Eric
Y aquí estamos nuevamente. Voy hacia casa de Melis junto a Ashly. Esta vez fue a ella a quien llamó, y yo no puedo ni refunfuñar por el trato que hice con su prima. Como es de costumbre, hay un silencio demasiado incómodo, por lo que me atrevo a romperlo.
—¿Dónde dejaste la moto? —mantengo los ojos en la carretera.
—Hoy no la traje, los chicos me trajeron.
Sorprendentemente, no hay tonos burlones ni sarcasmo malintencionado. Es la primera vez. ¿Te ocurre algo?
—Estoy cansada, hoy ha sido un día largo. Además, en unas semanas llegan los de la academia Black y no es que esté muy de acuerdo en recibirlos.
Es la primera conversación civilizada que tenemos.
—Primera vez que estamos de acuerdo en algo. Hasta ahora, todos los que hemos recibido de esa escuela han sido unos payasos.
Llegamos al edificio donde se encuentra su departamento y subimos por el ascensor.
—Hola, chicos —dice Melis, mirándonos a ambos como si estuviera realizando un descubrimiento—. ¿Cómo les fue en la escuela? ¿Hoy no tienen que ir al club?
Esta vez Ashly no se va a su cuarto, sino que se deja caer en el sofá como si se estuviera muriendo.
—Hoy el club no va a abrir porque lo rentaron para una fiesta —concluye Ashly con alivio.
—Chicos, ¿por qué en vez de dos grupos no hacen uno nada más?
Si ella supiera…
—Mejor déjanos así —Ashly me lanza una mirada como si supiera el porqué. ¿Le habrán contado?
—Pero ¿por qué, chicos? Si son pocos…
—Tiene razón, déjanos así —intervengo.
De momento empieza a caer una lluvia torrencial, de esas que uno no ve venir.
—Chicos, ya casi está la cena —nos miramos la castaña y yo, confundidos—. Y ni pienses que te vas a ir hasta que pare de llover.
¿Acaso cree que es mi madre?
Veo a Ashly dirigirse a su habitación y, al segundo, se oyen los acordes de la guitarra. Pasan diez minutos y estos paran. Yo sigo aquí sentado sin hacer nada, mientras observo a Melis preparar la cena. La lluvia se ha intensificado.
Sale Ashly del baño con el pelo mojado, pantalones de algodón y una blusa notablemente ancha. Veo a Melis poner la mesa y me hace una señal para que me siente.
Me siento justo al lado de Ashly, por la estricta razón de que la mesa es pequeña.
—Y entonces, chicos, ¿cómo les fue en la escuela? ¿Hoy no se pelearon? —dice divertida.
—Hoy no, pero ayer… —le doy un codazo, lo que hace que me mire mal. Al ver que Melis no dice nada, prosigue—. ¿Sabes? Eric tiene dependencia emocional de una guitarra. Gracias a eso tuvimos que hacer una competencia en la que yo gané y la profesora dijo que había sido un “empate” y…
—Qué mentirosa que eres.
—¿Me estás diciendo mentirosa? —Melis parece divertirse con el show.
—Lo que oíste.
Esto no me lo esperaba. Me echa la mitad del vaso de agua que le quedaba encima y me pongo verdaderamente molesto. Ahora sí se le safó el último tornillo que le quedaba.
—¡Ashly! —la regaña Melis, acercándose a mí para ver el desastre que ha causado.
—¡Uy! Lo siento, se me cayó —dice, obviamente con ironía.
—Lo siento, Eric —se disculpa por ella—. Ve a bañarte y quítate esa ropa. Ve con Ashly a su cuarto, que ella, como disculpa, te va a prestar una de las suyas.
La insoportable aguanta la risa, pero esto cambia cuando Melis añade:
—Hoy te quedarás aquí porque está lloviendo muy fuerte y tú acabas de salir de una gripe.
—No es necesario, porque…
—Eric —me advierte—, recuerda nuestro trato.
Sigo a Ashly a su cuarto, el cual es totalmente acogedor. Tiene un pequeño balcón con un piano y la guitarra sobre la cama. La veo revisar su armario y saca ropa rosada. La miro con indignación.
—¿Qué? No tengo nada más que te sirva —dice soltando una risilla.
Bufo y me voy hacia la habitación de invitados.
(...)
Es medianoche y estoy sentado en la sala viendo una película que ya está llegando a su final. Realmente ni caso le estoy haciendo. La ropa que me ha prestado Ashly, aunque es ridícula, es cómoda… y tiene su olor.
Siento un ruido en la cocina y Ashly se queda paralizada, como un niño al que atraparon haciendo travesuras.
—¿Qué haces aquí? ¿No puedes dormir?
Se acerca con el vaso de agua, se sienta y me mira como si estuviera buscando respuestas en mis ojos.
—Lo sabes, ¿verdad?
Las palabras se escapan de mi boca. Pensé que iba a negar, pero asiente.
—Me enteré después de nuestra discusión. Lo siento.
—No tienes por qué sentir nada. Yo fui el culpable.
—Por favor, no digas eso. Tú no querías que pasara, solo… son cosas que pasan.
—Claro que no quería, pero pasó y jodidamente fue mi maldita culpa —digo, revolviéndome el cabello, ya que hablar del tema me provoca dolor de cabeza.
—Ya, ¿sí? Cálmate —pone su mano encima de la mía para tranquilizarme, y lo logra.
Me resulta extraño que me comprenda. Lo único que han hecho las personas es culparme, pero con ella… todo es distinto.