—Buenos días —le dije a la señora Kira, mi vecina.
—Hola, hija. Buenos días —me respondió mirándome con esa calidez que siempre tenía conmigo.
La señora Kira me había conseguido esta casita. Aunque no era tan grande, era lo necesario para poder sobrevivir… después de escapar por tanto tiempo.
—¡Mamá, mamá! —gritó Naol, corriendo hacia nosotras.
Entró apresuradamente a la casa mientras ambas nos quedábamos procesando lo que había pasado. Los uniformados venían detrás de él, persiguiéndolo.
—¿Qué pasa, señores? —preguntó la señora Kira, sosteniendo la escoba con firmeza.
—Buenos días, señora. Lamentablemente tendremos que llevarnos a su hijo —dijo el uniformado, colocándose delante de ella.
—¿Por qué? —preguntó la señora Kira, intentando sonar firme, aunque su voz temblaba.
—Su hijo está fragmentado —dijo el hombre, sacando un papel—. Según nuestro código: “Todo niño fragmentado o vacío será separado de sus padres. De oponerse, los padres de igual forma serán llevados junto con el menor”.
Cerró el papel ante los ojos llorosos de la señora Kira.
—No pasarán. Dejen a mi hijo —dijo, aferrándose a la puerta sin querer dejarlos entrar.
—¡Déjenla! —dije, acercándome hacia ellos.
—No se meta, señorita… —dijo mirándome. Sus ojos se abrieron más de lo normal—. Espera… tú no eras la de ayer…
Me agarró del brazo con fuerza.
—Te fuiste y no pasaste inspección ayer —dijo, intentando arrastrarme hacia la jaula con ruedas que había traído.
En medio del forcejeo sentí estrés… y una presión que salía de mí.
No era solo miedo.
Era algo más. Algo con poder.
—¡NO…! —grité.
Sentí cómo algo se hacía visible ante todos.
En un abrir y cerrar de ojos, los hombres quedaron ciegos. Una luz intensa irrumpió en el aire. El ave entró a la casa de la señora Kira irradiando un resplandor imposible de ignorar. La energía vibraba en mis oídos, y un dolor insoportable atravesó mi cuerpo, como si algo se rompiera y se reconstruyera al mismo tiempo.
Los hombres retrocedieron, desorientados y asustados. Finalmente huyeron.
La luz desapareció.
La señora Kira entró corriendo a su casa, buscando a su hijo.
—¡Te dije que no hicieras nada! —grité enfurecida al ave—. ¿Ahora qué haremos? Tendremos que irnos…
Entré al cuarto y comencé a buscar mis maletas con desesperación.
—Lume… ¿qué pasó? —dijo Dorian entrando apresuradamente—. Llegaron avisos a la Institución desde esta dirección.
Tocó mi espalda. Con su contacto, el caos dentro de mí se calmó un poco.
—No sé qué pasó… salió de mí —dije, sintiendo cómo el alivio regresaba lentamente.
—Tranquila… trataré de arreglarlo —dijo levantándose de la cama y saliendo del cuarto.
Pasaron horas. Desde dentro solo escuchaba su voz afuera, diciendo que nadie vivía en esa casa.
Cuando finalmente entró, su expresión era distinta.
—Se los llevaron por mi culpa, Dorian… —dije llorando de rabia.
—No es tu culpa. Solo penso en protegerte a ti y a ellos —dijo acercándose y colocando su mano en mi hombro.
—Si no me hubiera acercado…
—Cualquiera lo habría hecho en tu lugar. Intentaré hacer lo mayor que pueda. El curandero quedó impactado… el niño está limpio y brillante, después de verlo tan fragmentado.
Se rascó la cabeza, pensativo.
—Tengo que ver cómo puedo ayudarlos. Con respecto a ti, nadie verá nada… estás a salvo.
—Gracias… —murmuré sin mirarlo.
—Ey… tranquila. Todo estará bien.
Tomó mi mentón suavemente para que lo mirara y me dio un abrazo.
Su localizador comenzó a sonar, ya era hora de que se fuera.
La casa quedó en silencio.
Demasiado silencio.
Miré al ave.
Ya no estaba igual.
Tenía más plumas.
Más brillo.
Más peso.
Sentí algo distinto en el pecho… no era dolor.
Era una presencia.
Una parte de algo que no era mío.
Me llevé la mano al corazón.
—¿Qué hiciste…? —susurré.
El ave no respondió.
Solo me miró.
Y por primera vez… tuve miedo de lo que estaba creciendo conmigo.ador sonó en la sala, rompiendo el momento.
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Editado: 14.02.2026