En Drakonia, gobernaba el rey Zareth Darkbane, quién convirtió un reino de paz en un imperio gobernado por el miedo, la ciencia y la muerte. Su mayor creación no fueron sus ejércitos, ni las políticas que solo lo favorecían a él, sino los juegos, pruebas imposibles de ganar, pero que al rey le daban diversión infinita. Cada participante debía enfrentarse a criaturas creadas por él.
El premio es simple... La libertad.
Pero nadie gana.
Isolde, ella lo sabe perfectamente.
Años atrás, lo perdió todo: su hogar, su pueblo, sus recuerdos. Para salvar lo poco que quedaba, se vió obligada a hacer un pacto con el rey, volverse su marioneta sonaba sencillo.
Fría, calculadora y leal, o eso es lo que le obligaron a ser, vió morir a cada jugador que ha guiado, porque los juegos no están hechos para ser ganados.
Hasta que llega él.
Orión, un extranjero arrogante, confiado y diferente, cree que puede vencer, cree que todo es un reto muy fácil, su error es pensar que ella está de su lado.
Está equivocado.
Mientras él lucha por sobrevivir a bestias imposibles por dinero, ella lucha contra algo más peligroso, algo que podría destruirlo todo.
Porque en un mundo donde el control lo es todo, el amor no es una salvación.
Es una amenaza.
Y cuando el rey descubra la conexión entre ellos, no habrá juego que pueda salvarlos.
Porque en Drakonia, ni el poder ni el miedo pueden someter el eco de un pasado olvidado, ni el destino de dos almas que nacieron para encontrarse.