Alta Gracia

Capítulo XI

 XI


“La investigación nunca es posible mientras no se encuentre el objeto que se quiere investigar. Una vez hallado, se procede a limarlo y pulirlo hasta hacer de él una piedrecilla manejable que –¡ah, milagrosa sorpresa!– encaja perfectamente en el proverbial mosaico”.
Erich Von Däniken
Recuerdos del futuro, 1968


Al llegar a casa tenía los nervios destrozados. Las dos visitas, aquel llamado sobre el cierre, y el asesinato de Gladzco habían sido suficientes para correrme de mi eje de cordura y extraviarme en preocupantes pensamientos de amenazas ocultas, sospechas policiales e incluso algún ataque desesperado para recuperar uno de esos libros.
Mientras iba hacia la cocina a prepararme algo de cenar, vi que en la sala titilaba la luz del contestador; en un mensaje grabado, mi amigo Macedonio me informaba que el pedido de consulta en la Biblioteca Nacional ya se encontraba encaminado según lo prometido, y me brindaba la dirección del seminario donde residía el padre Di Anzio para que me diese una vuelta el día siguiente en búsqueda del milagroso pase mágico, ese que me abriría las puertas a la maravillosa colección jesuítica.
Tras comer, busqué el cuaderno de notas donde había copiado el dibujo y las claves para volver sobre el inescrutable jeroglífico cuyo significado seguía ignorando. Envidié más de una vez por lo bajo a Champollion, quien sí había sido capaz de encontrar la llave correcta de su propio acertijo.
Estuve en cama un buen rato forzando el ingenio sin resultados hasta que el cansancio indicó que ya era suficiente. Estaba agotado mentalmente, y dormí muy mal toda la noche, con sueños entrecortados y múltiples pesadillas que me desvelaron en varias oportunidades; en uno de esos despertares reconocí que no era sensato alarmarse de la manera en que lo estaba haciendo. Me dije que tras hablar con Jorge encontraríamos una solución para volver todo a la normalidad.
Como fuese, me desperté por última vez cerca de las siete, y a media mañana me encontraba ya caminando por las veredas de una larga calle del barrio de Devoto. Pasé ante la puerta de una bella iglesia anexa al seminario; no había estado antes por ahí y me detuve a observarla con detenimiento, porque la vista exterior de ese templo me pareció puramente hermosa; quizá fuesen sus paredes de piedra, los relieves decorados o la regia Madonna en lo alto, sobre la leyenda que, en el capitel, dominaba de extremo a extremo: «¡Quam Pulchra Es!».
Unos pasos más adelante me topé con el portón doble de madera del seminario y, tras registrarme en un amplio hall de ingreso, me enviaron hacia el despacho del padre Luca.
Tuve que cruzar un jardín interior lleno de arbustos y rodeado de palmeras que lo embellecían plenamente; por detrás de él se encontraban las viviendas de sacerdotes y novicios, y a un costado divisé la oficina pastoral donde ingresé preguntando por el padre.
Me recibió una secretaria de cara larga. Creí que su rostro reflejaba el fastidio de estar sentada en aquel escritorio un feriado; sin mucho trámite me solicitó que aguardase al padre hasta que este terminase de conversar con el rector. Suponiendo que la espera no sería corta tomé asiento, y me puse a contemplar las figuras que decoraban la sala. El silencio y la mística religiosa del lugar me transmitieron una paz relajante, serena, a la cual valoré más que de costumbre después de lo vivido el día anterior.
Pasado un rato, oí unas puertas laterales que iban abriéndose. «Allí viene el padre», me señaló la secretaria puntualizando con el dedo hacia el lugar por donde lo veríamos aparecer.
Me puse de pie para saludarlo en cuando entrase, y al verlo quedé desconcertado: era todo lo opuesto a lo que había imaginado; el curita tenía alrededor de unos sesenta años, y era de corta estatura –acaso llegase al metro sesenta–; tenía pelo muy blanco como nieve en los lugares donde lo conservaba, y su zona de calvicie le labraba una notoria aureola que ilustraba una imagen de santidad; sus ojos eran pequeñas pelotitas azules, muy redondas, casi tanto como su roma cabeza, y noté inmediatamente que su traje religioso no lograba disimular –aunque lo llevara sobradamente suelto– los kilogramos que su esférica barriga poseía en exceso. Unos pequeños lentes redondos –como todo en él– remataban su figura, engalanando sus mofletes inflados sobre una copiosa barba blanca de abuelito generoso.
—¡Hola! ¿Vos sos Ricardo Laffont? —preguntó de manera campechana y amistosa, con una simpática vocecita—. Tené la amabilidad nomás de pasar a mi despacho —el cual indicó con su regordete dedo índice.
