~IV~
Senko cerró los ojos y, por un instante, el frío de la Aluna moderna desapareció.
Despertó en un recuerdo donde el alba parecía nacer antes del tiempo. La luz se derramaba sobre los caminos como un hilo viviente, tejiendo su claridad entre los tejados de arcilla y el sopor del polvo. Aquel día, Senko caminaba a la sombra de quien llamaron el Peregrino Claro.
Suá había franqueado los límites de la urbe con una calma divina; cada paso suyo hacía estremecer a las sombras, obligándolas a retroceder. Su apariencia desconcertaba incluso a quienes creían haberlo visto todo: tenía la piel dorada como el primer trigo del verano, el cabello caía como una cascada de luz sobre sus hombros, y sus ojos... sus ojos eran tan profundamente azules como el cielo despejado al mediodía.
A su lado avanzaba Senko. En aquel entonces, el zorro era una criatura engendrada en el umbral que separa los mundos, un guardián creado por Selira para vigilar el recorrido de los deseos hacia el árbol. Su pelaje, de un blanco impoluto con reflejos de oro, parecía una nube iluminada por el sol. Ambos conocían bien la ciudad, pero nunca habían interactuado con los aldeanos. Solo los sentían mediante la brisa, el agua y sus luces.
Ahora caminaban entre ellos, Suá como humano, aunque pasó necesidad no buscó hogar ni bienes materiales. Dormía donde la noche le tendía su manto y, al alba, ofrecía sus manos a quien las necesitara. Senko lo observaba, fascinado y confuso, mientras el hijo del Sol levantaba techos de barro, preparaba comida torpe y honesta, o cargaba leña para los ancianos cuyos cuerpos ya no obedecían.
Pero cada uno de esos gestos ocultaba una intención mayor: Suá intentaba devolver el fulgor a un mundo que se había acostumbrado a la penumbra. Ese era el propósito que lo había traído desde el Reino Eterno, donde la luz nunca se extingue.
En su andar, llegaron a una aldea gobernada por Balam Draskaal, un comandante Drah'mek cuya voz cortaba como el pedernal y cuyos ojos, curtidos por el juicio, desconfiaban de todo lo que no pudiera someter. Los habitantes observaban al Peregrino con un respeto temeroso; sabían, sin entender la razón, que aquella esencia no pertenecía a ese mundo.
Fue entonces cuando una casa lo llamó. O, mejor dicho, el espíritu que habitaba en ella.
Un pequeño árbol, encerrado entre las columnas de la casa, aún era joven; apenas se distinguía su copa. Al entrar, bajo la sombra de aquel árbol que luchaba por crecer en el patio, encontró a una joven que, sin saberlo, cambiaría su rumbo.
Estaba inclinada sobre el fuego, moliendo granos con una fuerza paciente. El vapor la rodeaba como un manto místico; su piel, del color de la tierra húmeda, brillaba bajo la luz del hogar, y su cabello trenzado descendía por su espalda como una promesa.
Al levantar el rostro, los ojos de la joven revelaron un fulgor tranquilo que, al mirarlo, lo atrapó como una abeja en la miel. Su deseo era tan puro que no buscaba poseer: era la vida misma.
—¿Necesita algo, señor? —preguntó ella.
Suá parpadeó, saliendo de la hipnosis.
—Disculpe, entré para ver—
Ella lo interrumpió ofreciéndole un cuenco de cerámica con agua fresca. Él lo aceptó, aunque no bebió de inmediato.
—Nadie que conozca esta casa entraría sin autorización —advirtió la joven—. Así que, por su apariencia y por la inocencia de querer entrar a donde no lo invitaron, supongo que es viajero.
—En realidad, sí me invitaron a pasar —objetó Suá.
—¿Quién podría invitarlo a seguir, siendo yo la encargada del lugar? —preguntó la joven.
Aunque la voz del dios era potente, la tranquilidad de ella lo mantenía cautivado.
—Mis más sinceras disculpas, pero aunque no lo crea, ese pequeño árbol nos llamó hasta aquí —respondió Suá con serenidad.
—Así que siente el alma de aquel árbol... Supongo que quien lo llamó tiene una razón —sonrió, mirando al árbol—. Bien, tenemos un lugar para los invitados. Al llegar mi padre, le contaré de su llegada.
—Gracias...
—Malén. Mi nombre es Malén Draskaal.
—Es un placer, señora Draskaal —dijo él, inclinando un poco la cabeza—. Espero no tenga inconveniente con mi compañero.
Senko, desde el suelo, sintió la llama clara: pequeña, pero inquebrantable. Una luz que sobrevivía sin pretenderlo. No entendía por qué Suá actuaba tan extraño.
Al entrar en la estancia que les brindaron, Senko se transformó.
—Solo hay una cama... ¿dónde dormiré?
Suá parecía ido, contemplando el atardecer que se lograba ver desde la ventana. Los últimos rayos de sol tocaban su rostro con calidez, como si se comunicaran con él.
—Bien, dormiré en la silla... como una mascota —lamentó Senko.
—La silla no se ve mal —bufó Suá.
—¡Claro! Como tú dormirás en un suave y agradable colchón. Selira no me trataría así.
La puerta sonó. Del otro lado, la voz de Malén avisó:
—Ya puedes conocer a mi padre.
La joven condujo al Caminante ante él. Balam Draskaal lo observó con ojos de hierro, advirtiendo en la pureza de Suá un peligro que no sabía nombrar, pero que deseaba destruir.
#1219 en Fantasía
#149 en Paranormal
#65 en Mística
venganza amor odio y un doloroso pasado, romance fantasía acción aventuras, fantasia dioses
Editado: 25.02.2026