MERATH
El sonido sordo de los golpes contra la colchoneta resonaba en el cuarto de entrenamiento, El aire estaba cargado con el olor del sudor, el roce de las telas y mi pulso agitado que trataba de recuperar tras caer por quinta vez en menos de veinte minutos.
—Levántate —dijo Ethan con calma, ofreciéndome la mano.
Lo acepte a regañadientes con los nudillos adoloridos y la piel de los brazos marcada por los intentos fallidos de bloqueo, él sonrió con esa calidez que parecía inmutable.
—Mejoraste el movimiento del hombro, ya no te dejas arrastrar tan fácil.
—Mejoré en caer con estilo, querrás decir —bufó Merath, retirándome el cabello húmedo de la frente.
Su risa fue suave.
—El estilo también es importante.
Desde la pared, con los brazos cruzados y la mirada fija en nosotros, estaba Lutgard quien observaba en silencio. No había intervenido en todo el entrenamiento, pero lo sentía como un peso constante en la nuca. Ese par de ojos chocolates con destellos dorados que lo analizaban todo, que me recorrían con escrutinio y algo más, algo que quemaba.
Cada vez que reía con Ethan, Lutgard apretaba la mandíbula. Cada vez que Ethan me tocaba para corregir un movimiento, él tensaba los dedos contra el respaldo de la silla a su lado como si quisiera destrozarlo. Pensé que lo había superado.
Lo notaba, aunque me hacía la desentendida. No quería darle el gusto de saber que su humor me afectaba, pero el vínculo vibraba dentro de mi como un tambor. Cada emoción de él me abrumaba—la irritación, la rabia contenida, la posesión salvaje— llegaba a mi pecho, colándose en mi sangre hasta acelerarme el pulso, sin enfermarme.
Finalmente, cuando Ethan intentó mostrarme una llave y me sujetó por la cintura para guiarme, Lutgard se apartó de la pared de golpe.
—Ya es suficiente.
Su voz fue un corte seco en el aire. Ethan se detuvo mirándolo y soltándome con lentitud.
—Solo estábamos repasando la técnica...
—Dije que es suficiente —lo cortó con un tono que no admitía réplica.
El silencio cayó en el cuarto, no pude evitar darle una mirada irritada tratando de controlar mi respiración agitada por el esfuerzo de la práctica.
—¿Vas a entrenarme tú entonces? —lo lancé desafiante mientras ponía mis manos sobre mis caderas.
Lutgard sostuvo mi mirada con frialdad.
—Si quiero que sigas viva, sí.
Mi corazón dio un salto, mezcla de rabia y algo más oscuro que no quería nombrar. Ethan, con una mueca diplomática, se apartó unos pasos y alzó las manos en gesto de tregua.
—Los dejo a solas, parece que el aire aquí está... demasiado cargado.
Se retiró sin esperar respuesta. La puerta se cerró, y quedamos solos.
Lutgard se acercó lentamente hasta que la sombra de su altura me cubrió, pero yo no me dejé intimidar, seguía en la misma posición, pero con la respiración ahora controlada.
—No vuelvas a dejar que te ponga las manos así.
Bufé, dándole la espalda mientras recogía mi cabello en una coleta improvisada.
—¿De qué hablas? Es entrenamiento.
—No me importa —gruñó él, su voz grave, vibrando en el pecho de ella a través del vínculo— No me gusta.
Sentí mi rosto arder. Una mezcla incómoda de furia, deseo y vergüenza.
—No eres mi dueño, Lutgard eso deberías saberlo.
Él se inclinó, tan cerca que su respiración rozó su oreja.
—¿En serio?
Un escalofrío recorrió mi espalda, haciéndome estremecer en contra de mi voluntad. Me giré para enfrentarlo, pero las palabras murieron en mi garganta, los ojos de él ardían de hambre y antes de que la tensión explotara, un estruendo sacudió la casa.
Las ventanas del pasillo vibraron como si una tormenta hubiera estallado en pleno día. Un viento helado recorrió las estancias, cargado de electricidad. Me giré instintivamente hacia la puerta cuando Lutgard ya había desaparecido de mi lado hacia el exterior.
Corrí detrás con el corazón enloquecido. Al salir al patio trasero, vi a Ethan y Emma ya preparados, con sus posturas defensivas. El cielo estaba despejado, pero la atmósfera se iluminaba con chispazos de energía.
Y allí estaba ella.
Zelti Hemberg con la sonrisa torcida y los ojos brillando con malicia. Caminaba descalza sobre el césped, y a cada paso, la hierba se marchitaba y se erizaba de electricidad.
—¡Qué adorable! —dijo con un tono melodioso y cruel, su mirada fija en mí—. Justo la que buscaba.
Lutgard apareció delante de mí en un parpadeo, poniendo su cuerpo como una barrera.
—Aléjate de ella.
Zelti rió, un sonido cristalino y venenoso.
—Ah, el guardián posesivo. Qué cliché tan delicioso. ¿Sabes, vampiro? Ella no te pertenece y Nunca lo hará.
Ethan dio un paso adelante, con los ojos serios.
—Zelti, no es el lugar ni el momento.
Ella ladeó la cabeza, sus rizos dorados brillando con la luz invisible que la envolvía.
—Veo que ya me conocen ...mmm pero si es El chico diplomático de la familia Russ, interesante. ¿Acaso sabes lo que tu familia le hizo a la mía?
Emma entrecerró los ojos, los labios curvándose con cinismo.
—No, y la verdad que eso no nos importa; no estábamos ahí. Creo que tienes serios problemas con superar el pasado hada.
El rostro de Zelti se endureció, pero su sonrisa permaneció.
—Esa lengua será tu muerte algún día mocosa, sin embargo, no eres lo que quiero por lo tanto eres totalmente insignificante en estos momentos.
Emma se enojó e hizo un amago de ir hacia donde ella estaba, pero Ethan la detuvo con fuerza. Entonces Zelti dirigió su mirada hacia mí con desprecio.
—Mozeg. Qué apellido tan horrendo... tú abuelo era un hombre encantador hasta que él destruyó mí vida.
Sentí un escalofrió recorrerme completamente. El vínculo con Lutgard ardió con violencia, la rabia de él desbordándose en su pecho hacía que mis manos comenzaran a sudar.