Me invitó a tomar asiento frente a su escritorio, poblado de carpetas y hojas sueltas que convivían junto a diminutas imágenes bajo el vidrio de distintos santos impresos en estampitas. Detrás de él una, enorme biblioteca antigua repleta de estantes cargados con cientos de libros de todos los tamaños, indicaba que era un hombre muy culto. En la pared principal, a mis espaldas, se destacaba un amplio cuadro del fundador de la compañía, San Ignacio de Loyola, y sobre la pared lateral de la izquierda un hermoso tapiz con el símbolo de la orden coronaba la decoración.
—Un amigo que tenemos en común, Macedonio Iriarte, me comentó que estás necesitando efectuar unas ciertas consultas bibliográficas entre los tomos de la colección que tengo el honor de ser curador, ¿es así?
El padre, lejos de lo que esperaba encontrarme, era de modales sencillos, amigables y humildes. Me fue muy cómodo conversar con él.
—Así es, padre. El Pay…, Iriarte —corregí— me habló de la extensa colección de libros jesuíticos que existe en la Biblioteca Nacional; le confieso que desconocía su existencia y fue una excelente noticia que me lo contase, porque creí que tendría que viajar forzosamente hasta Córdoba.
—Me alegro por vos. Hace frio en las sierras en estos meses —se sonrió —. Seguramente habrás oído sobre la injusta expulsión de nuestra orden en la segunda mitad del siglo dieciocho… —hizo una breve pausa esperando que yo asintiese—. Todos los bienes de la compañía fueron confiscados, y muchos de ellos directamente saqueados. Pura barbarie. Nuestra biblioteca fue uno de esos botines de guerra sobre los que se arrojaron los nuevos administradores pro tempore.
—Algo de eso había leído, padre.
—Nuestra orden, afortunadamente, pudo retornar a estas tierras medio siglo más tarde, y a partir de entonces hemos estado intentando recuperar aquello que era nuestro. El Fondo Histórico que está bajo mi cargo logró reunir muchos de los volúmenes de esa época que fueron repartidos entre diversos lugares. Con trabajo y meticulosidad, estamos intentando congregar la diáspora nuevamente —enarcó las cejas con esperanza y juntó ambas manos como quien estuviese rezando—. Contamos, de forma provisoria, con una sede en la Biblioteca Nacional, que junto con la sección de Libros Raros y Valiosos conforman la Sala del Tesoro. Pienso que una visita a nuestra colección te ahorrará un viajecito a las sierras cordobesas. ¿Te gusta la peperina? Es buena para la digestión, te doy fe de eso. A esta hora siempre me tomo una tacita. ¿Querés probar una?
—Le agradezco, padre, pero ya desayuné antes de venir —me excusé para no decirle que me parecía una infusión horrible.
El curita hizo una pausa buscando algo dentro de uno de los cajones de su escritorio, y yo giré la vista hacia el retrato del fundador, observando que el lema Ad Majorem Dei gloriam estaba bordado en oro.
—¿Puedo preguntarte qué tipo de consulta necesitas realizar? —preguntó mientras colocaba unos documentos a su costado.
—Sí, padre. Soy anticuario, y un importante cliente nos encomendó que le tasásemos unos volúmenes de cierta antigüedad y valor.
—¡Qué bien! ¿Y de qué libros se trata? —quiso saber con curiosidad.
—Dos de ellos, una Biblia y un Quijote, están ya encaminados y dispongo de suficiente material para concluir mi informe, pero con respecto al tercero… está resultando un tanto más complejo de lo que pensé, y no he podido obtener tantos detalles bibliográficos o de acercamiento a la obra — le expliqué dejando un intencionado silencio antes de llegar al punto por el cual había ido a visitarlo—. Es un tratado teológico sobre el Apocalipsis de San Juan, de un autor llamado Lemerium Balzano.
El padre Di Anzio me había seguido hasta allí atentamente, con los dedotes tamborileando silenciosamente sobre el vidrio que cubría el escritorio. Al mencionar la obra pareció sorprenderse por lo que acababa de oír.
—El Apocalipsis Revelata —puntualizó, haciendo que la pronunciación en su boca tomase un tono más hermético y místico—. Año mil setecientos sesenta y algo, ¿verdad?
–Sí, efectivamente —aprobé maravillado de su memoria—. Me urge incluir referencias a su autor y a otras obras que él hubiese escrito. Es la primera vez que lo oigo mencionar, y debo asesorarme lo mejor posible.
Pensé que al tratarse de un jesuita…
—Es cierto. Pero mucho no vas a encontrar sobre él —acotó encogiéndose de hombros—. Verás, este hermano escribió únicamente esa obra, dado que murió joven.
