Almas Etéreas

Capítulo 1: Tener una cara conocida no te hace conocido

Por el retrovisor la veo removerse en el asiento, abrazada al cojín de cerdito que siempre mantiene en el auto, somnolienta se frota los ojos con el dorso de la mano levantándose sin dejar de mirar la ventana empañada, parpadea unas cuantas veces acostumbrándose a su alrededor.

Se da cuenta que aún no hemos llegado a casa, su entreceja deja ver su frustración y no puedo evitar una leve sonrisa.

—Mamá… ¿Cuánto falta? —Su voz pastosa se mezcla con un largo bostezo.

—Ya estamos cerca —No es del todo verdad —. Supongo que hoy también dormirás un poco tarde.

Está entretenida mirando los alrededores. A los lados solo hay inmensos árboles, antes este lugar era un bosque infrecuentable excepto por algunos cazadores que todavía les era permitido explorar hasta que lo convirtieron en un sitio turístico y hace unos años le agregaron la carretera para mayor facilidad de entrada a la ciudad y de paso adentrarse para gastar dinero. No puedo quejarme, está bien cuidada y agradezco que la carretera esté igual pues tomar el otro camino es mucho más tardado y ahora solo deseo llegar a casa.

A pesar de ser un lugar hermoso por las noches se ve tan vacío que cualquiera podría perderse dentro del bosque sin ser notado.

—¿Todavía podemos invitar a doña Mati?

—No creo que siga allí, pero puedes puedes guardarle un pedazo de pastel.

Su mirada decaída se desvía del retrovisor, no era lo que tenía pensado para su cumpleaños. Todos los años éramos solo yo y ella, nunca invitaba a nadie y descubrí que era por que no tenía a quién invitar, sabía la razón por la que nadie se le acerca y aún sabiéndolo no podía hacer nada para cambiarlo.

—Tengo una sorpresa para tí —intentó cambiar su ánimo — en el baúl está tu primer regalo.

No sé si me mira con confusión o por sorpresa, pero cambia rápidamente su expresión mostrando sus hoyuelos.

—¿Puedo abrirlo?

—Si logras encontrarlo tienes permitido abrirlo.

Mira en los asientos vacíos a su lado, hacía abajo y luego hacia atrás, alza la cabeza y se estira por los asientos.

—Lo encontré —murmura.

Escucho el clic del cinturón, de reojo veo como estira el brazo entre los respaldos, su mejilla se hunde contra el asiento, el crujido de la bolsa de papel hace notar su victoria.

—Ya lo tengo —gira con dificultad devolviendose en su asiento.

No pierde el tiempo en quitarle las grapas que mantenían cerrado su regalo, de la bolsa saca una pequeña caja, lo sacude intentando descubrir lo que hay dentro.

—Si quieres saber que hay tienes que abrirlo.

—Creó ya se que es —dice desatando el listón lila envuelta alrededor de la cajita.

Ser de adivina le iría bien si acertará en lo que imagina, es pésima adivinando siempre me fue fácil ganarle en los juegos de acertijos.

—Tienes que abrirlo por completo en vez de adivinar —Mis manos están sudando sobre el volante mientras en mi estómago hay un nudo que me molesta —, sino, no será sorpresa.

Suelto un leve suspiro y relajo mi postura, ¿Comí algo mal?

Mi mirada saltó un segundo al retrovisor regresando al camino.

—¿Te gusta? —preguntó presionando el agarre.

—Si, mucho —escuchar lo feliz que esta me calma un poco —. Es muy bonito, me encanta.

Sus ojos brillan entre risas, su amplia sonrisa me hizo olvidar por un momento la opresión en mi pecho.

—Lo mande a diseñar especialmente para ti.

En realidad fue Emelyn quien encontró quien lo diseñara yo solo especifiqué el detalle de la mariposa como dije.

—Gracias mami.

Siento un alivio que desaparece tan pronto un escalofrío me recorre la espalda, el ambiente de repente es pesado.

En la carretera una neblina baja comienza aparecer sobre el asfalto, mientras más avanzó, más grande se hace.

—Val… ¿tienes puesto el cinturón? —Intento sonar tranquila.

—Si —responde haciéndose a un lado su largo cabello para ponerse su regalo.

Al frente, apenas puedo otear la silueta entre la niebla, con una fuerza brutal chocó contra algo, el cinturón se clava en mi pecho mientras todo mi cuerpo se sacude hacia adelante. El auto se levanta del suelo como si una mano gigantesca lo hubiera sacado de la carretera, las ventanas estallan al instante con un estallido agudo, fragmentos de vidrio giran frente a mi rostro; un zumbido grave que tapa el sonido de mi propia respiración. Mi columna se estremece, mis huesos vibran, el aire huye de mis pulmones, y luego, un golpe sordo y una profunda oscuridad.

A lo lejos creo que escucho el goteo del agua haciendo ploc, ploc, ploc. Abro los ojos, la sangre zumba por mis oídos; suspendida en el aire, mi cuerpo cuelga de cabeza abajo, el líquido caliente se desliza por mi cráneo, un pulso doloroso vibra mis sienes. Huele a humo y aceite.

El parabrisas ya no está, no completo. Los cristales cubren el techo como escarcha.

Por el retrovisor torcido, agrietado, se refleja la parte trasera, atrapada por el cinturón veo a Valentine, con el cabello flotando hacia abajo y los ojos cerrados. El cristal destrozado hacía que su imagen se viera fragmentada.

Un quejido sale de mi boca, intentó moverme pero mi cuerpo no reacciona.

Pasos crujiendo sobre los cristales rotos caminan por alguna parte.

Por la niebla todo se ve difuminado, las luces de los faroles son la única luz que ilumina la calle a pesar de eso, no logro distinguir nada.

—Que mala suerte tienes —Escuchó la voz de un hombre.

Suena como si estuviera hablando a través de un túnel y su voz rebotará por las paredes.

«Ayúdeme»

—M-i… hi-ja —Mi lengua se enreda con palabras poco audibles.

Tengo la sensación que ya pase por esto.

—Esta vez no podré ayudarte.

«¿Qué dijo?»

Ya no puedo ver a Valentine, ante mí, todo está borroso.

«Por favor, mi niña»

Siento el temblor en mis brazos, mi visión se nubla invadiendo la nada.

«No quiero morir»




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