Almas de Media Noche parte 2: El conflicto Heredado.

CAPITULO 3

Mientras los observaba, una idea incómoda se abrió paso entre mis pensamientos. Midas tenía la fuerza de los licántropos corriendo por sus venas. Yo no estaba sola y probablemente también tenía algo recorriendo por mis venas que aprenderé a usar, pero “¿Maeve...?” Maeve seguía siendo simplemente ella. Valiente, impulsiva y obstinada hasta la médula, sí, pero físicamente era la más vulnerable de nosotros, era completamente humana aparte de muna a quien por algún motivo no siento que pueda estar en peligro.

Levanté la vista y encontré los ojos de Midas, no hizo falta decir nada. La forma en que tensó la mandíbula me confirmó que había llegado exactamente a la misma conclusión.

Entonces la puerta del cuarto se abrió sin previo aviso.

—Veo que ya comenzaron el día antes que los demás.

La voz de Lutgard llenó la habitación. Maeve se sobresaltó ligeramente al escucharlo y Midas soltó un bufido antes de girar los ojos con evidente fastidio. Yo, en cambio, me quedé inmóvil.

No podía mirarlo sin recordar la conversación que acabábamos de tener. Las palabras de mis hermanos seguían dando vueltas en mi cabeza de una forma bastante poco conveniente, y su sola presencia hacía que todas ellas regresaran con más fuerza.

Maeve tardó exactamente dos segundos en darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Sus ojos fueron de mí a Lutgard y luego de vuelta a mí. Una sonrisa peligrosa apareció en su rostro.

—Tenemos que revisar la despensa, ¿verdad, hermano?

Midas la miró como si hubiera perdido la cabeza.

—¿Qué?

—La despensa.

—¿Qué le pasa a la despensa?

—No lo sé. Lo averiguaremos cuando lleguemos.

Antes de que pudiera protestar, Maeve lo agarró del brazo y comenzó a arrastrarlo hacia la puerta.

—Maeve...

—Adiós, Merath.

—Maeve.

—Adiós, Lutgard.

Midas se dejó arrastrar con resignación, aunque no sin antes lanzarme una mirada cargada de diversión. Sin embargo, cuando sus ojos se encontraron con los de Lutgard, aquella expresión desapareció de inmediato y fue reemplazada por una seriedad casi automática.

Un segundo después ambos habían desaparecido por el pasillo. La puerta se cerró tras ellos y, de pronto, nos quedamos solos.

Él permaneció donde estaba durante unos instantes antes de acercarse un poco más. Todavía no estaba segura si aquello me tranquilizaba o me ponía más nerviosa.

—No hacía falta que hicieran eso —murmuré mientras cruzaba los brazos sobre el pecho, más para darles algo que hacer a mis manos que por otra cosa.

Su respuesta llegó acompañada de una ligera sonrisa.

—¿Los asusté?

—No.

Arqueó una ceja.

—Los incomodaste.

La sonrisa se amplió apenas.

—Eso suena más probable.

Negué con la cabeza.

—No eres precisamente fácil de digerir, Lutgard.

Una risa baja escapó de su garganta y, por alguna razón, escucharla hizo que una parte de la tensión abandonara mis hombros. Necesitaba concentrarme en otra cosa antes de que mis pensamientos comenzaran a correr en direcciones peligrosas.

—Mis hermanos y yo vamos a hablar con Phaelion. A solas.

Asintió sin mostrar oposición alguna.

—Está bien.

Parpadeé.

—¿Está bien?

—Sí.

—¿No vas a intentar convencerme de otra cosa?

—No.

Lo observé con sospecha.

—Eso fue demasiado fácil.

—Tal vez porque es una conversación que necesitan tener.

No pude discutirle aquello. Después de todo, tenía razón.

—También quería preguntarte algo más.

—Te escucho.

—¿Puedo usar la biblioteca?

—Por supuesto.

La respuesta fue tan rápida que me tomó desprevenida.

—Es tuya también.

No supe qué decir. Me limité a asentir mientras intentaba ignorar la extraña sensación que aquellas palabras provocaban en mi pecho.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros. No era incómodo exactamente, pero ninguno de los dos parecía dispuesto a ignorar por mucho más tiempo.

Entonces ocurrió algo ridículamente sincronizado.

—Lutgard...

—Merath...

Nos detuvimos al mismo tiempo. Durante un segundo nos observamos y luego ambos terminamos riéndonos. No fue una gran carcajada ni nada parecido, solo una risa breve y sincera que alivió parte de la tensión acumulada.

Hizo un pequeño gesto con la mano.

—Tú primero.




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