Almas En Silencio

CAPÍTULO 9

La primera señal fue pequeña.

Tan pequeña que casi pasa desapercibida.

El niño volvió a cruzarse con Lume en el patio interior, durante el período de recreación supervisada.

Estaba sentado bajo el árbol blanco, exactamente donde solía sentarse antes.

Demasiado exactamente.

La espalda recta.

Las manos apoyadas en las rodillas.

La mirada serena.

Como si alguien hubiera reconstruido la escena desde un recuerdo.

Lume se acercó despacio.

El halcón no descendió esta vez.

Se quedó observando desde su hombro.

—Hola —dijo ella.

—Hola, Lume.

Su voz seguía igual de tranquila.

Pero algo en la forma en que pronunció su nombre… fue distinto.

Más preciso.

Más medido.

Ella se sentó frente a él.

Durante unos segundos, no pasó nada.

El viento movió apenas las hojas del árbol.

—¿Te dejan salir ahora? —preguntó Lume.

—Sí. Estoy estable.

Estable.

Siempre esa palabra.

Ella respiró hondo.

—¿Recuerdas cuando tu luz se desbordó aquel día?

Él sonrió.

—Fue un desequilibrio.

No dijo “tuve miedo”.

No dijo “no sabía qué hacer”.

No dijo “dolía”.

Dijo: desequilibrio.

Como un informe.

El halcón inclinó la cabeza.

Y entonces ocurrió.

Fue mínimo.

Un parpadeo.

Solo un segundo.

La serenidad del niño se quebró.

No en el rostro.

En la energía.

Una vibración irregular, como una interferencia en una señal limpia.

Sus manos temblaron apenas.

Los ojos se desenfocaron.

Y en un susurro casi imperceptible, dijo:

—No quería que la apagaran.

Lume se quedó inmóvil.

—¿Qué?

El niño parpadeó otra vez.

Y la serenidad regresó.

Perfecta.

Alineada.

—¿Apagar qué? —preguntó él, como si no entendiera.

El halcón extendió apenas un ala.

Lume sintió el corazón golpearle en el pecho.

—Hace un momento dijiste…

—No —interrumpió él con suavidad—. Creo que te confundiste.

Sonrió.

Pero ahora la sonrisa era demasiado simétrica.

Demasiado correcta.

Y entonces Lume lo sintió con claridad brutal.

No lo habían vaciado.

Habían cubierto algo.

Sellado.

Ajustado la superficie.

Pero debajo…

Algo seguía latiendo.

Desde el balcón superior, alguien observaba.

No con alarma.

Con interés.

—Hubo una microfractura —murmuró la mujer del panel, revisando datos en su tableta.

—¿Duración? —preguntó otra voz.

—0.7 segundos.

Silencio.

—Suficiente para confirmar persistencia.

Dorian estaba allí.

No habló de inmediato.

Sus ojos no estaban en la tableta.

Estaban en Lume.

—No la provoquen —dijo finalmente.

La mujer lo miró de reojo.

—No la estamos provocando.

—Sí lo están.

La tableta mostró un gráfico ascendente.

Resonancia cruzada detectada.

El nombre de Lume apareció junto al del niño.

Conectados por una línea tenue.

—Si esto continúa —dijo la mujer—, tendremos que avanzar de fase.

Dorian no respondió.

Pero por primera vez desde que todo comenzó…

Parecía estar eligiendo algo.

En el patio, el niño se puso de pie.

—Debo irme —dijo con amabilidad perfecta.

Lume lo miró unos segundos más.

No estaba roto.

No estaba perdido.

Pero estaba dividido.

Y eso era peor.

—¿Te duele algo? —preguntó ella en voz baja.

El niño dudó.

Un segundo.

—No.

Sonrió.

Y se fue.

El halcón descendió finalmente del hombro de Lume y se posó frente a ella.

Sus ojos oscuros no mostraban miedo.

Mostraban advertencia.

Lume levantó la vista hacia el balcón superior.

No vio a nadie.

Pero supo que no había sido casualidad.

El “error” no fue un accidente.

Fue una reacción.

Y si su sola presencia podía agrietar el ajuste del niño…

Entonces el sistema no estaba tan seguro como fingía.

Y por primera vez…

La palabra fragmentación dejó de sonar como una enfermedad.

Y empezó a sonar como resistencia.




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