Cada mañana subían al tren miles de personas.
Cada tarde, siempre volvía una menos.
Marta no lo notó de inmediato.
No porque fuera descuidada, sino porque la diferencia era mínima, casi elegante en su forma de esconderse. Lo suficiente para diluirse entre el ruido del andén, los cambios de turno, los días que se pisan unos a otros hasta volverse idénticos.
Trabajaba desde hacía un par de años en la estación Las Ánimas, en un pueblo a cuarenta y cinco minutos de la ciudad. Vendía boletos, respondía consultas, indicaba combinaciones. Un trabajo simple, repetitivo, sostenido por la costumbre.
Las Ánimas no era una estación grande, pero sostenía la vida del pueblo.
Cada mañana, antes de las siete, el andén se llenaba de personas que viajaban al área metropolitana. Cada tarde, después de las cinco, esos mismos cuerpos regresaban más lentos, con la mirada opaca y los hombros vencidos por el día.
Marta conocía a algunos por su nombre.
A otros los reconocía por sus gestos, por sus ritmos, por la forma en que esperaban.
En los lugares donde todo se repite, la repetición crea memoria.
El lunes en que les informaron del despido de Sofía, algo se quebró.
Cristian, el jefe de estación, reunió al personal con la voz de siempre, neutra y correcta, como si anunciara un cambio de horario, y les dijo:
—El viernes se finiquitó a Sofía.
Sofía era la tercera compañera despedida desde que Marta trabajaba ahí. Cada vez que una se iba, sentía una tristeza difusa, como si el lugar perdiera densidad. Pero con Sofía fue distinto. Más hondo. Más personal.
Ella, Sofía y Gabriela se habían vuelto amigas con los años. No íntimas, no de visitarse fuera del trabajo, pero sí lo suficiente como para compartir almuerzos, cigarros rápidos en la puerta trasera o silencios cómodos cuando el turno se hacía pesado.
Lo que más le dolió a Marta fue no haber podido despedirse.
La explicación oficial fue simple. Ya no necesitaban tantas casillas abiertas. Se vendían alrededor de doce mil boletos diarios. Con seis vendedoras bastaba, sobre todo ahora que habían instalado nuevos tótems digitales.
Marta sabía que, en parte, era cierto.
Cuando llegó a la estación, vendía más boletos por día. Pero la baja había sido tan lenta, tan pareja, que nunca la pensó como una pérdida. Hasta ahora.
Cuando quedaron solas, Marta le dijo a Gabriela que debían llamar a Sofía.
Le parecía extraño que no hubiera dicho nada.
—Quizás necesita espacio —respondió Gabriela—. Hay gente a la que estas cosas le incomodan. Mejor no insistir.
Marta no quedó convencida. Sofía era reservada, sí, pero no distante. Aun así, decidió esperar. Gabriela conocía a Sofía desde hacía más tiempo, quizá entendía algo que ella no.
Esa misma tarde, mientras el turno avanzaba con normalidad, Marta volvió a pensar en los números. El pueblo había crecido. Más comercio, más movimiento. No entendía por qué vendían menos boletos.
Se lo comentó a Gabriela durante un café tibio. Gabriela le dijo que era normal, que ahora había más trabajo remoto, que el pueblo envejecía, que había más jubilados, que otros simplemente se iban.
Luego, Gabriela dijo algo que Marta no supo bien cómo interpretar.
No fue un consejo. Sonó a advertencia.
—Mejor concentrémonos en hacer bien nuestro trabajo —agregó—. No queremos ser las próximas.
Marta asintió.
Pero su inquietud siguió, y no tenía que ver con cifras.
Tenía que ver con rostros.
Con nombres.
No ocurrió de golpe.
Fue un proceso lento.
La señora Alba, de abrigo de piel oscuro, que siempre pagaba con monedas exactas.
El chico joven que viajaba con una guitarra colgada a la espalda.
Don Víctor, un anciano ciego con su perro guía, que siempre llegaba puntual.
La muchacha de melena oscura, con mechones turquesa imposibles de no mirar.
Durante meses los vio subir y bajar del tren.
Y, de pronto, dejaron de volver.
Lo inquietante no fue solo la ausencia, sino darse cuenta de que durante un tiempo había logrado olvidarlos.
Como si el lugar mismo ayudara a borrar.
Fue entonces cuando decidió mirar los registros.
Cada día anotaban los boletos vendidos. A fin de mes, los números se enviaban a gerencia. Marta revisó sus libros y luego retrocedió.
La baja era constante.
Sin saltos ni excepciones.
Cada mes, entre cuatro y ocho boletos menos. Dos, tres, cuatro personas que dejaban de volver.
Demasiado limpio.
Demasiado preciso.
Después de eso, empezó a observar con más atención a los pasajeros en la estación. Anotó nombres cuando los retenía o rasgos cuando no. Abrigos, cortes de pelo, bastones, tatuajes. En dos meses registró casi cien personas.
Iba marcando cada vez que veía retornar a alguna.
Hubo al menos cuatro que nunca volvieron.
Cuando se lo comentó a Gabriela, la incomodidad fue inmediata.
—¿Qué estás insinuando?
Gabriela habló de coincidencias, de distribución irregular por cajas, de los nuevos tótems. Todo sonaba lógico. Y, aun así, Marta sentía que no bastaba.
Cuando Marta le pidió ver sus registros, Gabriela se endureció.
—Deja el tema. Te van a tomar por loca —dijo—. Quizás debas tomarte un descanso.
De todas formas, esa tarde, antes de irse a sus casas, Gabriela pasó por la casilla de Marta y le entregó su libro.
—No sé por qué hago esto —dijo—. Tienes que devolvérmelo mañana temprano.
Hizo una pausa breve.
—Y después vas a olvidar este tema —dijo, como si fuera algo que ya hubiera ocurrido antes.
Esa noche, Marta revisó el libro de Gabriela. Había meses en que vendía menos, pero otros en los que vendía más.
Los registros de Gabriela no tenían nada que ver con el patrón que Marta había encontrado en los suyos.
Marta quiso hacerle caso a Gabriela y dejar el tema atrás.
O, al menos, eso intentó.