~III~
El deseo los guio entre la grisácea oscuridad de la noche.
Khai avanzó entre las sombras de los tejados con una eficiencia letal; cada paso era silencioso, cada movimiento, un cálculo preciso de su vacío. Senko lo seguía a pocos metros, su cuerpo blanco era apenas una pincelada borrosa contra la oscura llovizna.
Al llegar al balcón, Khai se detuvo en seco. Un soplo de aire cálido escapaba por la ventana entreabierta, chocando contra su piel fría. Empujó el cristal con cuidado; el leve crujido fue devorado por el murmullo de la ciudad.
Al entrar, la calidez de la habitación lo golpeó de frente. Su rostro, siempre inexpresivo, se contrajo en una mueca de sutil confusión. El calor no era solo temperatura; era una presencia.
Levantó la mirada y la vio.
No estaba en la cama. Estaba allí, vencida por el cansancio sobre una mesa sepultada bajo papeles y lápices. Tenía el rostro de porcelana manchado de grafito y el cabello negro cayendo sobre la madera como olas de obsidiana. Pero lo que detuvo el corazón muerto de Khai fue su entrecejo.
Allí ardía una luz. Viva. Profunda. Una pequeña aurora encapsulada en la piel.
-Un pequeño sol -pensó Khai, y la palabra le supo a un idioma olvidado.
Senko se tensó detrás de él; sus tres colas se elevaron como llamas blancas en busca de una señal. Khai alzó la mano, movido por la costumbre, por el instinto de cazador que nunca había dudado. Acercó sus dedos largos y pálidos a la luz, dispuesto a reclamar para él.
En ese instante, una imagen cruzó su mente como un rayo: una sombra veloz, una sensación de caída, algo que no logró descifrar. Pero que no lo detuvo.
La esfera dorada emergió entre sus dedos. Vibraba, palpitaba, iluminando sus ojos apagados con un resplandor que casi le quemaba las pupilas. Pero entonces, ocurrió lo imposible.
La esfera tembló. Vibró con un latido propio, rebelde. Y antes de que Khai pudiera cerrarla en su puño, la luz lo rechazó.
Como si tuviera voluntad propia, el destello se deshizo y regresó a la chica, hundiéndose de nuevo en su piel con un suspiro de oro. Khai retrocedió con brusquedad, golpeando el borde de la mesa. Su respiración, siempre pausada, se volvió irregular. En sus ojos -siempre huecos- centelleó una chispa fugaz de algo parecido al miedo.
-¿Qué fue eso? -susurró con la voz rota.
Senko estaba erguido, con las orejas en alerta máxima. Sus ojos ámbar no se apartaban de la joven. Había algo en aquella luz que le resultaba dolorosamente familiar, un eco lejano que gritaba un nombre que había deseado olvidar.
De pronto, un sonido metálico cortó el silencio: una caja de lápices cayó al suelo, delatando su presencia. La chica se movió. Su respiración cambió de ritmo, y entonces... abrió los ojos.
Eran azules. Azules como el cielo al mediodía, un cielo que Aluna no había visto en milenios.
Khai se lanzó hacia atrás, fundiéndose con la oscuridad. Senko, en un segundo eterno, fijó su mirada en ese azul imposible y saltó tras él. En un parpadeo, ambos desaparecieron entre los tejados, envueltos por la lluvia.
Desde una torre metálica y llena de cables, observaban. La chica se asomó a la ventana, todavía envuelta en el velo del sueño, tocándose el entrecejo con las yemas de los dedos, como si algo se hundiera allí.
Khai apretó el puño, sintiendo el vacío de su mano donde debería estar la esfera.
-¿Por qué no pude tomarlo? -preguntó, y por primera vez, su voz exigía una respuesta emocional.
A su lado, Senko se levantó en su forma humana, con el rostro ensombrecido por un remordimiento que parecía quemarle la piel. El viento arrastró nuevamente el aroma de aquella luz que no podía ser un deseo común.
-Esa luz... no es como las demás -respondió Senko con voz baja, casi un rezo-. Es el cielo brillante.
Khai lo miró, sin comprender la grieta que se acababa de abrir en su realidad.
Senko cerró los ojos, viendo de nuevo aquel azul de mediodía tras sus párpados, y pronunció el nombre que traería consigo el despertar de un recuerdo prohibido:
-Súa -susurró.
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Editado: 25.02.2026