solo para ti primo, para todos nosotros.
Emma resopló.
—No, lo que cambia es que ahora la tenemos a ella y que medio mundo querrá ponerle las manos encima. ¿Ya pensaron en las gárgolas? ¿O en las hadas? —se inclinó hacia atrás en el sillón, cruzando las piernas con elegancia estudiada—. Zelti no apareció por capricho, sabe quién es Merath; si lo sabe ella, el resto lo sabrá pronto y será peor cuando sepan que es mitad humana.
Permanecí en silencio, mirando a Merath, no había dejado de observarla desde que despertó. El apellido vibraba en su cabeza como una campana sin descanso: Mozeg, Mozeg, Mozeg.
Ethan lo notó.
—¿Vas a decir algo?
Alcé la mirada lentamente con la frialdad de quien mide cada palabra.
—Sí. Que si alguien intenta tocarla muere.
Emma arqueó una ceja, divertida y escéptica.
—Tan posesivo como siempre, pero eso no detendrá lo que se viene, Lutgard. Las alianzas van a tambalear, y nuestros padres ya huelen la tormenta. No sé por qué Zelti la quiere aparte de su locura, pero ¿Por qué los otros seres se están moviendo?
Ethan intervino, con voz más grave de lo habitual:
—Los Mozeg no son un apellido cualquiera, son la rama más pura de los elfos y si ella es quien dice ser o quien demuestra ser, se va a convertir en el blanco de todos los bandos; incluso de ellos ya que se es sabido que los elfos no son tan amigables que digamos.
—¿Pero alguno de nosotros lo es? —bufo Emma —
Sabía que tenían razón. Ethan con su lógica tranquila y Emma con su cinismo venenoso, ambos estaban diciendo lo mismo, Merath no era solo Merath ahora.
Lo único que sentía era un ardor en el pecho y un hambre distinta a la de la sangre; era necesidad, era rabia, era la certeza de que, si alguien siquiera la mirara con la intención equivocada, no dudaría en arrancarle la vida.