El padre carraspeó un poco, como meditando lo que iba a contarme, y estirándose hacia delante de su asiento con los brazos cruzados continuó:
—Eran otras épocas, y la tolerancia hacia lo marginal en materia de creencias religiosas era escasa. ¿Recordás la inquisición? Balzano coqueteó con ciertas artes prohibidas y su destino fue la hoguera. Afortunadamente, los tiempos han cambiado muchísimo, para bien, y hoy nadie castigaría tales cosas de ese modo… pero estamos hablando del siglo dieciocho.
—¿Fue ejecutado? —pregunté con falsa mueca de asombro. Bustos ya me había puesto al corriente de su trágico fin.
—Sí, lamentablemente.
—¿Tuvo realmente acercamientos con la magia negra?
—En cierto modo lo tuvo con todas las magias existentes. Era una persona muy culta y curiosa, extremadamente curiosa. Sabemos que provenía de una familia acaudalada y que, por tratarse del menor de los hijos, lo enviaron a estudiar teología a Toledo, un lugar que en aquella época era, al igual que hoy, uno de los mayores centros de la religiosidad Cristiana, pero también reconocido lugar de cultos paganos. No deja de ser curioso que una ciudad tan intensamente creyente haya podido ser reconocida como baluarte de la magia y la hechicería —reflexionó antes de concluir con un gesto de desaprobación.
—Era muy común en aquella época decidir el destino de los hijos — acoté.
—Especialmente en las familias adineradas. Cada padre decidía el rol que cumplirían sus hijos en el futuro. El hermano mayor de Balzano quedó a cargo de los negocios familiares, y el del medio llegó a capitán durante la guerra de los siete años contra los británicos.
—Y de él se decidió que fuese sacerdote, ¿verdad? —apunté.
—Exactamente. Lemerium realizó los estudios contra su voluntad. En los seminarios estaban acostumbrados a recibir jóvenes rebeldes como él, y los catedráticos confiaron en poder encarrilarlo con las rígidas normas de la Orden de San Jerónimo. Eso es cuanto sabemos de la adolescencia de Balzano, debido a las fojas de su proceso judicial. Ahí está todo el resumen de su vida.
—Pero él era jesuita… —me sorprendí—. ¿Qué tiene que ver la Orden de San Jerónimo, entonces?
—Él ingresó a nuestra compañía por propia decisión ya siendo sacerdote. ¿Sabés por qué? —preguntó retándome a que lo adivinase.
Ante mi silencio señaló sonriente hacia la enorme biblioteca que detrás de sí coronaba la pared.
—Por esta razón: libros y conocimientos. No es por presumir, pero seguramente sabés que nuestra compañía siempre contó con una mente más abierta hacia lo científico, lo humanista, sin considerar que nada de eso chocase o fuese en contra de lo que dicta nuestra fe.
Su secretaria entró al despacho trayéndole la taza con el té de peperina.
—Muchos inventos fueron perfeccionados por hermanos de nuestra orden —me informó tras saborear un sorbo de su infusión humeante—. Te sorprendería saber que el desarrollo de los relojes de péndulo, los pantógrafos o el barómetro fueron gracias a ellos, al igual que muchos descubrimientos astronómicos, como los anillos de Saturno. Era todo cuanto una mente inquieta como la suya necesitaba. Por eso decidió formar parte de nuestra congregación.
—¿Y luego qué ocurrió? —Me entusiasmé—. En caso que haya sucedido algo.
—Se nos cuenta que el joven sacerdote fue reprendido varias veces por sus lecturas a escondidas de libros de temáticas licenciosas, lo que podía significar casi cualquier cosa en esa época, ya que a los escritos de Galileo se los consideraba dentro de ese grupo, para darte una idea. Sin embargo, puedo arriesgar que se trataba de obras paganas, relacionadas con el ocultismo. Una herencia de su paso por Toledo, seguramente.
—Debió de ser uno de los pocos religiosos en ser ejecutados por un tribunal de la inquisición —arriesgué.
—En llegar a la pena máxima, sí; pero en cuanto a ser censurado por sus lecturas no fue el único; el clérigo Jerónimo de Sonsoles también fue acusado de consultar tratados de hechicería e invocar a los demonios a altas horas de la noche —recordó como si se tratase de algo cercano y lamentable.
—¿Fueron muchos los que terminaron igual que él en la hoguera?
