Almas Gemelas

22. Te quiero, pero...

Aitana. 

Yo también me siento desorientada, sin saber qué decir o qué hacer, pero Austin últimamente se pasa. No puede sencillamente comparar a su padre con el mío, cuando claramente no son iguales. Soy consciente que Austin no es malo, solo que es muy impulsivo y no piensa con la cabeza fría. 

Se que muchas veces no quiere dañar a las personas adredemente, pero lo hace. Sé que el llorar encima de mis hombros significa que ha sufrido igual que todos nosotros durante todos estos meses, pero aun así no entiendo que es en realidad lo que lo mortifica para comportarse de esta manera. 

—Yo me estoy ahogando, Aitana —musita —, no entiendo el porqué, no entiendo qué, cómo y no entiendo lo que hice para sentirlo. Yo no era tan idiota, pero, aunque quiero mejorar no lo estoy logrando, ¿qué me pasa?

—Nos estamos dejando ir por todo lo de estos meses. Te estás dejando cegar por el dolor de no perdonar.

—¿Cómo lo hago? —gruñe —Me pregunto que debo de hacer para dejar de sentir la necesidad de separarte de Holdan, cuando claramente al final no te hace nada malo. Cuando veo a mi madre junto a otro hombre, cuando veo a Kanti siendo insoportable; pero de alguna manera sé que está dañada por su madre, como dejar ir la verdad —lloriquea. 

—Estamos permitiendo que lo que pase a nuestro alrededor nos haga sacar la parte impulsiva y controladora que tenemos —aprieto mis manos en puños, porque yo también lo he sido durante todos estos meses. 

—¿Por qué tu papá? 

—Esa misma pregunta iría para todos nosotros, ¿Por qué Sofía eligió a Mateo?, ¿por qué Aina ahora es la novia de Pablo?, ¿por qué Santiago no llegó a sentir algo por Layla? O cosas así. En el corazón nadie manda, y si, suena algo demasiado repetitivo. Sin embargo, es como nosotros dos, no pensé sentir cosas por el sexista de mi vecino, el idiota que creyó que a penas las primeras horas iba a caer rendida a él.

—¿Estamos en esa conversación donde aclaramos todo?

—Estamos en la conversación donde somos sinceros y donde nos damos cuenta que estamos dejando inyectar el veneno de nuestras familias de a poco en cada cosa que hacemos —agrego.

—Esto es una mierda —Posa sus manos en mi cintura y allí quedan. 

—Vaya que lo es. 

Acaricio su espalda y lo atraigo más a mi pecho, quiero creer que como es no me está mirando los pechos, porque juro que lo voy a dejar aturdido con otra cachetada. 

—Austin, ¿me estás mirando los senos? 

—Son bonitos —dice el desvergonzado este. Se suena la nariz sin despegarse de mi hombro —. No se si te lo dije alguna vez, pero tu pezón del seno izquierdo es más rosa que el del derecho, también que tienes tres lunares en la horma del derecho. 

—¡Austin! —Tomo su cabeza y lo separo. Es un maldito pervertido —. Deja de hablar así tan natural de mis pechos. 

—Estamos en una conversación en la cual hablamos de lo que sentimos. Yo siento que tus pechos son bonitos —se encoje los hombros. Se limpia la nariz y se cruza de brazos —. Sé que me estoy comportando como un idiota, sé que he estado hiriéndote de miles de maneras, pero no entiendo como hago para controlarlo, quiero creer que no es un problema.

—Puede que lo sea, puede que no —hago una mueca —. La verdad no soy psicóloga, entonces no sabría decirte. 

—¿Algún día vamos a volver a estar juntos?

—No —niego con la cabeza —. Y no se debe a que ya no hayan sentimientos el uno por el otro, aquí —señalo a dirección del corazón —sigue estando el sentimiento, pero ese mismo nos hace daño. Sé que en el fondo no me vas a perdonar por lo de la apuesta, y poniéndome en tu posición no se si yo lo perdonaría. No obstante, lo intenté, Austin, te di espacio, tiempo, mientras yo podía reponerme de todo lo de estos meses.

—Una vez mi padre llegó borracho, bueno esa vez más de lo habitual, y le empezó a reclamar a mi madre de los mensajes que se estaba mandando con un compañero de trabajo de él. Ese día mamá le dijo por primera vez que no quería vivir con él, que estaba cansada y más que cansada, frustrada por no podernos sacar de esa pesadilla. 

>>Tenía catorce años cuando los escuché. Fue raro, primero me sentía molesto por los pensamientos de mi madre, si, mi padre muchas veces llegaba con su actitud de no querernos cerca, pero jamás nos agredió —hace una pausa, mientras su mirada se va a la carretera, a la cual pasa uno que otro carro ya llegando a casa —. Tenemos que excluir a Mateo de eso. Con tal, ese día me dije a mi mismo que mamá no tenía ningún derecho a creerse más por mi padre ser así, y he venido todos estos años con ese pensamiento.

>>Aunque no voy a negar que muchas veces me lo cuestione.

>>Cuando Armando me mostró el video se me vino ese día a la cabeza, e igual esos ideales. ¿Cómo es posible que haya jugado conmigo de esa manera? ¿Cómo es qué soy tan bobo por caer? De los cuatro soy el más despistado, en el sentido que por estar jugando las cosas me salen mal, soy machista, el sexista; como quieras llamarme y él que al final no hace nada bien. 

Suelto un sonoro suspiro y me abrazo a mi misma. No sé qué decirle, cada uno de nosotros ha vivido sus propias batallas. Nunca crecí en un ambiente de maltrato, de alcoholismo o de algo relacionado insano para crecer. Solo vi el amor de mis padres, la sonrisa de mis hermanos y el crecimiento de cada uno; cuando eso falto yo fui quien empezó a crear un ambiente de maldad para los demás, al burlarme y demás cosas, pero no es familiar como lo de Austin. 

Quiero creer que el hecho de que su padre haya pedido verlos durante todos estos meses que ha estado en la cárcel y que ellos no lo hayan accedido a verlo, es porque se cuestionan todo esto. 

—¿Lo odias? —él se estremece y se que hablar de ese tema debe ser delicado. 

—Al final de cada día me hago la misma pregunta y la respuesta siempre va a que no —Gira su cabeza para mirarme, y la sonrisa pequeña que me da es la del Austin de siempre, ese que muy pocos pueden conocer, porque, aunque no lo parezca es igual a sus hermanos, se esconden detrás de muros y de máscaras que ocultan quienes en realidad son —. Mateo me caía muchas veces mal, no entendía su manera de ser, el que siempre era lejano a nosotros, luego vemos las cicatrices que tiene en su espalda y juro que quise odiar a Alfredo por hacerle eso. Pero sencillamente algo como el odio no estaba para mi padre, solo encontraba desilusión. 




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