~II~
12 horas antes
En la Biblioteca Nacional de Aluna, Ariela recorría los pasillos. La madera crujía suavemente bajo sus pies y el olor a papel antiguo le daba alergia; aun así, le gustaba mucho el diseño clásico que el edificio aún conservaba pese a tantas remodelaciones. Se sentía inspirada para crear sus nuevas ilustraciones.
Al pasar por el área de Historia y Mitología, se encontró con un hombre; un anciano que parecía llenar de luz el salón. Estaba reunido con unos cuantos niños. Sentado frente a ellos, comenzó a leer un libro que se veía muy antiguo. Ariela observó con fijeza la portada: una tapa de cuero con letras doradas que rezaban: "Mitología de Aluna".
El hombre no comenzó la lectura sin antes advertir a los niños:
—Esta historia podrá ser un mito para muchos —levantó la mirada hacia Ariela, como invitándola a escuchar—, pero en ella reside la realidad de su mundo.
Ariela quedó atónita. La mirada dorada de aquel anciano la obligó a quedarse.
—Esta historia la creen pocos, y en ellos habita la luz de la vida —comenzó el anciano—. En el inicio del todo, antes del tiempo mismo, el sol dejó caer una gota de luz sobre la tierra y de aquella gota nacieron los humanos. Donde la gota de luz tocó el suelo, nació un árbol dorado rodeado por un río de agua cristalina.
—¿El árbol de los deseos era dorado? —interrumpió un niño.
El anciano sonrió:
—Así es. Ya la historia nos lo contará todo.
El anciano continuó. Ariela, pese a su incredulidad, seguía allí, escuchando.
—Algunos humanos se marcharon para explorar la creación; otros se quedaron y crearon la Ciudad de la Luz: Aluna. Los primeros siglos de Aluna fueron mágicos: por la noche, la luna recibía los deseos de los humanos.
—¿Cómo los recibía? —preguntó una niña.
—Mediante los sueños —respondió otro pequeño.
Ariela sonrió; los niños parecían adorar la historia.
—Así es, pequeño, tienes toda la razón —dijo el anciano—. En la noche, los sueños alimentaban al árbol dorado y, cuando la luna estaba justo encima de la copa, tomaba los deseos y los entregaba al sol. Pero una noche la luna no llegó. Su ausencia trajo consigo una presencia: un hombre, una sombra.
La mirada de los niños se cargó de temor.
—Esta presencia llenó de miedo a los habitantes de Aluna. Los sueños se convirtieron en pesadillas y muchos deseos perdieron su pureza. El sol, angustiado por su creación, llamó a la luna en un día de claridad y, con su unión, se creó el primer eclipse solar, encerrando a aquella sombra y dejándola en un sueño profundo.
El anciano volvió a mirar a Ariela; esta vez, le hizo sentir un escalofrío.
—De aquel eclipse nacieron dos gemelos solares: Sua, hijo del sol, y Selira, hija de la luna. Ambos fueron escogidos para proteger el gran telar creado por el eclipse, aquel que unía las almas humanas con el astro rey. Sua viajaba como el viento, el agua y la luz, recolectando los sueños para llevarlos al árbol. Selira tomaba las luces que enviaba su hermano, convirtiéndolas en hilos de plata que conectaban con la luna.
»Pero los poderes de los gemelos no podían reparar un daño que ya estaba hecho. Aunque muchos deseos eran puros, algunos comenzaban a pudrirse por dentro. Las cicatrices que dejó aquella sombra eran profundas. Los hombres se volvieron avariciosos, deseaban más de lo que debían obtener y la luz se fue apagando; los deseos ya no iluminaban como antes. El árbol dorado se opacó, parecía agonizar, y los hilos del telar perdieron su brillo. Las almas se oscurecieron.
—¡No! —exclamó asustado un niño.
El anciano, con una mirada dulce, lo tranquilizó y continuó:
—Sua, al ver que los deseos se estaban perdiendo, decidió descender a la tierra. Pese a las advertencias de su hermana, renunció a sus poderes y encarnó como humano. Ella, aunque no estaba de acuerdo, respetó su decisión y le entregó a su guardián como acompañante. Una noche, un rayo cayó sobre el árbol dorado, iluminando toda Aluna. La noche se hizo día y llegó el Hombre Solar junto a su fiel guardián de tres colas.
El anciano cerró el libro de golpe, levantando una nubecilla de polvo dorado. Los niños se levantaron y salieron poco a poco con su maestra, agradeciendo la lectura.
Ariela parpadeó como si hubiera estado en trance. Tomó su cuaderno de bocetos pero, antes de que pudiera salir, el anciano suspiró, caminó hacia ella y, mirándola fijamente al entrecejo, le dijo:
—Cuida esa luz, es muy especial.
Sonrió y se fue sin decir más.
Ariela quedó extrañada. Más que por sus palabras, por la mirada dorada del hombre, que era inusual, y por su presencia, que irradiaba una calidez profunda. Al llegar a casa, se sentó en su escritorio y trabajó por horas. Se sentía inspirada, las ideas rodeaban su mente hasta que se dejó vencer por el sueño. Su cabeza cayó sobre el grafito marcado en una hoja.
De pronto, una luz comenzó a encenderse en su frente como un faro, llamando a algo que no debía despertar.
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Editado: 25.02.2026