El amanecer encontró a April y Alan despiertos.
Ninguno de los dos había logrado dormir más de unos minutos.
No porque el miedo los mantuviera alerta.
Sino porque cada vez que cerraban los ojos podían sentir al otro con una claridad imposible.
No era un pensamiento.
No era una voz.
Era una presencia.
Como si existiera un segundo corazón latiendo dentro de ellos.
Alan observó a April desde el otro extremo de la habitación.
Ella aún contemplaba el horizonte a través del ventanal.
Sin girarse, sonrió.
—Llevas exactamente treinta y siete segundos mirándome.
Alan sintió un escalofrío.
—Ni siquiera me has visto.
April negó lentamente.
—No hace falta.
Se llevó una mano al pecho.
—Te siento.
Alan caminó hacia ella.
Cada paso parecía disminuir una presión invisible que ambos habían soportado desde que él se había apartado durante la prueba del día anterior.
Cuando finalmente tomó su mano, los dos exhalaron al mismo tiempo.
Como si acabaran de recuperar el aire.
Los dos se miraron.
No dijeron nada.
No era necesario.
Por primera vez desde que se conocían, comprendieron que el silencio también podía ser una conversación.
Los cambios comenzaron a hacerse evidentes durante los días siguientes.
Alan siempre había destacado por su extraordinaria capacidad analítica.
Era capaz de resolver problemas complejos en cuestión de minutos.
Ahora…
Su mente parecía funcionar de otra manera.
Los datos ya no llegaban uno tras otro.
Llegaban todos al mismo tiempo.
Podía observar una ciudad entera y detectar patrones que antes requerían semanas de estudio.
Veía conexiones donde los demás solo encontraban coincidencias.
Su cerebro parecía adelantarse varios movimientos al futuro.
Pero aquello tenía un precio.
Cada vez que April se alejaba demasiado, la claridad desaparecía.
Los cálculos se volvían lentos.
Su cuerpo se agotaba.
Como si una parte esencial de él hubiera quedado lejos.
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April también estaba cambiando.
Los colores de sus ojos seguían transformándose.
El ámbar había adquirido destellos plateados que aparecían cuando sus emociones aumentaban.
Su oído distinguía frecuencias imposibles.
Era capaz de reconocer la respiración de Alan entre cientos de personas.
Podía encontrarlo sin importar dónde estuviera.
Pero lo más extraordinario era otra cosa.
Comenzó a percibir las emociones antes de que existieran.
Una discusión todavía no empezaba…
y ella ya sentía la ira creciendo.
Un niño aún no lloraba…
y ella ya presentía la tristeza.
Era como si pudiera escuchar el nacimiento mismo de las emociones.
Aquello la aterraba.
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Una tarde decidieron comprobar hasta dónde llegaba su conexión.
Alan descendió varios niveles del antiguo observatorio.
April permaneció en la terraza.
Cien metros.
Doscientos.
Quinientos.
Un kilómetro.
Alan dejó de verla completamente.
Aun así, April sonrió.
Podía describir exactamente dónde estaba.
Cuándo doblaba una esquina.
Cuándo aceleraba el paso.
Cuándo sonreía.
Incluso cuándo dudaba.
Alan regresó una hora después.
No tuvo que preguntar.
Los dos sabían que aquello ya no podía explicarse mediante genética.
Era otra cosa.
Mucho más profunda.
---
Aquella noche sucedió algo inesperado.
Mientras descansaban juntos, Alan sintió un destello de memoria.
Pero no era suyo.
Vio una playa.
Una niña construyendo un castillo de arena.
Una mujer riendo.
El olor del mar.
Entonces comprendió.
Eran recuerdos de April.
Abrió los ojos sobresaltado.
Ella también estaba despierta.
Con lágrimas recorriendo sus mejillas.
—¿Lo viste?
Alan asintió lentamente.
—Era tu infancia.
April tragó saliva.
—Yo también vi algo.
—¿Qué viste?
Ella levantó la vista.
—Cuando tenías nueve años…
Alan sintió cómo se detenía su respiración.
—...caíste del árbol que estaba detrás de la casa de tus padres.
El rostro de Alan perdió el color.
Nunca le había contado aquello.
Nadie podía saberlo.
Nadie.
Los dos comprendieron la verdad al mismo tiempo.
Ya no compartían únicamente emociones.
Compartían recuerdos.
---
Mientras tanto…
A cientos de kilómetros, bajo la Torre Central, existía un nivel del complejo cuya existencia había sido borrada de todos los registros.
Nivel Omega.
Allí no existían ventanas.
Ni relojes.
Ni acceso a la red pública.
Solo laboratorios.
Miles de ellos.
En el centro del complejo caminaba un hombre de cabello completamente blanco.
Su edad era imposible de calcular.
Su postura seguía siendo impecable.
Sus ojos conservaban el brillo frío de alguien que llevaba décadas observando la evolución humana como si fuera un experimento.
El doctor Elias Voren.
El verdadero arquitecto del Proyecto Almas Gemelas.
No sonrió al recibir el informe.
Simplemente lo leyó dos veces.
Sincronización neuronal espontánea.
Intercambio de memoria episódica.
Resonancia genética superior al cien por ciento.
Guardó silencio.
Finalmente habló.
—Así que el Protocolo Génesis ha despertado.
Los científicos intercambiaron miradas confundidas.
Uno de ellos preguntó:
—Doctor… ¿qué es el Protocolo Génesis?
Voren levantó lentamente la vista.
—El objetivo original.
Se acercó a una enorme pantalla donde aparecían los rostros de Alan y April.
—Hace doscientos años no buscábamos crear parejas perfectas.
Buscábamos crear una nueva especie.
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Editado: 16.07.2026