El primer recuerdo que tuve de él… no fue en esta vida.
Fue un susurro.
Una sensación que no pertenecía a mi cuerpo, pero que dolía como si siempre hubiera sido mía. Como si mi alma, antes de existir aquí, ya lo hubiese amado… y perdido.
Lo vi en sueños antes de conocerlo.
Siempre igual.
Siempre distante.
Siempre mirándome como si yo fuera algo que no podía tocar.
Y quizás lo era.
La tarde en que nuestros caminos se cruzaron, el cielo estaba cubierto por nubes densas, como si el mundo contuviera la respiración.
El carruaje se detuvo frente a la vieja mansión que, según decían, llevaba años deshabitada. Sin embargo, había algo en ella… algo vivo.
Lo sentí antes de verlo.
Ese mismo vacío en el pecho.
Ese mismo tirón invisible.
Bajé con cuidado, sosteniendo mi vestido para no tropezar, pero mi corazón ya no estaba en mí. Latía desordenado, inquieto… como si supiera que estaba a punto de romperse.
Otra vez.
—No deberíamos estar aquí, señorita —susurró mi acompañante.
Pero yo ya no escuchaba.
Había algo llamándome.
Siempre lo había hecho.
Caminé hacia la entrada, empujada por una fuerza que no comprendía. La puerta estaba entreabierta, como si alguien me esperara… como si siempre lo hubiera hecho.
Y entonces lo sentí.
Más cerca.
Más real.
Más peligroso.
Di un paso dentro.
Luego otro.
Y fue ahí cuando lo vi.
Estaba de espaldas, junto a una ventana alta por donde apenas se filtraba la luz. Su figura era inmóvil, pero no fría. Había algo en él… algo que dolía con solo mirarlo.
Como un recuerdo que no termina de formarse.
Como una herida que nunca cerró.
—Llegaste —dijo.
Su voz…
No era sorpresa.
No era duda.
Era certeza.
Como si ya supiera que yo vendría.
Como si siempre hubiera sido así.
No supe qué responder.
Porque en ese instante… lo recordé.
No con claridad. No con lógica.
Pero mi alma lo reconoció antes que mi mente.
El aire se volvió pesado.
Mis manos temblaron.
Y sin saber por qué… di un paso atrás.
—No… —susurré, más para mí que para él.
Porque en lo más profundo de mí, una verdad comenzó a despertar.
Una que no quería aceptar.
Él se giró lentamente.
Y cuando sus ojos encontraron los míos… el mundo dejó de existir.
No era la primera vez que lo veía.
Eso lo supe sin necesidad de entenderlo.
Había tristeza en su mirada.
Una tristeza antigua.
Cansada.
Eterna.
Como si me hubiera perdido… más veces de las que yo podía imaginar.
—Te prometí que no volvería a encontrarte —dijo en voz baja.
Cada palabra cayó como un peso sobre mi pecho.
—Pero nunca supe cómo dejar de hacerlo.
Mi respiración se quebró.
Porque sin saber por qué…
sin tener recuerdos…
sin entender nada…
Mis labios temblaron con una verdad que no era de esta vida.
—¿Por qué duele… si recién te conozco?
Él cerró los ojos por un instante.
Y cuando los abrió… ya no había distancia entre nosotros.
Solo historia.
Solo amor.
Solo algo que estaba condenado desde antes de comenzar.
—Porque esto… —susurró, acercándose apenas—
nunca empieza donde tú crees.
Y en ese momento lo entendí.
No completamente.
No con palabras.
Pero sí con el alma.
Esto… ya había pasado antes.
Y, de alguna forma cruel…
iba a volver a terminar igual.