Almas de Media Noche parte 2: El conflicto Heredado.

CAPITULO 2

Maeve me observó de reojo durante unos segundos. Al principio pensé que seguía dándole vueltas al tema de Phaelion o a la conversación que tendríamos con Muna al día siguiente. Sin embargo, la pequeña sonrisa que comenzó a curvar sus labios me hizo sospechar que estaba pensando en algo completamente distinto.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

—Maeve.

—¿Qué?

—Te conozco.

—Eso es discutible.

—Maeve.

Ella soltó una risita y finalmente se rindió.

—Solo estaba pensando en cierto vampiro que parecía incapaz de mantenerse a más de dos metros de ti.

Solté un gemido de frustración y me cubrí los ojos con una mano.

—No puedo creer que este sea un tema que te preocupa ahora mismo.

—Precisamente por eso es el momento perfecto para hablarlo.

—Acabamos de descubrir que nuestra familia es un desastre sobrenatural.

—Y aun así sigues evitando el tema.

—Te odio.

—No es verdad.

—Un poco sí.

Maeve soltó una carcajada. Esta vez sonó auténtica, ligera, libre de toda la tensión que había cargado durante horas. Después de mucho tiempo parecía aquella chica jovial que es.

—Te gusta.

—No empieces.

—Te gusta muchísimo.

—Maeve...

—Merath.

La fulminé con la mirada. No sirvió absolutamente de nada, ella incluso tuvo el descaro de sonreír más.

Suspiré derrotada.

—Tal vez me gusta.

—¡Lo sabía!

—Déjame terminar.

Maeve levantó las manos en señal de rendición, aunque seguía viéndose demasiado satisfecha consigo misma.

—Tal vez me gusta —repetí—. O tal vez no lo sé. Ese es precisamente el problema.

Su expresión se suavizó un poco.

—Explícate.

Me removí incómoda entre las sábanas mientras buscaba las palabras adecuadas.

—Hay un vínculo de por medio. ¿Cómo se supone que debo saber qué parte de esto es real y qué parte proviene de esa conexión? ¿Qué pasa si lo que siento ni siquiera me pertenece del todo? ¿Y si solo estoy reaccionando a algo que viene al vinculo?

Por primera vez desde que comenzó la conversación, Maeve dejó de bromear.

—¿Y tú qué crees?

La pregunta me tomó desprevenida.

Porque la verdad era que llevaba días haciéndome exactamente la misma pregunta y seguía sin encontrar una respuesta.

—No lo sé —admití finalmente—. Y sinceramente tampoco tengo la energía para averiguarlo ahora mismo. Descubrimos secretos familiares, aparecieron más preguntas que respuestas, pensar en sentimientos es lo último que quiero hacer.

Maeve extendió una mano y me apretó suavemente el brazo.

—Creo que estás complicándolo demasiado.

La miré con escepticismo.

—Claro. Porque tú eres una experta en relaciones.

—No necesito ser experta para saber que cuando alguien te gusta, te gusta.

—Eso es una simplificación absurda.

—Y aun así tengo razón.

Bufé.

Ella sonrió triunfante.

—Además, por lo que entiendo, ese vínculo no va a desaparecer de un día para otro.

—No.

—Entonces deja de pelearte con él.

—Qué consejo tan profundo.

—Lo sé. Soy increíble.

Rodé los ojos.

—Tu humildad también es increíble.

—Gracias, me esfuerzo mucho.

Midas soltó una risa desde el otro lado de la habitación.

Maeve señaló hacia él.

—¿Ves? Él me entiende.

—No te emociones —replicó Midas—. Solo me estoy riendo de Merath.

—Traidor.

—Siempre.

Maeve se acomodó mejor sobre la cama antes de añadir:

—Además, si bien no tengo una sanguijuela personal siguiéndome a todas partes y aun así mi vida es un desastre.

No pude evitar hacer una mueca.

—No le digas sanguijuela.

—¿Por qué? Técnicamente lo es.

—Porque suena horrible.

—¿Ves? Ya lo estás defendiendo.

—No lo estoy defendiendo.

—Lo estás defendiendo.

—No.

—Sí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.