Almas En Silencio

CAPÍTULO 1

—¡Apresúrate! —decía una chica, corriendo hacia el estrado de madera donde la institución cada miércoles hacía su inspección de rutina.

—¡Siguiente! —dijo casi gritando el curandero evaluador.

Y como siempre, huía de esa multitud; estrés, dolor… hasta el desmayo, lo sentía cada vez que estaba en este tipo de aglomeraciones.

—¿Oiga, a dónde va? —dijo uno de los uniformados que vigilaban por ahí.

—¡Déjeme, ya pasé revisión! —le decía mientras trataba de zafarme de su agarre.

—No te he visto subir al estrado para la revisión —dijo, jalándome hacia la multitud.

—¿A ti qué te importa, grandulón? ¡Déjame! —dije, intentando pisarle los pies para librarme de su agarre.

—Oye, déjala —dijo Dorian acercándose.

—Joven Dorian, esta muchacha no ha pasado revisión —dijo el uniformado, señalándome incrédulamente con el dedo índice.

—Yo me encargo, suéltala —dijo Dorian firmemente.

—Te dije que no salieras de casa los miércoles, eres terca —me dijo mientras ponía sus manos en mis hombros.

—No me gusta quedarme encerrada en la casa —le respondí, sintiendo paz gracias a su toque.

—Parece que hay un problema con uno… mira… —dijo Dorian mientras me señalaba el lugar y se colocaba a mi costado.

Todos los evaluadores se quedaron mirándose entre sí. Con un movimiento de aceptación, bajaron al individuo del estrado y varios uniformados se lo llevaron.

Para mi mala suerte, caminaban hacia mi dirección y, de mala fe, este individuo me empujó. Sentí cómo la oscuridad volvía a invadirme, un peso helado que me aplastaba desde el pecho hasta los pies.

—Tranquila, estás pálida —me dijo Dorian, colocando sus manos de nuevo sobre mis hombros. Poco a poco, la tranquilidad regresó a mí.

—¿Qué le pasará? —le pregunté, con la respiración un poco agitada.

—Por lo que veo, está roto, tiene fisuras. Si no logran arreglarlo pronto, quedará vacío —me dijo, empujando mi rostro suavemente hacia adelante.

Un silencio incómodo invadió el lugar, hasta que el tipo desapareció con los uniformados.

—¿Cuál es el siguiente en la fila? —dijo uno de los del estrado, rompiendo el silencio que el individuo había dejado.

—Ya va a acabar. Regresa a casa, Lume. Más tarde te llevo la cena —me dijo Dorian, mirándome con suavidad.

—Está bien, nos vemos más tarde —dije despidiéndome de él y alejándome del lugar.

Volteé a ver el camino que habían tomado con el tipo y fijé la última mirada antes de irme: “La indiferencia de los humanos es impactante”.

Entré a casa, una casa pequeña que guardaba recuerdos. Me serví un poco de agua mientras me sentaba en una de las sillas viejas y observaba mi tobillo en blanco, anhelando que algo estuviera ahí.

—¿Por qué me empujas? —dije sin mirar a mi lado.

Escuché un suave gruñido. Al mirar, había aparecido en él una pluma nueva, brillante, que se movía con un leve resplandor, como respirando.

—Es bonita… —le dije mientras tomaba mi vaso de agua, sintiendo cómo un peso invisible se aligeraba ligeramente, y una extraña calma me abrazaba.




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