Almas En Silencio

CAPÍTULO 7

El pasillo estaba demasiado limpio.

No era la pulcritud habitual del edificio. Era otra cosa. Un orden más rígido, como si alguien hubiera decidido que nada debía salirse de lugar.

Lume no sabía exactamente por qué había vuelto allí.

Tal vez por curiosidad.

Tal vez por esa palabra que no dejaba de girar en su cabeza.

Fragmentación.

O tal vez por la puerta.

Esa puerta.

La que Dorian había bloqueado con el brazo días atrás.

“No es por aquí.”

Pero ahora el corredor estaba vacío. Y la puerta no tenía guardia.

Solo una luz verde encendida sobre el marco.

El halcón tensó ligeramente las alas.

—Solo mirar —murmuró ella, más para sí que para él.

La puerta se abrió con un sonido casi imperceptible.

La sala no era como el cuarto blanco donde la examinaron a ella. Era más pequeña. Más contenida. Las luces eran más suaves. No había sensores visibles, pero sí pantallas apagadas en las paredes.

Y en el centro, sentado en una silla demasiado grande para él, estaba el niño.

Lume se quedó inmóvil.

No porque estuviera herido.

No porque estuviera atado.

Sino porque estaba tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Él levantó la vista al escucharla.

Y sonrió.

—Hola.

Su voz era clara. Serena. Sin rastro de miedo.

El halcón inclinó la cabeza. No se acercó.

Lume dio un paso al frente.

—¿Estás bien?

La pregunta salió más frágil de lo que esperaba.

El niño asintió.

—Sí. Estoy mejor ahora.

Mejor.

Esa palabra volvió a atravesarla.

—¿Mejor… cómo?

Él ladeó ligeramente la cabeza, como si estuviera recordando algo que ya no dolía.

—Me ayudaron a ordenar lo que sentía. Dijeron que mi alma era muy… intensa. Pero ya no se desborda.

Lo dijo con orgullo.

Como si hubiera superado una enfermedad.

Lume sintió un vacío extraño en el pecho.

Antes, cuando lo sostuvo entre sus brazos aquel día, su energía había sido luminosa. No controlada. No perfecta.

Viva.

Ahora su presencia era uniforme. Estable. Como una superficie sin olas.

El halcón bajó la mirada.

—¿Te hicieron pruebas? —preguntó Lume con cuidado.

El niño volvió a sonreír.

—Solo para entender mejor lo que soy. Dijeron que era importante. Que si aprendía a controlarlo, podría ayudar a otros.

Ayudar a otros.

Algo en esa frase no encajaba.

—¿Recuerdas todo? —insistió ella.

Él dudó apenas un segundo.

—No todo importa.

La respuesta fue suave. Ensayada sin parecerlo.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

No estaba roto.

No estaba asustado.

No parecía haber sufrido.

Pero tampoco parecía el mismo.

Como si algo hubiera sido limado. Ajustado. Alineado con una versión más aceptable de sí mismo.

La puerta se abrió detrás de ella.

Lume no necesitó voltear para saber quién era.

—No deberías estar aquí.

La voz de Dorian no era dura. Pero tampoco era tranquila.

Ella no apartó la mirada del niño.

—Está bien —dijo él, mirándolo a ambos—. Ya no hay nada que temer.

Nada que temer.

El halcón extendió apenas las alas.

Lume respiró hondo.

—¿Por qué esta sala? —preguntó sin girarse—. ¿Por qué aquí?

Hubo un silencio breve.

—Es un espacio de estabilización —respondió Dorian—. Algunos casos requieren… acompañamiento adicional.

Acompañamiento.

La palabra sonó demasiado limpia.

—¿Y funcionó? —preguntó ella.

El niño volvió a asentir.

—Sí. Ahora entiendo que no todo lo que brilla debe expandirse. A veces es mejor contenerlo.

Esa frase no era suya.

Lume lo supo con una certeza que dolía.

El halcón levantó la cabeza bruscamente, como si hubiera percibido algo invisible.

Y entonces Lume lo sintió.

No era ausencia.

No era daño.

Era… interferencia.

Como si la luz del niño ya no respondiera libremente, sino dentro de límites invisibles.

Dorian dio un paso hacia ella.

—Vámonos.

Esta vez no bloqueó la puerta con el brazo.

Pero su presencia era suficiente.

Lume dio un último vistazo al niño.

Él sonrió otra vez.

Perfecto. Sereno. Ajustado.

—Gracias por ayudarme aquel día —dijo—. Fue necesario para que pudieran encontrar lo que faltaba.

Lo que faltaba.

El estómago de Lume se contrajo.

No preguntó qué significaba.

Porque temía que, si lo hacía, la respuesta confirmaría algo que todavía no estaba lista para enfrentar.

Salió de la sala sin discutir.

Pero mientras el pasillo volvía a cerrarse detrás de ella, una idea comenzó a crecer lentamente.

No con rabia.

No con rebeldía.

Con una claridad incómoda.

Si podían “ordenar” la luz del niño…

¿Intentarían hacer lo mismo con la suya?

Y por primera vez desde que todo comenzó, el miedo no fue a ser diferente.

Fue a dejar de serlo.




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