Almas En Silencio

CAPÍTULO 4

La oscuridad de la noche abarcaba todo el cuarto.
Estaba recostada sobre la cama, mirando el techo.

—¿Y ahora qué? —murmuré.

El halcón a mi costado apenas se movió. Sus plumas blancas se tensaron y un leve gruñido vibró en el aire.

Dorian estaba sentado frente a la ventana. El aire fresco entraba y movía suavemente las cortinas, rozándole el cabello. No parecía mirarme, pero sabía que había escuchado cada palabra.

—¿Qué piensas, Dorian? —pregunté, girando la cabeza hacia él.

Tardó en responder.

—Debí ser más cuidadoso —dijo al fin—. Pero ya estamos en esto… y no podemos retroceder el tiempo.

Su voz era baja, contenida.

—Te estudiarán —añadió después de unos segundos—. Que el Gran Médium haya venido hasta aquí significa que quería comprobarlo por sí mismo.

Mi mirada bajó hasta el posabrazos del sillón.
Allí, inmóvil, el cuervo descansaba. Grande. Negro azabache. Demasiado quieto.

—No se le ve bien… —murmuré.

—Está bien —respondió Dorian, acariciando el pecho del ave con suavidad—. Solo está atento.

Entonces el halcón reaccionó.

Las plumas blancas se erizaron con una tensión distinta.
No tenía miedo.
Era algo más.

Un destello atravesó sus ojos.

Sentí un escalofrío.

No estaba mirando la puerta.
No estaba mirando a Dorian.

Me estaba mirando a mí.

Y en su mirada no había temor.

Había advertencia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.