No dormí esa noche.
¿Cómo hacerlo… después de mirarlo a los ojos?
Cada vez que los cerraba, volvía a él. A su voz. A la forma en que dijo mi llegada como si fuera una certeza escrita desde antes de mi existencia.
“Llegaste.”
Como si yo siempre lo hiciera.
Como si nunca hubiera opción.
El amanecer se coló por la ventana de mi habitación, tiñendo las paredes de un dorado tenue que no lograba calmarme. Sentía el pecho apretado, como si algo dentro de mí estuviera despertando… y no supiera cómo detenerlo.
Me llevé una mano al corazón.
Latía rápido.
Demasiado.
No era miedo.
Era reconocimiento.
No debía volver a esa casa.
Lo sabía.
Cada parte racional de mí gritaba que me alejara, que olvidara, que fingiera que aquel encuentro no había sucedido.
Pero había algo más fuerte.
Algo que no pedía permiso.
Algo que… me arrastraba.
Regresé.
El camino se me hizo más corto esta vez, como si mis pies ya lo conocieran. Como si lo hubieran recorrido antes.
Muchas veces.
La puerta seguía entreabierta.
Esperándome.
Siempre.
—Sabía que vendrías.
Su voz me encontró antes que sus ojos.
Estaba allí, en el mismo lugar, como si no se hubiera movido desde el día anterior.
Como si hubiera estado esperándome toda la vida.
—No debería estar aquí —dije, aunque ya estaba dentro.
Él sonrió apenas. No con alegría… sino con algo más triste.
Más profundo.
—Nunca deberías.
Di un paso más cerca.
No por valentía.
Sino porque no podía hacer otra cosa.
—Entonces… ¿por qué siento que si no lo hago… algo en mí se rompe?
El silencio cayó entre nosotros.
Pesado.
Verdadero.
—Porque ya se rompió —respondió él.
Sus palabras no me sorprendieron.
Me dolieron.
Como si fueran un eco de algo que ya había vivido.
Lo observé con más atención esta vez.
Sus manos. Su postura. La forma en que evitaba tocarme, aunque cada parte de su cuerpo parecía inclinarse hacia mí.
Como si luchara contra sí mismo.
—Dime quién eres —le pedí.
Mi voz no tembló.
Pero mi alma sí.
Él negó lentamente.
—Si te lo digo… no podrás olvidarme.
Una risa amarga escapó de mis labios.
—No creo que eso sea posible.
Y entonces ocurrió.
No fue un recuerdo completo.
Fue un golpe.
Una imagen.
Un instante que no pertenecía a este tiempo.
Un salón iluminado por velas.
Vestidos elegantes.
Música suave.
Y él.
Frente a mí.
Más joven… o quizás no.
Más feliz… eso sí.
—No deberíamos hacer esto —le dije… o alguien que era yo lo dijo.
—Siempre dices eso —respondió él, con una sonrisa que no le conocía en esta vida.
Sentí su mano tomar la mía.
Sentí el calor.
La cercanía.
El peligro.
Y luego—
Oscuridad.
Regresé de golpe.
Mi respiración se agitó.
El mundo volvió demasiado rápido.
Demasiado brusco.
—Lo viste… —dijo él.
No como una pregunta.
Como una confirmación.
Lo miré, temblando.
—Eso… no fue un sueño.
Él dio un paso atrás.
Como si aquello fuera lo que más temía.
—Está empezando.
—¿Qué cosa?
Sus ojos se llenaron de algo que no quise nombrar.
Dolor.
Culpa.
Miedo.
—Recordarnos.
El silencio volvió a caer.
Pero esta vez no era incómodo.
Era inevitable.
—¿Qué nos pasó? —susurré.
Porque en el fondo… ya sabía que no había sido algo simple.
No había sido un final tranquilo.
Él cerró los ojos.
Como si reunir las palabras fuera más difícil que cualquier otra cosa.
—Nos amamos —dijo finalmente.
—Eso ya lo sé.
Abrió los ojos.
Y esta vez no hubo distancia.
Solo verdad.
—Y por eso… te perdí.
El aire desapareció de mis pulmones.
No por sorpresa.
Sino porque mi alma… ya lo sabía.
—¿Siempre termina así?
No respondió de inmediato.
Y en ese silencio…
lo entendí todo.
—Aléjate de mí —dijo al fin, en voz baja.
No como una orden.
Como una súplica.
Pero ya era tarde.
Porque incluso con el miedo creciendo dentro de mí…
incluso con esa verdad rompiéndose en mi pecho…
di un paso hacia él.
—No puedo.
Y esta vez…
no intentó detenerme.