~I~
Año 1993 D.N.S.L
Eran las 2:47 de la madrugada.
Las calles de Aluna dormían. La lluvia, persistente y fría, había ahuyentado incluso a los noctámbulos más terco, pero en la terraza del edificio Tarín —el coloso de cristal que coronaba el centro—, un joven esperaba con sosiego.
Khai permanecía de pie, inmóvil, con las manos hundidas en los bolsillos, contemplando el abismo de concreto que se abría a sus pies. La lluvia descendía sin prisa por su frente, se deslizaba por su oscura cabellera y empapaba la tela negra de su camisa hasta adherirla a su piel.
El agua golpeaba sus hombros con una constancia casi hipnótica, un pulso ajeno que marcaba el paso del tiempo. Khai lo sabía. Registraba el peso de cada gota, el frío del viento, la humedad que debería calarle los huesos. Pero nada de eso lo atravesaba realmente.
Eran datos, no sensaciones. Hechos acumulándose en un vacío que no reaccionaba, que no respondía.
Para él, la lluvia era sólo estática en un mundo de sombras.
Junto a él, un pequeño zorro de tres colas permanecía en un silencio etéreo, con los ojos entrecerrados y el hocico orientado hacia el sur.
Agitó el pelaje y las gotas salieron despedidas como pequeñas chispas de luz.
—Creo que ya encontré uno —murmuró el guardián.
Senko alzó el hocico, olfateando el aire con una urgencia que desgarró la quietud de la azotea.
Khai ladeó la cabeza, observando las luces tenues en el horizonte. Su voz salió plana, carente de cualquier matiz de emoción:
—Es diferente.
Senko asintió, agachándose para concentrarse. Sus sentidos, más antiguos y agudos que cualquier percepción humana, diseccionaba los hilos invisibles que flotaban sobre la ciudad.
—Es dulce... —susurró el zorro, y por un momento, su voz pareció quebrarse de nostalgia—. Suave como miel caliente.
—¿Por qué no lo habíamos sentido antes? —preguntó Khai. Sus ojos oscuros no parpadeaban ante el viento.
—No lo sé... Es diferente. Parece el eco de otra época.
—¿Dónde está?
Senko abrió los ojos. Su mirada ámbar brilló con una intensidad sobrenatural en mitad de la penumbra.
—Este deseo es puro, Khai. Tan puro que duele. Hace siglos que no rastreaba algo así.
En ese preciso instante, algo ocurrió. Una punzada atravesó el pecho de Khai.
No fue un dolor humano, ni un músculo contraído. Fue una vibración, un estruendo silencioso que resonó en el lugar donde debería estar su alma. Era como si alguien hubiera arrojado una piedra en un pozo profundo y, por primera vez, el fondo hubiera devuelto un sonido.
A lo lejos, enterrada bajo el gris de la ciudad y el humo de los autos, una chispa comenzó a ascender. No era una luz física; era un aura dorada que cortaba la neblina como un cuchillo de luz. Provenía de un punto exacto, una ventana solitaria en un vecindario que Khai ya conocía, pero esa luz era nueva.
—Ya lo ubique —dijo Senko, con las tres colas agitándose nerviosas—. ¡Vamos!
—Espera —respondió Khai.
Sus pies seguían anclados al borde del edificio, pero su mirada estaba atrapada en ese rastro dorado. ¿Dudaba? No sabía lo que era la duda, pero sabía que algo se agitaba. Y ese deseo, esa luz que emanaba de alguien ¿De quién podría ser? Y ¿Porque perturbaba su vacío?
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Editado: 25.02.2026