Almas de Media Noche (borrador)

Capítulo 34

LUTGARD

El silencio volvió a imponerse mientras mi padre, Aldebrand, permanecía sin pronunciar una palabra tras la inesperada intervención de Kaelric. El aire, espeso y cargado de tensión, parecía vibrar con un peligro contenido, como si cualquier gesto pudiera detonar la furia del rey. Kaelric, en contraste, se mantenía firme y sereno, dueño absoluto de sus pasos, recordándole a todos por qué había sido designado heredero: frío, calculador y capaz de evaluar cada ángulo antes de actuar.

Adriel hablo en tono serio:

—Lo que ha involucrado a uno de tus hijos menores no puede borrarse con decretos. El vínculo está formado. Romperlo a la fuerza sería tan peligroso como dejarlo ser, quizá más.

El rey lo miró con desdén desde el lugar donde estaba sentado.

—¿Ahora me darás lecciones de cómo debo manejar a mi propio hijo, Adriel?

El mencionado sostuvo la mirada con firmeza, aunque su voz se mantuvo en calma:

—No. Te daré razones. —Se inclinó hacia adelante, sus dedos tamborileando sobre la mesa—Todo lo que se está moviendo; no parece una situación aislada y cualquier situación podía estallarnos en la cara si no dejamos de lado el orgullo. Las gárgolas ahora se mueven como hormigas obrera juntas con un hada; Pero tú y yo sabemos que no lo son.

Las mujeres en la sala asintieron en silencio.

Mi tío prosiguió:

—Y ahora las hadas también se agitan. Zelti no actúa por capricho adolescente. Lo que hace es un síntoma. Un síntoma de algo que se está cocinando dentro del reino feérico, es de conciencia publica como son.

Kaelric intervino, con voz firme, ganándose el peso de la atención:

—¿Qué crees que harán los elfos? ¿Qué harán los humanos cuando las muertes aumenten y comiencen a sospechar? Padre, madre... tío. —Su mirada recorrió a todos los presentes—. No es momento de dividirnos. Es momento de pensar en alianzas.

El rey entrecerró los ojos, su ira transformándose en sospecha.

—¿Y acaso esa mestiza es tu idea de alianza, Kaelric? ¿Convertir a una mixta en puente entre reinos?

Kaelric lo sostuvo sin pestañear.

—Merath no es solo una mixta. Si lo que Ethan dice es cierto, si de verdad pertenece a la casa Mozeg, nieta del primer hijo del rey élfico, entonces no estamos hablando de una mestiza sin peso. Estamos hablando de alguien con sangre real elfa que, por alguna razón, ha sido escondida del tablero.

Un murmullo recorrió el salón. Mi tía y mi madre intercambiaron una mirada rápida, como si algo en las palabras de Kaelric hubiera hecho eco de viejas sospechas.

Adriel se inclinó hacia adelante, su tono ahora más grave, sin el barniz de diplomacia:

—Eso explicaría por qué Zelti la busca. La sangre real es un imán para las viejas disputas y para los enemigos que nunca olvidan.

El rey apretó los dientes.

—No acepto que mi hijo quede atrapado en esa maraña.

Kaelric, con calma letal, replicó:

—Ya lo está. Y si lo obligas a romper el vínculo, padre, no solo lo perderás a él perderás la oportunidad de adelantarte a lo que viene.

Me obligue a permanecer en silencio mi mandíbula comenzaba a doler por lo apretado que ha estado todo este tiempo desde que entre a la casa. observando cómo mi hermano y mi tío movían la información con una maestría que él nunca tuvo paciencia de practicar. Era extraño, incómodo incluso, escuchar cómo hablaban de Merath como si fuera una pieza política. Una parte de él quería gruñir, arrancar esas palabras de raíz. Otra parte sabía que, sin esa visión fría, no tendrían oportunidad en lo que estaba por venir.

Adriel entrelazó los dedos sobre la mesa, mirando de frente al rey:

—Hay algo más que debes considerar, Aldebrand. Alguien está tirando de los hilos.

La sala quedó en silencio.

Kaelric completó la idea, con esa precisión que siempre le caracterizaba:

—Si hay movimiento errante entre los territorios entonces hay una alianza oculta formándose. Y Merath, con su linaje, con su vínculo con Lutgard, puede ser la llave que puede abrir o cerrar esa puerta.

El rey no respondió. Pero sus ojos brillaban con quien sabe que, por primera vez, el tablero ya no se mueve bajo sus órdenes.

— Ya veremos.

El eco de la voz del rey Aldebrand resonó en el despacho mucho después de que él mismo lo abandonara con pasos pesados, como si su ira quedara suspendida en las paredes de mármol y madera oscura. Nadie lo siguió. Ni siquiera mí madre.

Adriel se quedó de pie, con las manos a la espalda, y cuando el silencio se volvió incómodo, se inclinó hacia Ethan. Su voz era más suave que nunca, cargada de un afecto que pocas veces mostraba delante del resto.

—Hijo mantente cerca de Lutgard —dijo, serio, pero con un dejo de ternura—. Pase lo que pase, no lo dejes solo.

Selene asintió con un gesto maternal, acariciando brevemente el hombro de su hijo. Luego ambos se despidieron de manera cordial y se retiraron.

Ethan se volvió hacia mi con una sonrisa ligera para romper la tensión.

—Te espero afuera —murmuró, dándome un apretón breve en el brazo antes de desaparecer por la puerta.

Permanecí en silencio y pensativo hasta que sintió la presencia cálida de su madre con esa aura de dulzura que siempre parecía envolverlo, incluso cuando estaba hecho un nudo de contradicciones. Sus ojos, grandes y claros, lo examinaron con detenimiento, como si quisieran leer más allá de lo que mostraba.

—Hijo mío —dijo en voz baja, casi maternal—. ¿El vínculo... ya ha sido consumado?

Fruncí el entrecejo apartando la mirada hacia un punto invisible en la pared. De todos los temas para hablar, me pregunta exactamente este.

—No del todo —admitió.

El rostro de mi madre se ensombreció, preocupación sincera cruzando sus facciones.

—Eso no es bueno, Lutgard. Lo sabes.

Me estremecí y no pude evitar responder con brusquedad.

—Sí, madre. Ya sé que puede volverme loco.




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