Almas de Media Noche (borrador)

Capítulo 41

MERATH

El aire se me escapó del pecho apenas vi sus rostros. Sentir sus brazos rodeándome con fuerza, como si temieran que pudiera desvanecerme si me soltaban, me hizo temblar. Cerré los ojos, tragando lágrimas que quemaban, y por un instante todo el dolor, la confusión y la rabia quedaron ahogados bajo el peso de este reencuentro.

Cuando Midas se separó, su mirada ardía como brasas encendidas; su palma izquierda se posó en mi mejilla derecha con suavidad. Se giró hacia Odvier, el ceño fruncido, la furia tensando cada músculo de su rostro.

—¿Qué mierda está pasando? —escupió.

El silencio vibró en la sala como un golpe seco. Odvier, sereno como siempre, respondió con un tono medido:

—Es de mala educación hablar así.

—¿Educación? —Midas rió con amargura, una carcajada rota—. Es lo último que siento en este momento. Así que empieza a hablar, ¿Qué fue eso allá en la casa?

Su enojo era tan visible que parecía llenar la sala. Mi corazón se apretó. Me acerqué y apoyé una mano en su hombro, buscando calmarlo, aunque apenas podía contener mi propio temblor.

—Primero, debemos sentarnos —dije, mi voz quebrándose un poco—. Porque lo que se va a decir no será nada agradable.

Midas bufó, pero me obedeció. Se dejó caer en el sofá, y Maeve y yo lo seguimos, los tres apretados en el asiento de tres plazas. Muna, silenciosa, se acomodó en el brazo del sillón, observando todo con ojos demasiado serios y vulnerables para su edad. Emma y Odvier ocuparon los sillones individuales; sus posturas opuestas, ella con los brazos cruzados, el otro con calma impenetrable.

Justo antes de que Odvier pudiera hablar, Lutgard intervino con su tono grave:

—Iremos a la casa principal. Debemos saber cuándo se celebrará la reunión de los reyes.

Antes de irse me lanzó una última mirada. Había promesas silenciosas en sus ojos, como si me jurara que estaría conmigo pase lo que pase. Luego, él y Ethan abandonaron la sala.

Mi corazón estaba en mi garganta, rodeada de mis hermanos, con el miedo de que nada volvería a ser igual después de esa conversación.

Odvier inspiró lentamente, y su voz llenó el espacio con un peso solemne:

—Hay verdades que no deberían ser dichas de este modo, pero la urgencia nos obliga. Merath no es solo hija de Edna, sino de Phaelion, mi hermano desaparecido. Eso la convierte en sangre real élfica, con todo lo que ello significa. La aparición de Zelti no fue casualidad, sino consecuencia de ese linaje que muchos creían extinto.

Mis manos se crisparon sobre mis rodillas. Miré a mis hermanos. Midas abrió los ojos de par en par, primero incrédulo y luego enardecido; el calor de su rabia me golpeaba incluso sin que hablara. Maeve llevó una mano a la boca, como si el aire se le hubiera escapado, y me miró temblando entre miedo y asombro. Muna, en cambio, no parpadeó: su mirada era la más dura, como si ya lo hubiera sospechado.

—¿Qué... qué estás diciendo? ¿linaje real élfico? ¿Quién es Zelti? Y porque hablas de Merath como si solo fuera ella—balbuceó Maeve, con voz temblorosa.

Odvier la sostuvo con la mirada, y por un instante sentí que el tiempo se detenía. Luego, su siguiente frase cayó como un martillo:

—No puedo asegurarlo y sé que lo que voy a decir va a lastimarlos, me disculpo por eso... pero tengo la sensación de que Midas, tu Maeve y Muna quizás no sean hermanos de Merath.

El golpe del silencio fue brutal. Midas se puso de pie de un salto, con los ojos encendidos por una mezcla de furia y dolor que ya no podía contener.

—¿¡Estás insinuando que todo lo que vivimos, todo lo que somos, no significa nada!?

Emma intervino, su tono helado, sin sarcasmos esta vez, solo precisión:

—Significa que el enemigo sabrá esta verdad antes que nosotros si no dejamos de discutir. Y cuando eso pase usarán cualquier grieta en su contra.

Sus palabras eran duras, pero había razón en ellas.

—¿Enemigos?

Maeve sollozó, girándose hacia mí.

—¿No somos hermanos? ¿De qué están hablando Rathy?

Me mantuve en silencio con las emociones bullendo de mí; porque no quería decir que no lo somos, ellos son lo más preciado que tengo y que me queda, pero antes que pudiera decir algo Midas se acercó a ella tomándola de las manos con fuerza. Sus ojos brillaban con un cariño feroz.

—No importa lo que diga nadie. Somos hermanos, Maeve. Siempre lo hemos sido.

Me uní al abrazo, mis lágrimas cayendo sobre sus hombros.

—Yo también lo creo. Pase lo que pase ustedes seguirán siendo mis hermanos.

Por un instante, el calor del vínculo fraternal logró imponerse al frío de las revelaciones, pero el momento se quebró cuando una mano acarició mi brazo y una voz suave, clara y sorprendentemente firme se alzó. Muna, con los ojos grandes y oscuros brillando de una forma distinta —una mezcla de determinación y miedo—, atrajo la atención de todos, y la sala entera se volvió hacia ella.

—Tengo algo que revelar —dijo, con un hilo de voz que no dejaba de ser contundente—. Y creo que ha llegado el momento de hacerlo. Por favor solo pido que me entiendan y necesito que los otros chicos estén presentes.

El aire se volvió aún más denso; Midas y Maeve la observaban sin comprender, Odvier permanecía en un silencio impenetrable y yo solo podía sentir cómo mi mundo continuaba desmoronándose, capa tras capa, sin darme tregua. Lo único que tenía claro era esa certeza amarga y opresiva: la próxima verdad sería todavía más devastadora.

-o-

El sonido de las puertas cerrándose tras él retumbó en los muros de piedra de la sala del consejo vampírico. Lutgard caminaba con paso firme, aunque cada fibra de su cuerpo ardía de furia contenida. La mesa ovalada, tallada en roble negro y decorada con símbolos ancestrales, ya estaba ocupada. El rey —su padre— en la cabecera, con su porte autoritario y mirada de acero; a su lado, su madre Lirien, serena, pero con los ojos atentos. Frente a ellos, Adriel y Selene, padres de Ethan y Emma, irradiaban equilibrio y diplomacia. Ethan, sentado junto a los suyos, lo observaba con gravedad. Y un poco más allá los ancianos de las otras familias con poder entre el reino y Kaelric, el primogénito, recostado en su silla como quien espera el momento justo para intervenir.




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