Soy pésima copiloto. Durante las cinco horas de viaje me la pasé poniendo a prueba la paciencia de mi hermano, al punto de amenazarme con mandarme para el auto del alfa si no me quedaba callada de una vez por todas.
En mi defensa, solo su pequeña cabeza hueca piensa que puedo sobrevivir cinco horas en un auto en movimiento, sin tomar agua, comer, ir al baño, o algo por el estilo. Tres chocolates en la guantera no son suficientes para dos personas.
Creo ver el cielo cuando por fin se ve el letrero de bienvenidos a “Arboleda del alba”. El pueblo no es tan grande, la mayor parte del territorio es un inmenso bosque de pinos, unas cuantas casas y negocios solo en el centro alrededor de una gran plaza, aun así, siempre hay turistas rondando el lugar en busca de aire puro, escapar de las bulliciosas ciudades.
—Por fin llegamos —suspiro de alivio.
—Cualquiera pensaría que la que ha sufrido todo el viaje fuiste tú.
—Me duele el trasero y tengo hambre.
Mira el reloj en su muñeca.
—Sí, es hora de almorzar. Por suerte para ti, avisé a papá, seguramente está esperándonos con comida.
Me mantengo mirando por la ventana sin responderle, me gusta ver la gente pasearse por las calles. Bajo el vidrio para sentir la brisa fría con olor a eucalipto y arboles de pino que me hacen sentir por fin en casa. Sonrío emocionada contagiando a mi hermano que me sigue la corriente.
La caravana se deshace cuando cruzamos en dirección al barrio donde queda nuestra casa, mientras que el resto de los carros siguen su camino. Recuerdo que tienen una reservación para almorzar, entonces llega a mi mente Adam, quien no come absolutamente nada que no sea preparado por sus propias manos ¿Cómo se supone que va a comer en un restaurante?
—¿Todos van a comer en Luigi´s? —no me atrevo a preguntar directamente por el Alpha.
—Yo voy a llevarte a casa, prefiero comer la comida de papá.
¿Y Adam? Esa era la verdadera pregunta.
No tengo tiempo de preocuparme más por el pelinegro porque por fin nos detenemos frente a la casa donde crecimos. Un solo llamado al timbre es suficiente para escuchar el grito masculino desde adentro avisando que ya viene.
—Entrega a domicilio —bromea Dan cuando abren la puerta.
—¡Mi pastelito está aquí!
De un momento a otro ya no puedo respirar, mi papá me tiene apretujada en su pecho, como si no me hubiera visto en años, cuando la realidad es que me vieron la semana pasada en mi graduación.
—Yo también estoy aquí —el castaño se siente excluido —Soy tu primogénito ¿No deberías estar feliz de verme?
—¿También quieres un abrazo?
—No gracias.
—Au…xilio —balbuceo sin aire.
—Ya, ya… la vas a matar. No exageremos con los abrazos —Dan lo separa de mí.
Papá Xavier es pelirrojo, alto y fuerte, parece en sus treinta cuando realmente tiene cincuenta y seis años —Malditas ventajas de lobos— si alguien los mira podría jurar que son hermanos y no padre e hijo. Lo mismo va para Robert, solo que él si es castaño igual que Daniel.
—¿Dónde está padre? —pregunto cuando ya estamos todos adentro de la casa.
—Ya casi viene, estaba atendiendo su última paciente cuando hablamos hace como media hora ¿Tienen hambre?
—Mucha —dramatizo.
—Uy mi bebé —vuelve a abrazarme —Te hice tu comida favorita.
—¿Nuggets y puré?
—Claro que no —ríe un poco —eso es basura, no comerás eso en mi casa. Hice lasaña, la receta de la abuela Gaia.
Mi hermano organiza la mesa, mientras que yo ayudo a papá a llevar platos al comedor. Dividirnos las tareas es algo común en esta casa, ya que sin importar el estatus social que poseemos, no tenemos ama de llaves.
El timbre retumba en la casa, seguido por un grito de papá pidiéndome ir a abrir. Por un momento se me viene a la mente que puede ser mi segundo padre, pero ese pensamiento se va a la basura cuando la lógica me dice que debería tener llaves y no llamar al timbre.
Cuando abro la puerta me quedo paralizada al ver a la chica de cabello dorado esperando fuera. Grito sin poder evitarlo y me abalanzo sobre ella, haciendo que me cargue como un koala.
—¡¡Estas aquí!! —celebro sin soltarla —Te extrañé.
Por más que nos escribiéramos a diario, extraño con locura a mi mejor amiga. Estoy segura que en otra vida fuimos hermanas, por eso la diosa luna la hizo mi cuñada, espiritualmente hablando.
—Mi Muffin —me aprieta contra ella.
Es fuerte, incluso para ser una loba. Casi me saca el aire con el apretón.
Me bajo para tomarla de la mano y guiarla dentro de la casa. Sus ojos marrones se cruzan con los de mi hermano en una mirada incomoda. Son mates, pero su relación es tensa.
—¿Bea está aquí? —papá habla desde la cocina —Dan, pon otro puesto en la mesa.
No es pregunta, ella tiene que quedarse a comer, sí o sí.
—¿Cómo supiste que llegué? Mi teléfono se descargó en el camino.
Ella mira a mi hermano un segundo.
—Yo le avisé —Dan se pone más serio cuando Beatriz está cerca, me da la impresión de que quiere que lo vea más maduro de lo que realmente es.
Es inútil, crecimos juntas, ha visto la fila de mujeres que han pasado por ese cabeza hueca. Además, su opinión hacia los hombres no creo que vaya a cambiar solo porque mi hermano finja ser decente.
—Acabo de salir del trabajo, vi el mensaje y vine corriendo —habla la rubia sentándose en su puesto del comedor.
—¿Hoy sábado?
—A la directora del colegio no le parece suficiente con tenernos cinco días a la semana, también le encantan las excursiones. La pobre no tiene amigos para ir por su cuenta, así que nos tortura.
No se lleva bien con su jefa desde que rompió su taza de café favorita.
—¿Adónde fueron esta vez?
—Al teatro. Hay una nueva obra que es bastante educativa para los niños, aunque… un poco inapropiada para su edad.
—¿Tu clase no es la de preescolar? —la miro alarmada.
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Editado: 17.08.2026