Almas de Media Noche (borrador)

Capítulo 43

MERATH

El silencio se extendió como una sombra espesa, devorando cada rincón de la sala. Nadie respiraba con normalidad; incluso el aire parecía contenerse, temeroso de romper aquel instante imposible. Todo era real, palpable, tan imponente que llenaba el espacio con solo existir y, aun así, para mí no dejaba de ser un extraño. Midas fue el primero en reaccionar, y su rabia estalló como un trueno.

—¡Esto es una jodida broma! —escupió, con los puños cerrados y la respiración entrecortada—. ¿Quién demonios eres tú?

Maeve, en cambio, apenas pudo balbucear, con lágrimas colgando de sus pestañas:

—¿De verdad...?

Muna permanecía inmóvil, sus ojos ahora atormentados, como si hubiera esperado este momento toda su vida pero que le costaba.

Emma cruzó los brazos, su expresión un filo de desconfianza. —Esto parece un circo —dijo con frialdad, aunque había tensión en su tono.

Ethan dio un paso adelante, intentando imponer su calma. —Sea quien sea necesitamos una explicación. Ahora.

Lutgard se adelantó instintivamente, interponiéndose entre mí y todos los demás, su cuerpo firme como una muralla, yo no pude hablar. Sentía las lágrimas correr, el corazón martillando tan fuerte que apenas escuchaba.

Entonces Azael se movió.

No fue más que un gesto, un alzar de cabeza, pero el aire mismo se inclinó como si debiera cumplir su voluntad, fue algo extraño es como si su sola esencia fuera más allá del mundo humano e incluso del mundo de estos seres.

Ethan y Emma dieron un paso atrás, como arrastrados por un poder invisible. Lutgard también reaccionó: su cuerpo se tensó, sus músculos listos para el combate, pero no cedió, incluso Azael reconoció con un destello en su mirada.

El hombre de las sombras habló con esa voz grave que parecía sentirse en los huesos:

—El silencio, a veces es lo mejor en estos momentos —su mirada se volvió hacia Phaelion— Hay conversaciones que no admiten interrupciones.

Nadie osó replicar. Ni siquiera Midas, que respiraba de manera agitada.

Entonces, Azael inclinó apenas la cabeza, mirándolo. —Es tu momento, Phaelion.

Mi padre dio un paso al frente. Su voz, grave y poderosa, llenó la sala, cargada de un cansancio que parecía arrastrar siglos.

—Soy Phaelion, su padre —su mirada se posó primero en Midas, luego en Maeve, cuando miro a Muna había algo distinto— tanto de crianza como de sangre—Su mirada se clavó en mí, y me sentí desnuda bajo aquel peso— y todo inició con el día que conocí a Edna o más bien con el momento que decidí abandonar mi hogar, se fue volviendo aún más intenso cuando te tuve por primera vez entre mis brazos Merath.

Un nudo me cerró la garganta. Phaelion giró luego hacia Midas, Maeve y Muna.

—Ustedes tres no son un accidente, pero tampoco compartís la misma raíz. Voy a Explicarlo.

Phaelion continuó:

—Midas, la verdad es que tú no eres hijo mío ni de Edna. Tu madre fue la mejor amiga de Edna. Cuando ella se fue, quedaste bajo mi cuidado y junto a Merath creciste como hermano.

Midas abrió los ojos de par en par, la incredulidad transformándose en algo que no pude descifrar cuando su mirada se volvió hacia mí con la boca abierta impactado por la información.

—Maeve —siguió Phaelion, su voz más grave—, a ti te encontré en mi puerta una noche. Nadie me dijo de dónde venías, pero supe que no eras una niña común. Decidí acogerte, aunque nunca descubrí quién te dejó allí, sin embargo, eso no cambia el hecho que te amo al igual que a tus hermanos.

Maeve se tapó la boca, un sollozo escapándose en el silencio. Finalmente, sus ojos se posaron en la más joven.

—Y Muna... Azael fue quien la trajo hasta mí.

Midas maldijo por lo bajo, la confusión muy latente en todos y agitándolo todo escuchando el sollozo de Maeve en el fondo.

Muna, por primera vez, parpadeó, como si la serenidad que siempre la envolvía se quebrara apenas un instante.

Yo no podía respirar. Entonces Phaelion me miró otra vez, y su voz se hizo aún más dura:

—No fuisteis fruto del azar. Cada uno de ustedes llegó a mí de un modo distinto. Pero todos fueron mi promesa y mi error.

La sensación de asfixia fue aplastante, me agarre la garganta simplemente por inercia. Mi pecho ardía con rabia contenida, y antes de que pudiera detenerme, mi voz se alzó, amarga y rota:

—Desarrolla lo que acabas de decir Ahora, Phaelion.

No lo llamé padre. No podía. La palabra se me atragantaba. Un brillo fugaz, casi un destello de dolor, cruzó su mirada al escucharme decir su nombre de esa manera. Pero no dijo nada. Se limitó a mirarme unos segundos antes de desviar la vista.

Sentí la mano de Lutgard apretando mi brazo, firme y segura, como ancla en medio del caos. Ese simple gesto fue suficiente para que los ojos de Phaelion se fijaran en él por primera vez. Su mirada, fría y escéptica, recorrió a Lutgard de arriba abajo, y lo que hallé en ese gesto me hirió más que sus palabras: desprecio.

El aire en la sala se volvió aún más pesado hasta que Phaelion suspiró, exhalando la tensión.

—Será mejor que nos sentemos —dijo con voz grave.

Con un chasquido de dedos, Ethan hizo aparecer varias sillas de respaldo alto, acomodándolas con precisión. Una para Phaelion, otra para Azael, que se sentó con calma perturbadora, y otra más para Muna, que eligió quedarse junto a él. Esa actitud me estaba comenzando a molestar, mientras que Midas, Maeve y yo nos sentamos juntos en el mismo sofá, con Maeve en el centro, temblando entre nosotros. Midas no dejaba de golpear el suelo con el pie, como un tambor de rabia. Me dedique en tomar la mano de mi hermana.

Ethan y Lutgard se colocaron detrás de nosotros, vigilantes, sus sillas situadas como guardianes. Emma cruzó las piernas en el sillón individual, con una mueca de fastidio que no ocultaba su atención. Odvier, en cambio, ocupó el sillón opuesto en absoluto silencio, con una calma que resultaba insoportable.




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