Danza De La Oscuridad
El castillo de Lysia era como un ente viviente, respirando, sangrando y tejiendo su oscuridad con cada paso que daban los niños. Pero esa noche, el castillo parecía cobrar vida de una forma más terrible que nunca. La furia de Lyra había sido desatada, y con ella, el tormento que había preparado para quienes se le oponían.
Selene, ahora completamente bajo el control de su hermana, se encontraba en la danza de la desesperación. Lyra le había ordenado que bailara sin detenerse. Y Selene no podía hacer nada para resistirse. Sus zapatillas de danza, de un blanco inmaculado, crujían contra las piedras frías del castillo mientras su cuerpo, obligado a moverse por la voluntad de su hermana, se desplaza por las frías y oscuras habitaciones del castillo.
Cada paso, cada salto, cada movimiento era dictado por una fuerza superior, una que no solo controlaba sus piernas y brazos, sino que dominaba su alma. La danza clásica, que una vez fue una expresión de arte, se transformó en una tortura. La gravedad parecía un enemigo invisible, y las acrobacias que Selene debía realizar se volvían cada vez más difíciles, como si el propio castillo se desmoronara a su alrededor.
Cada vez que levantaba un pie del suelo, sentía cómo el peso de la maldición de su hermana la arrastraba hacia abajo, aplastando su espíritu y su cuerpo.
Su músculos ardían, su respiración era agotada pero aún así no podía parar. Lyra, desde algún lugar del castillo, observaba a su hermana, una figura en las sombras, siempre controladora, siempre dueña de cada movimiento. El sonido de los pasos de Selene sobre el suelo frío de piedra retumbaba por todo el castillo como un eco lejano, un recordatorio de la desesperación que le había impuesto.
Mientras tanto, en la prisión que Lyra había creado para Lilith, la atmósfera era igualmente opresiva. El lugar era oscuro, y aunque no había ventanas, la luz de las velas titilaba como si fuera la última chispa de esperanza.
Lilith, atrapada en ese laberinto espiritual, lloraba en silencio, luchando contra los límites invisibles que la mantenían allí. A pesar de estar prisionera, su magia seguía siendo poderosa, pero no podía romper las barreras de esa prisión que la aislaba de todo y de todos.
A través de sus pensamientos, Lilith intentaba llamar a su hermana, pero la conexión mental con Cecilia era inexistente. Las voces de las almas atrapadas, la energía oscura del castillo y las manipulaciones de Lyra impedían que su grito mental llegara a su hermana.
— Cecilia...— pensaba Lilith, — No puedes escucharme ¿verdad?
El castillo estaba imbuido de magia oscura, que a cada momento aislaba más y más a Lilith de la posibilidad de salir de ese lugar, de vincularse con su hermana. Los ecos de las almas perdidas se colaban en su mente, sus gritos apagados resonaban en su cabeza, como lágrimas de aquellos que también fueron abandonados por Lyra, y Lilith no podía hacer nada para callarlas.
El Camino hacia la Prisión
El castillo de Lysia, con su arquitectura imponente y sus muros de piedra antiguos, parecía más que nunca un ser vivo y respirante, palpitando con una energía oscura que emanaba de sus entrañas. Cecilia, junto al niño, caminaba en silencio a través de los pasillos, sus pasos suaves pero determinados, mientras la tensión se extendía a su alrededor.
La presencia del castillo era tan palpable que la sensación de estar vigilados nunca desaparecía. El aire estaba denso, cargado de magia oscura, y cada rincón parecía ser un reflejo del alma de Lyra, retorcida y perturbadora.
El niño caminaba a su lado, los ojos brillando con una luz dorada, como si de alguna manera, la magia que corría por sus venas pudiera percibir cosas que otros no podían. Sus pasos eran más pesados de lo que deberían ser para su pequeña figura, como si la magia de Lyra le transmitiera el peso de las maldiciones que se habían ido tejiendo en el castillo durante siglos.
El niño, cuyo nombre era Aurelian, parecía estar percibiendo todo con una sensibilidad aguda, como si el castillo mismo hablara a través de sus venas. Su magia, aunque aún inmadura, pulsaba con fuerza dentro de él, y sentía una conexión directa con el corazón del castillo. El aire denso y sombrío lo rodeaba, haciendo que se sintiera más atado a la oscuridad, pero también más consciente de lo que se ocultaba.
— Cecilia,— dijo Aurelian, su voz suave pero cargada de una profunda sabiduría. — El castillo... está vivo. Lo siento. Es como si estuviera conociéndome... como si lo estuviera escuchando.
Cecilia lo miró, con miedo y fascinación.
— ¿Qué quieres decir? — preguntó, su voz temblando con la intensidad de lo que Aurelian acababa de decir.
Aurelian se detuvo un momento, su mirada fija en el horizonte, como si pudiera percibir algo más allá de lo visible.
— La magia del castillo... no es solo magia. Es como... una especie de ser, que ve todo, que siente todo. Y ahora, puedo percibirla completamente.
Cecilia no entendía del todo lo que Aurelian quería decir, pero algo en sus palabras hizo que un escalofrío le recorriera la espina dorsal. Era como si el castillo mismo tuviera una voluntad propia, como si los muros fueran los ojos de algo mucho más grande y terrible. Algo que los estaba observando.
Aurelian, sintiendo la presencia de lo que había dicho, continuó caminando. Su cuerpo parecía tensarse más a medida que avanzaban, como si la magia dentro de él estuviera despertando algo. Un eco profundo resonó en su mente, como una voz lejana, que parecía llamarlo, pero también advertirle.
— Sé dónde está Lilith, — dijo de repente, su voz más baja, como si temiera que las paredes mismas pudieran escuchar sus palabras. — Puedo sentirla... Está atrapada... en una prisión de almas.
Cecilia se detuvo en seco, su corazón dio un vuelco. Había escuchado rumores sobre Lilith, sobre su destino oscuro, pero nunca pensó que la magia del castillo pudiera atraparla de esa forma.