Almas Gemelas

Capítulo 18: La Resonancia

Aquella noche ninguno de los dos volvió a dormir.

Después de la confesión de April, el silencio se instaló entre ellos como un tercer acompañante. No era un silencio incómodo; era el de dos personas intentando comprender algo que parecía demasiado grande para sus propias vidas.

Alan permanecía sentado frente a ella, con una mano entrelazada con la suya. Desde que la había encontrado temblando en el suelo, no la había soltado ni un solo instante. Era como si su propio instinto le dijera que cualquier distancia entre ellos podía romper algo mucho más profundo que un simple contacto físico.

April mantenía la mirada perdida en la ventana.

Las luces de la ciudad dibujaban reflejos plateados sobre el cristal, pero ella apenas las veía.

Sentía demasiado.

Podía distinguir la alegría de una pareja que caminaba varias calles más abajo. El cansancio de un anciano que regresaba a casa. La frustración de un niño incapaz de dormir.

No escuchaba voces.

Escuchaba emociones.

Era como vivir dentro de una orquesta donde cada instrumento interpretaba un sentimiento diferente.

Al principio creyó que enloquecía.

Después comprendió que aquello era real.

—¿Sigues sintiéndolos? —preguntó Alan con delicadeza.

Ella asintió despacio.

—Es peor.

Alan frunció el ceño.

—¿Peor?

—Más intenso.

April apoyó una mano sobre su pecho.

—Antes era como escuchar un murmullo detrás de una pared. Ahora... es como si la pared hubiera desaparecido.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—Alan... hay demasiadas personas.

Él reaccionó inmediatamente.

Se acercó hasta quedar frente a ella.

—Mírame.

April obedeció.

Los ojos grises de Alan tenían una calma casi imposible.

—Respira conmigo.

Ella siguió el ritmo de su respiración.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Y ocurrió algo extraño.

Las emociones de la ciudad comenzaron a apagarse.

No desaparecieron.

Simplemente dejaron de invadirla.

April abrió los ojos con sorpresa.

—¿Qué hiciste?

Alan negó lentamente.

—Nada.

Los dos permanecieron inmóviles durante varios segundos.

Entonces comprendieron.

No había sido Alan.

Había sido ella.

Sin darse cuenta, April había aprendido a cerrar aquella conexión.

Era la primera vez que controlaba su don.

Y aquello resultaba tan emocionante como aterrador.

A la mañana siguiente decidieron salir.

Alan insistía en que permanecer escondidos demasiado tiempo levantaría sospechas.

Caminaron por las calles como cualquier otra pareja.

Sin embargo, nada era igual.

Las personas comenzaban a comportarse de formas que Alan jamás había visto.

Un hombre abrazaba espontáneamente a su hermano en plena avenida.

Dos mujeres reían sentadas en una cafetería sin importar que sus parejas asignadas no estuvieran presentes.

Un niño corría hacia un perro callejero para acariciarlo.

Alan se quedó observando la escena.

—Eso no debería pasar.

—¿Por qué?

—Porque aquí las conexiones emocionales están dirigidas únicamente hacia las personas compatibles.

April sonrió.

—Tal vez el amor nunca debió tener límites.

Alan la miró.

Era increíble.

En pocas semanas, aquella mujer había puesto en duda doscientos años de historia.

Mientras continuaban caminando, April sintió un pinchazo en el pecho.

Fue tan intenso que tuvo que detenerse.

Alan reaccionó enseguida.

—¿Qué sucede?

Ella cerró los ojos.

No era un dolor.

Era...

Una presencia.

Muy familiar.

Mucho más intensa que todas las demás.

Podía sentir exactamente dónde estaba.

A varios kilómetros.

Al norte.




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