—No; las aberraciones de la pena máxima existieron, pero no en la cantidad que la imaginación popular supone hasta el día de hoy. El mito por el que todos terminaban en la hoguera fue creado por una exageración política de Guillermo de Orange. La mayoría de las condenas fueron de tipo pecuniarias, de trabajos forzados en las galeras de los buques, o con encierros en prisión. La pena de muerte se reservó para casos gravísimos contra la fe. Balzano, como te dije, era un monje prometedor, de gran cultura y amplísimos conocimientos, pero en algún momento tuvo un acercamiento peligroso a las obras prohibidas de Hermes Trimegisto, Cornelius Agrippa, Albertus Lucius, y a lecturas del Picatrix y del Grand Grimoire. Todo aquel conocimiento nocivo se transformó en su ruina — sentenció, moviendo la cabeza lamentándose por él—. No renegó de sus lecturas durante el proceso, y fue quemado hacia principios del mil setecientos ochenta y uno.
El padre había acabado con los recuerdos biográficos dejándome más información que el licenciado Bustos.
—¿Cuántos ejemplares del Revelata cree que existen hoy en día?
—Hasta hoy, antes de reunirme con vos, creía que solamente uno, que pertenece a nuestra colección —respondió realmente sorprendido—. Todas las ediciones terminaron en la hoguera junto a su autor, pero ¿quién puede afirmar que se hubiesen quemado todas realmente? En todos esos casos eran los mismos poseedores quienes las entregaban al Tribunal para quedar eximidos de cualquier condena. Está visto que algún lector prefirió, hace más de doscientos años, conservar la suya y así llegó hasta las manos de tu cliente. Toda una rareza… —¿La ha leído usted?
—No he tenido oportunidad, tomando en cuenta que ingresó a nuestro fondo hace solo tres meses. De todos modos tengo entendido que se trata de una obra mediocre. Si la llegás a leer espero que después me des tu punto de vista —bromeó antes de dar otro sorbo a su taza.
—En realidad le he dado una pequeña hojeada, y me llamaron la atención las citas a esos autores que usted mencionó antes —le comenté con la esperanza de sacar algo brillante del barro.
Sin embargo, el padre Luca quedó pensativo, con la mirada perdida en algún punto detrás de mí, para finalmente preguntarme cuándo planeaba hacer mi visita de consulta.
—De ser posible, hoy no sería mala idea… si es que la biblioteca no está cerrada por ser feriado. —El tiempo me apremiaba y debía averiguar algo cuanto antes.
—La biblioteca está funcionando con total normalidad. El saber nunca se detiene —respondió alegremente.
El padre llamó a su secretaria y le solicitó que emitiese una acreditación sellada con fecha del día a mi nombre.
—Iriarte me ha hablado muy, pero muy bien de vos —dijo haciéndome sonrojar—. Me comentó que te conoce desde hace mucho, así que voy a darte una acreditación especial para que realices tu trabajo. Nuestro Fondo Histórico otorga prioridad únicamente a especialistas o investigadores acreditados, por lo que tu tiempo deberá ser acotado. ¿Creés que cuatro horas te serán suficientes?
Le respondí afirmativamente, sin dejar de agradecerle la oportunidad que me ofrecía.
—¿Sabés, Ricardo? —comentó pensativo—, tenía y daba por seguro que quedaba únicamente un ejemplar de esta obra, el que tenemos en nuestro Fondo Histórico; ¿te contó tu cliente cómo llegó el libro a sus manos?
—Solo nos aclaró que estaba en poder de su familia desde hacía varias generaciones. Yo jamás había oído mencionar nada del libro ni de su autor —le respondí con sinceridad.
El sacerdote meditó unos instantes en silencio.
—¿Y has logrado algún avance hasta el momento?
—Algo conseguí a través de un amigo que es asesor de la biblioteca donde está la colección que tiene usted a su cargo, padre.
—Si es un colaborador de la institución, de seguro debo de conocerlo. ¿Cómo se apellida?
—Bustos, licenciado Bustos.
—¿Bustos? ¡Sí, claro que lo conozco! ¿Decís que es amigo tuyo? — preguntó suavemente, con extrañeza en la mirada.
—En realidad era amigo de mi padre. Volví a tener contacto con él luego de mucho tiempo, en razón de este encargo —le respondí mientras llamaban a la puerta.
Su secretaria ingresó portando la bendita autorización que tanto esperaba.
—Bien, Ricardo, espero que puedas hacer un uso provechoso de la colección del Fondo Histórico de nuestra orden. Con esta acreditación que te estoy firmando, ahora mismo estás autorizado a consultar en la hemeroteca los volúmenes que desees, por un plazo máximo de cuatro horas. La señorita Irene Bodart está avisada de tu visita, y ella te ayudará en lo todo lo que necesites —añadió mientras ambos nos poníamos de pie, terminando aquella sencilla y amena reunión—. Ha sido un verdadero gusto conocerte ¡y el poder ayudarte!
Le agradecí sinceramente y partí con prisa hacia la siguiente parada.
Ya no tenía necesidad de un “Ábrete sésamo”; con aquel pequeño trozo de papel signado por las manos regordetas del sacerdote era más que suficiente.
 




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