Almas de Media Noche parte 2: El conflicto Heredado.

CAPITULO 5

LUTGARD

El atardecer apenas comenzaba a teñir el cielo cuando me encontraba en el gran salón, apoyado contra una de las columnas que sostenían la estancia. Mis ojos permanecían fijos en los amplios ventanales, aunque en realidad no prestaba atención al jardín que se extendía más allá de ellos.

Mi mente estaba en otro lugar.

Merath seguía reunida con su familia en la biblioteca. Habían pedido estar solos, y aunque cada fibra de mi instinto me impulsaba a acercarme, sabía que mi presencia alteraría aquella conversación.

Ethan permanecía junto a la chimenea con los brazos cruzados y una expresión sombría. Emma, sentada en uno de los sillones cercanos, mientras hacía girar una daga entre los dedos con una habilidad casi mecánica.

—No me gusta esto —gruñó Ethan finalmente—. No me gusta que estén solos con Phaelion.

Desvié la mirada hacia él.

—Fue decisión de Merath. Además, es su padre.

Emma soltó una breve carcajada cargada de ironía.

—Eso es nuevo. El gran defensor del control absoluto aprendiendo a ceder terreno.

—No cedo terreno —respondí con tranquilidad—. Elijo mis batallas y esta no es mía.

Ella arqueó una ceja, divertida, pero decidió no seguir provocándome, su hermano tomó la palabra.

—Si lo que Azael dijo es cierto y Phaelion no está equivocado, esto dejó de ser un problema familiar hace tiempo.

Sus ojos se endurecieron.

—Estamos frente a algo más grande, Lutgard.

Apreté la mandíbula.

—Lo sé.

Mis dedos se crisparon ligeramente contra la piedra de la columna.

—Pero no pienso arrojar más incertidumbre sobre ella hasta comprender exactamente a qué nos enfrentamos.

Emma dejó de jugar con la daga.

—¿Y tú?

Su mirada se clavó en mí.

—¿Tienes claro a qué te enfrentas?

La pregunta encontró un punto vulnerable que prefería mantener oculto. El vínculo había dejado de ser una simple obligación hacía mucho tiempo. Al principio había sido una realidad incómoda, una unión impuesta que ninguno de los dos había elegido. Sin embargo, con el paso del tiempo aquello se había transformado en algo difícil de ignorar.

Algo que ya no estaba dispuesto a perder.

—Tengo claro que no voy a abandonarla —respondí finalmente.

Ethan exhaló despacio, como si aquella fuera exactamente la respuesta que esperaba escuchar.

—Entonces prepárate.

Su voz sonó más seria de lo habitual. Lo miré directamente. El fuego crepitó en la chimenea, llenando la estancia de un calor que no lograba alcanzar la frialdad que sentía bajo la piel.

Una sacudida breve, pero suficiente, me hizo fruncir el ceño.

Rabia.

Confusión.

Dolor.

Emociones intensas que reconocí de inmediato.

Merath.

Cerré los ojos durante un instante y respiré profundamente. No podía irrumpir en aquella conversación, pero tampoco podía ignorar lo que estaba sintiendo.

—Está pasando algo ahí dentro, ¿verdad? —preguntó Emma.

Abrí los ojos.

—Sí.

—Y no puedes hacer nada.

Ethan bajó la mirada unos segundos.

—Eso debe estar doliendo

Volví a dirigir la vista hacia los ventanales.

—Peor sería perderla.

Nadie respondió.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros hasta que el sonido de la puerta principal interrumpió nuestros pensamientos. Uno de los siervos entró en el salón e hizo una reverencia respetuosa.

—Mi señor, el rey solicita su presencia en el despacho. Dice que es urgente.

Intercambié una mirada con mis primos y sin perder tiempo abandonamos el salón. Mientras avanzábamos por los corredores del palacio, una sensación incómoda se instaló en mi pecho.

Al llegar frente a las puertas del despacho me detuve un instante, apoyé una mano sobre el pomo y giré ligeramente la cabeza hacia Ethan.

“Cuando termine esta reunión necesito hablar contigo”

Ethan sostuvo mi mirada, asintiendo.

—Lo suponía.

Asentí una sola vez.

—Te buscaré después.

Empujé la puerta y el murmullo de varias voces llegó hasta nosotros de inmediato. Dentro ya se encontraban todos los que debían estar presentes. Mi padre ocupaba su lugar tras el amplio escritorio de ébano. A su lado estaba mi madre, erguida y elegante como de costumbre, su mirada conservaba la firmeza propia de una reina, aunque se suavizó ligeramente cuando se posó sobre mí. Adriel permanecía cerca del escritorio, con varios documentos cuidadosamente organizados frente a él.




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