~V~
Ariela, envuelta en un sopor que no le pertenecía, cerró la ventana mecánicamente y se dejó caer de nuevo en la cama.
A la mañana siguiente, despertó con el rostro encendido por una calidez inusual. No era solo el sol; era como si el día mismo la hubiera estado aguardando en el borde del colchón. Parpadeó lentamente, atrapada en esa frontera difusa donde los sueños aún se niegan a soltar la realidad. Se cubrió los ojos con la mano, intentando poner orden al caos de sus sensaciones.
—¿Qué fue eso?… —murmuró. Su propia voz le sonó extraña, como si viniera de otra habitación—. ¿Fue un sueño?
Lo inquietante no era el hecho de haber soñado, sino cómo el sueño se le había quedado adherido a la piel, como una fina capa de polvo dorado. No recordaba escenas completas, solo impresiones: la sensación de caminar por un lugar demasiado brillante, un silencio absoluto, y la certeza de que alguien la había observado desde muy, muy cerca.
Se llevó los dedos al entrecejo. Sentía una presión suave allí, un cosquilleo interno, como si un pulso nuevo estuviera intentando abrirse paso.
Frente al espejo del baño, buscó alguna marca. —¿Me habré golpeado? —se preguntó, examinando su piel.
Nada. Solo su cara de siempre. Sin embargo, algo en su mirada la hizo detenerse. Por un instante —un solo parpadeo— creyó ver un reflejo áureo detrás de sus pupilas azules. Parpadeó de nuevo y el destello desapareció, dejándola con un pequeño vacío en el estómago.
«Estoy cansada, si... Es solo el cansancio», pensó, intentando cerrar la puerta a ese pensamiento que se negaba a dejarla en paz.
Durante el desayuno, todo parecía estar en su sitio: su taza favorita, el rugido familiar de los buses cortando el aire de Aluna, la vida funcionando con su ruidosa normalidad. Y, sin embargo, ella se sentía fuera de lugar. Era como si estuviera ligeramente desfasada, viendo el mundo a través de un cristal empañado, un milímetro detrás de lo habitual.
Algo dentro de ella seguía vibrando en un compás ajeno al de su cuerpo.
A media mañana, mientras intentaba concentrarse en un boceto, una punzada le atravesó el pecho. Era una sensación tenue pero insistente, como si algo hubiera despertado en su interior y necesitara espacio para respirar. Ariela soltó el lápiz y apoyó la mano sobre su corazón.
«Hace mucho no sentía esto pero... es diferente».
Intentó seguir con su rutina, trabajando con una determinación casi desesperada por ignorar lo invisible. Pero por la tarde, volvió a llevarse los dedos al entrecejo sin darse cuenta.
—Esto no es normal —susurró, más para romper el silencio que para convencerse.
La punzada volvió. Fue suave, como un dedo tocando una puerta desde el otro lado. Ariela suspiró y se acercó a la ventana. El cielo de Aluna estaba despejado, luciendo un azul exagerado, casi irreal. Un azul que, por un segundo, pareció fundirse con el color de sus propios ojos.
«Estoy sugestionada», pensó. Intentó soltar una risa para aliviar la tensión, pero el sonido se quedó atrapado en su garganta.
Buscó su teléfono, pensando seriamente en pedir una cita médica. Pero algo la detuvo: su propio reflejo en el vidrio de la ventana. Se quedó mirando sus ojos, buscándose a sí misma entre las luces de la ciudad que empezaba a encenderse.
Y entonces, como un náufrago que emerge de pronto a la superficie, volvió la imagen del sueño.
Unos ojos negros. Oscuros como el abismo. Intensos.
Unos ojos que la miraban no como a una extraña, sino como a alguien a quien conocían desde el inicio de los tiempos.
Ariela tragó saliva, incapaz de apartar la vista del reflejo. El nudo en su garganta se apretó.
—¿Qué fue eso…? —susurró apenas en un hilo de voz.
No obtuvo respuestas. Solo la persistente sensación de que el sueño no había terminado. De que, de alguna manera, ese extraño de mirada vacía seguía allí, despierto dentro de ella, esperando el momento de volver a tocar la puerta.
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Editado: 25.02.2026