Almas Perdidas

La Prisión de Lilith

La oscuridad del castillo de Lysia era densa, como una niebla que se esparcía por cada rincón, por cada pasillo, por cada grieta en las paredes. En sus profundidades, el tiempo parecía doblarse y retorcerse, como si la propia estructura del castillo estuviera atrapada en un ciclo interminable.

El aire era espeso, cargado de una presencia palpable, una sensación que lo invadía todo, desde las paredes góticas hasta las sombras que se alargaban en la distancia. Las luces titilaban débilmente, luchando por mantenerse en medio de la opresiva oscuridad.

Lilith, de pie junto a su hermana, sentía el peso del mal que Lyra había creado. A pesar de su lucha, de su determinación, sabía que algo terrible se cernía sobre ella.

Lyra, en su indomable poder, había invocado una magia ancestral que ahora comenzaba a envolverla. La energía del castillo parecía alimentarse de su desesperación, y con cada segundo que pasaba, la realidad misma comenzaba a distorsionarse a su alrededor.

Lyra la miraba, sus ojos dorados reluciendo con una malicia tan antigua que hacía que todo en el ambiente se volviera intolerable, como una presión en el aire que no podía ignorarse. Cecilia estaba a su lado, también atrapada, pero Lilith sentía que algo más oscuro la alcanzaba a ella. No podía verlo con claridad, pero lo sentía.

El hechizo de Lyra había comenzado.

Una luz roja comenzó a envolver a Lilith, naciendo de la piedra negra del castillo, de las grietas en las paredes, de las sombras mismas que se movían, y en cada rincón, parecía que la realidad se rompía y se tejía de nuevo. El tiempo dejó de moverse, como si el reloj del universo se hubiera detenido, como si el lugar mismo se congelara en la misma condena de eternidad que la hechicera había creado.

— No... no...— murmuró Lilith, sus labios temblando, su mente luchando para entender lo que estaba ocurriendo en ese lugar.

¿Era esto posible? ¿El castillo tenía poder suficiente para detener el tiempo? El cinturón de Selene, ahora inactivo, parecía haberse desvanecido por completo, como si nunca hubiera existido, dejando a Lilith expuesta a la voluntad de Lyra.

El hechizo de Lyra era antiguo, primitivo, un vínculo irrompible entre el alma de la prisionera y la propia esencia de la oscuridad que habitaba el castillo. No había escape. El tiempo se detuvo, y el espacio se deformó. La realidad misma se distorsionaba, como si el mismo suelo bajo los pies de Lilith se desintegrara, despojándola de todo lo que había conocido. Era la muerte en vida.

La prisión espiritual comenzaba a tejerse alrededor de Lilith, implacable, como hilos de sombra oscura que la atrapaban y la ataban sin piedad. Las paredes del castillo se encerraron a su alrededor, como si el mismo lugar quisiera devorarla, arrastrarla hacia el abismo eterno.

No podía moverse, no podía respirar, su mente estaba atrapada en una red de oscuridad y dolor. Cada rincón de la prisión era un vacío interminable, donde el tiempo no existía y la realidad se desvanecía.

— No... no... — Lilith intentaba gritar, pero las palabras no salían de sus labios.

Su cuerpo no respondía, su alma estaba atada a una dimensión que no entendía. Lyra observaba desde el fondo de la sala, su sonrisa macabra nunca abandonando su rostro, como si hubiera logrado lo que siempre había querido: reducir a su sobrina a una cautividad de su propia oscuridad.

— Así es como debe ser, Lilith... — Lyra murmuró, su voz suave pero cruel, como el filo de una daga — Este es tu lugar, el lugar al que perteneces. No puedes escapar... no hay escape de mí. Dentro de muy pronto serás como mi hermana, completamente mía también y sentirás placer en complacer mis deseos como Selene lo siente diciéndome "si hermana" solo que tú me dirás "si tía ".

Cecilia, viendo cómo su hermana caía en las garras del hechizo, intentó moverse, pero no podía. Su cuerpo estaba paralizado, su mente atrapada en un lazo invisible que la unía al poder de Lyra.

La luz roja comenzó a desvanecerse lentamente, pero con la desaparición de la magia, el aire se volvió aún más pesado, denso, como si estuviera siendo absorbido por una boca oscura que no dejaba nada a su paso.

Lilith, a pesar de su desesperación, comenzó a sentir cómo la realidad se desmoronaba, como si fuera una sombra que se disolvía en la nada. Cada pensamiento, cada recuerdo, cada rasgo de su humanidad comenzaba a desaparecer, consumiéndose lentamente en la prisión en la que ahora estaba atrapada.

— Cecilia... — susurró Lilith, su voz un suspiro perdido entre el silencio. — Lo siento...hermana....

Pero sus palabras nunca llegaron a Cecilia. La oscuridad la tragó. De repente, Cecilia sintió un golpe en su pecho, como si un hacha hubiera cortado su corazón. El poder de Lyra comenzó a apoderarse de ella, reduciéndola, despojándola de su fuerza. Lilith había caído, y ella sabía que si no se liberaba, el castillo de Lysia se haría con ella también, como había hecho con tantas almas antes.

La desesperación se apoderó de Cecilia, quien miró a su hermana atrapada, sin poder hacer nada. Su mundo se desmoronaba, y el castillo, con sus maldiciones y hechizos, parecía devorarla.

Horas después, en los oscuros pasillos del castillo, mientras Cecilia intentaba encontrar una salida, la oscuridad comenzaba a consumirla. La neblina que flotaba en el aire se espesaba con cada paso que daba, y el mal que habitaba el lugar le hacía sentir como si cada sombra la acechara.

Los susurros continuaban, aumentando en volumen, como si los ecos de las almas perdidas volvieran a reprocharle por no haber sido lo suficientemente fuerte para salvar a su hermana.

En su recorrido por el castillo, Cecilia llegó a un sótano en ruinas, donde las sombras se alargaban de forma antinatural. Al fondo, encontró una puerta de madera vieja, que parecía haber estado cerrada durante siglos. Con el corazón palpitando frenéticamente, la empujó, y el aire frío que salió de esa habitación la golpeó con tal fuerza que casi la hizo caer.




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