Alucinación

5

Hoy tuve que llegar más temprano de lo normal al insti para ir a la biblioteca a buscar unos libros para unos trabajos que me han dejado.

Hace unos días acepté unirme a la banda de los chicos, qué más da, y además puedo conseguir un poco de dinero. No es que esté necesitada, mi familia tiene para repartir, pero a mí no me gusta depender de mis padres; si incluso cuando vivía con ellos yo tocaba en ese club para conseguir mi propio dinero.

Me dijeron que había que tocar los lunes y miércoles, los martes y los jueves tocaba el grupo de Eric, y los viernes eran compartidos. Quedamos en ensayar todos los días y en el local donde ensayaremos también lo teníamos que compartir con el grupo de los creídos, espero encontrármelos muy poco.

Salgo de la biblioteca y me encuentro con los hermanos Norton y vamos juntos a clases; bufo al tener que sentarme con el pelicastaño, quien me mira como si me quisiera tirar por la ventana, pero termino pasándolo por alto al devolverle la mirada con la misma “simpatía”.

Terminamos la clase y Ailin me habla sobre el ensayo y de los trabajos que me tienen hecha un lío.

Entramos al receso y me voy a sentar en uno de los bancos que quedan en las afueras del instituto, pero esto se desvanece cuando me cruzo con la mirada retadora de Eric y lo siguiente que veo son las llantas de mi coche arruinadas. “Esto es la guerra”. Voy a matar a ese estúpido y exactamente lo confirmo cuando veo a mi bebé.

Estoy realmente eufórica, se pasó de la raya y ha acabado con mi poca paciencia. Si lo que quería era buscarme, me encontró. Me fijo que no hay nadie y hago lo siguiente que se me ocurre y de lo que sé que me voy a arrepentir.

Me encuentro con una piedra de un tamaño considerable y se la tiro a su auto, en el cual ya me había fijado, ya que su dueño se ha encargado de exhibirlo. Ahí tiene su exhibición.

Me adentro casi corriendo a la escuela con el corazón a mil, pero me voy tranquilizando antes de llegar a la cafetería o, si no, todos se van a dar cuenta.

Y cuando llego, ahí está su mirada, que esta vez se torna burlona, y yo se la devuelvo; se pudiera decir que hasta exagerando un poco por su reacción. Este parece que se da cuenta al salir hecho una furia… y se va a poner peor cuando vea que le he roto los cristales a su auto. Me río en mi interior.

Me encuentro con la mirada de confusión de los hermanos Norton y decido sentarme con ellos.

—¿Dónde has estado? —me pregunta Ailin con una ceja levantada, y Eduard me mira con curiosidad, a lo que yo decido responderles.

—Me hace falta un favor de ustedes, ¿saben de alguien que arregle coches, llantas o lo que sea? —les digo quitándole importancia.

Quedamos en que cuando saliéramos de la escuela me iban a acompañar y yo no les di explicaciones. Si ellos supieran…

Voy caminando por los pasillos en camino a una clase y veo que Eric viene directo hacia mí, ya era hora.

—Tú vienes conmigo —me da tirones del brazo haciéndome presión, a lo que yo hago fuerza para zafarme.

—A mí no me tocas, idiota —le digo de la manera más cruda que tengo, y pronto nuevamente somos el centro de atención de media escuela, nosotros en una guerra de miradas a ver quién cede primero, pero esto es cortado cuando nos interrumpe la directora aclarándose la garganta.

“Mierda”, y nosotros nos miramos con desprecio.

—Señorita Carnspenter y señor Ponce, síganme —nos lo dice en el tono más seco que puede.

Entramos a su oficina y nos sentamos en unas sillas que quedan al frente del escritorio.

—Señorita Carnspenter, no pensé esto de usted, menos mal que no me iba a dar problemas —dice en un tono sarcástico.

—Y usted, Eric, no es la primera vez; si quiere, pudiera tomar la molestia de escribirle su nombre al asiento.

—Es una buena sugerencia —le dice en tono de burla.

—Bien, ¿no tienen nada que decir? —nos quedamos mudos los dos mirándonos de reojo a ver quién delata primero, pero esto nunca pasa.

—Parece que no —se responde ella misma—. Entonces los va a esperar un profesor para que tengan sus castigos. No pienso que sea necesario llamar a sus familiares. Esto es una advertencia; a la próxima se van a atener a las consecuencias. Pueden retirarse y que no se repita.

Salgo de ahí hecha un detonante, sin ni siquiera mirar al de los ojos verdes.

Pido permiso a la señora Steyls, la que imparte Matemática; ella no me dice nada y asiente para que pase. Me voy a mi puesto y luego entra Eric, por lo que todos hacen una burla y Eduard me mira con cara de intriga. Él se sienta a mi lado sin ni siquiera mirarme, lo cual me alegra.

Salimos del último turno y les cuento a los chicos lo sucedido y les agradezco porque me van a llevar el auto a que lo reparen, teniendo en cuenta que no voy a poder ir por el castigo, y luego me van a pasar a recoger para el ensayo.

Llego donde nos dijo la directora Teresa y veo a Eric conversando con un hombre que parece ser el encargado de darnos el castigo.

—Buenas, me pueden decir Max. Soy el encargado de analizar y hacerlos razonar sobre este tipo de problemas.

—Un gusto, señorita, y usted y yo ya nos conocemos de sobra, ¿verdad? —dice refiriéndose al de al lado con un tono de desagrado. Vaya, parece que este es famoso por aquí.

Nos deja encargados de que limpiemos nuestra aula y otras más de la planta, y nosotros dos quedamos en repartirnoslas.

Ya he terminado y estoy exhausta. Voy caminando por los pasillos y veo una pequeña escalera, la cual parece que da para el ático de la escuela, ya que es la última planta.

Me gana la curiosidad y subo para encontrarme con una hermosa vista y con un diminuto local.

Entro y hay una guitarra y un piano, el cual me tienta a que lo toque. Paso la mano por su superficie y me doy cuenta de que está bien cuidado; al parecer yo no soy la primera en estar aquí. Me siento y empiezo a tocar todas las melodías que me pueden venir a la mente y por unos minutos me pierdo en mi mundo, hasta que siento unos pasos.



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En el texto hay: odioamor, bandas, romance

Editado: 27.06.2025

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