MERATH
La biblioteca olía a papel envejecido y polvo suspendido en el aire, partículas diminutas que brillaban bajo la claridad que se filtraba por las ventanas. Las cortinas entreabiertas dejaban pasar una luz pálida que atravesaba la estancia como una línea inmóvil. Allí estábamos los cinco. Midas recostado contra el respaldo de la silla con una actitud casi desafiante, Maeve con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, Muna sentada con la espalda recta mientras evitaba mirarnos demasiado tiempo, y yo frente a él.
Frente a Phaelion.
El silencio era tan pesado que parecía ocupar espacio entre nosotros. Nadie sabía cómo empezar aquella conversación ni cuál de todas las preguntas merecía ser formulada primero.
Como siempre, fue Midas quien terminó rompiendo la quietud.
—Ahora que conocemos parte de la verdad —dijo con voz grave, sin apartar la mirada de Phaelion—, Nuestra realidad es que solo uno de nosotros es tu hijo, Merath.
El nudo que llevaba instalado en mi garganta se tensó todavía más. Todos lo sabíamos, pero escuchar aquellas palabras en voz alta las volvía insoportablemente reales.
Phaelion respiró profundamente y sus ojos verdes se posaron sobre mí. Durante un instante creí que iba a responder, pero la puerta se abrió antes de que pudiera hacerlo.
Odvier entró con paso vacilante, como si todavía estuviera debatiéndose entre quedarse o marcharse.
—Sé que esta conversación es de ustedes —dijo con cierta incomodidad—, pero también formo parte de esta familia.
Midas soltó un bufido.
—Claro. Mientras más seamos, mejor.
Phaelion levantó una mano antes de que la tensión aumentara.
—Quédate, hermano. Siéntate.
El roce de las sillas al moverse sonó extrañamente incómodo dentro del lugar. Esperé apenas unos segundos antes de hablar.
—Quiero que expliques a profundidad lo que pasó con los recuerdos, ayer se dijeron tantas cosas que siento que no sé o no recuerdo nada.
Phaelion suspiró lentamente.
—Nunca desaparecí por completo de sus vidas, ustedes me veían, me hablaban sin saber quién era realmente. El día que decidí marcharme alteré sus recuerdos porque no era seguro que conocieran la verdad, no quería que supieran dónde estaba ni por qué había desaparecido.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Por eso les di otro recuerdo —nos miró a cada uno—uno más fácil de aceptar.
La expresión de Maeve se endureció.
—Edna.
Phaelion asintió.
—La imagen de una madre.
Sentí cómo algo se revolvía dentro de mí.
—Una madre que ninguno de ustedes llegó a conocer realmente —continuó—.
Apreté los puños hasta sentir dolor en los nudillos.
—¿De verdad pensaste que era una buena idea hacer algo así?
Midas giró inmediatamente hacia Odvier.
—¿Y tú? ¿Lo sabías?
La rabia estaba presente en cada palabra.
—¿Ya lo sabías cuando apareciste después de tantos años? ¿Sabías que nuestros recuerdos eran falsos?
Odvier bajó la mirada.
—Sí.
La respuesta llegó demasiado rápido.
—Me mantuve en contacto con Phaelion durante años.
—¿Y cuándo dejaste de saber de él decidiste aparecer?
—Sí.
Los tres lo observamos en silencio, hasta que nuestras miradas volvieron a él, esperando, exigiendo. Cerró los ojos durante un instante antes de hablar nuevamente, esta vez parecía más cansado, más viejo.
—Hace seis años desaparecí definitivamente porque tuve un encuentro con Zelti.
La sola mención de ese nombre hizo que el ambiente se volviera más espeso.
—Fue un encuentro violento, ella me dijo que iba a hacer daño a todo aquello que más amaba.
Sus ojos se dirigieron hacia mí.
—Y pensé en ustedes, especialmente en ti, Merath.
Mis hermanos se enderezaron en sus sillas, un escalofrío recorrió mi espalda.
—Los tenía que proteger y tú eres lo único que me queda de Edna.
Bufé sin poder evitarlo, él suspiró moviendo sus ojos hacia ellos, con su expresión endureciéndose unos segundos después.
—No entienden hasta dónde puede llegar un hada cuando decide destruir algo.
Lo escuché hablar. Escuché cada explicación, cada justificación, y aun así la rabia siguió creciendo dentro de mí. Quizá porque una parte de mí entendía sus motivos mientras otra se negaba rotundamente a aceptarlos.
—No puedo creer que sigas pensando que esto fue para protegernos.
Mi voz salió más fría de lo que esperaba.
—Porque si eso era lo que pretendías, fallaste.
Editado: 10.08.2026