Almas Perdidas

El Obstáculo Mayor I

La Batalla Mágica

La fría y oscura atmósfera del castillo de Lysia se volvía más opresiva con cada paso que Cecilia y Aurelian daban. El suelo bajo sus pies parecía crujir con la magia ancestral que lo impregnaba, un poder oscuro que venía de siglos de sufrimiento, de dolor y control.

Lyra, su tía, los había marcado de tal manera que, aunque intentaban escapar de su influencia, sentían la presencia de ella por cada rincón, por cada grieta del castillo. Sabían que estaban cerca de la puerta final, esa que los conduciría al corazón de Lysia, donde Lilith estaba prisionera, pero también sabían que llegar a ese punto sería solo el principio de lo que estaba por venir.

Aurelian miraba al frente, pero su mente no dejaba de regresar a los días en que Lyra lo había mantenido prisionero en esa silla mágica, con sus pies inmovilizados, sin poder moverse, sin poder ver más allá de las paredes de la habitación que lo rodeaban.

Pero ahora estaba libre, gracias a la ayuda de Cecilia, quien le había devuelto la voluntad, la fuerza para luchar. Lyra no lo había olvidado. Su madre odiaba esa traición, y si algo era cierto, era que Cecilia se había ganado el odio eterno de la hechicera.

Cecilia podía sentirlo en el aire. La ira de Lyra la acechaba como una sombra invisible, llenando cada rincón con la promesa de un futuro de destrucción.

— No podemos flaquear,— pensó Cecilia, apretando los dientes —Lilith nos necesita.

Ambos llegaron a una gran puerta de roble, adornada con símbolos antiguos que brillaban de forma sombría. Cecilia sabía que detrás de esa puerta se encontraba la respuesta a todo. Sabía que Lilith estaba al otro lado, atrapada por la misma magia que había devorado a tantos otros antes que ella.

Pero también sabía que el castillo de Lysia era mucho más que un simple edificio; era una cárcel, un ser vivo que se alimentaba de la desesperación y de la magia de la hechicera Lyra.

Aurelian y Cecilia se miraron un instante, conscientes de la tensión palpable que les rodeaba.

— Es hora,— murmuró Aurelian, sus palabras como una promesa. — Vamos a terminar con esto.

Pero justo cuando Aurelian extendió la mano para abrir la puerta, la oscuridad se espesó. Una presencia comenzó a manifestarse, y el aire en el pasillo se volvió más denso, como si algo invisible tratara de aplastarlos.

Cecilia, mirando alrededor, sintió la presencia de su tía, la magia de Lyra recorriendo las paredes. La puerta frente a ellos comenzó a temblar con fuerza, y una voz, su voz, resonó en el aire:

—¿Creen que pueden escapar de mí? ¡No lo permitiré! — La voz de Lyra retumbó en sus mentes, llenándolas de terror y furia.

En ese momento, el aire se envenenó. Una niebla oscura comenzó a rodearlos, y las sombras en las paredes tomaron forma, como si la magia de la hechicera estuviera cobrando vida. A medida que la niebla avanzaba, Cecilia sintió cómo la presencia de Lyra crecía, como una presencia abrumadora que comenzaba a consumir todo a su alrededor. El miedo se apoderó de sus venas, pero no se rindió.

— ¡No lo lograrás!— gritó Cecilia, alzando las manos y canalizando toda su magia ancestral. — ¡Te enfrentaremos, Lyra! ¡Y esta vez si triunfaremos!

—¡Tú no eres nadie para desafiarme! — Lyra le respondió con ira en su voz, sus palabras rasgando la mente de Cecilia — ¡Nadie desafía a la hechicera de Lysia y sobrevive!

Un destello de oscuridad surgió de la nada, atacando a Cecilia y Aurelian, empujándolos hacia atrás. La magia oscura de Lyra era como un tsunami, arrastrando todo a su paso. Cecilia luchaba por mantenerse en pie, pero las sombras se alargaban y se enroscaban a su alrededor, desintegrando su fuerza.

Pero Aurelian, sin pensarlo, se lanzó hacia el frente, y un rayo de luz estalló desde sus manos, desgarrando la neblina oscura y dando espacio para que Cecilia pudiera avanzar. Con su magia, Aurelian había logrado romper parte de la defensa de Lyra.

—¡Rápido, Cecilia! — gritó él, su voz llena de desesperación.

Cecilia, empapada en sudor frío, alzó las manos y liberó su propia magia, una explosión de luz pura que se chocó contra las sombras, iluminando brevemente el pasillo.

—¡No nos detendrás!

Pero la ira de Lyra solo se intensificó. La puerta ante ellos comenzó a cerrarse con una violencia impresionante, y las sombras tomaron forma, materializándose en figuras oscuras, los guardianes perdidos que habían caído bajo el control de la hechicera. Las figuras avanzaron hacia ellos, sus rostros vacíos y sin alma.

— No puedes ganar,— susurró una de las figuras, con una voz que resonaba en las profundidades de su alma. — Este castillo no te dejará ir.

— ¡Desaparezcan!— Cecilia gritó, su energía mágica aumentando.

Su luz chocó contra las sombras, pero la magia de Lyra no cedió, y el laberinto oscuro que rodeaba el castillo parecía expandirse.
Aurelian y Cecilia se sintieron como si estuvieran siendo tragados por el mismo castillo. Pero Aurelian no se rindió.

—¡Nosotros podemos hacerlo!— dijo con firmeza. —Juntos, lo lograremos.

Sin embargo, en ese momento, una gran explosión de energía oscura surgió de Lyra.

— ¡Basta!

La hechicera alzó sus manos, y un sueño de oscuridad comenzó a envolver todo a su alrededor. Las sombras se levantaron y se hicieron más densas. De repente, la presencia de Lyra llenó el aire con un poder mortal, aplastando las voluntades de los jóvenes.

— ¡Te he dado todo!— gritó Lyra a su hijo Aurelian, su voz ahora llena de furia. — Este castillo me pertenece. No hay escapatoria.

Cecilia y Aurelian sentían que sus cuerpos comenzaban a caer bajo la presión de la magia.

— ¡No! ¡Esto no terminará así!— gritó Cecilia, y el vínculo con Lilith se encendió de nuevo en su corazón. — ¡Lilith necesita nuestra ayuda!

Con todas sus fuerzas, Cecilia concentró su magia y, a través de su dolor y desesperación, canalizó toda la energía de su linaje ancestral, una luz brillante que rompió la oscuridad de la prisión.




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