Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

El Telar Oscuro

~VI~

El Bosque de los Ecos respiraba como un animal dormido, exhalando vapores grises que serpenteaban entre los troncos retorcidos.

Khai avanzó sin prisa, sin cautela, casi sin pensamiento; como si todo lo que había ocurrido en la ciudad desapareciera a medida que se internaba en la penumbra.

Frente a él, la torre se alzaba como una herida abierta en el cielo. Su puerta negra y lisa, sin una sola marca, parecía absorber la poca luz que lograba filtrarse entre las ramas.

Era como mirarse a sí mismo.

Khai extendió la mano y la puerta cedió con un sonido seco. El frío lo atravesó de inmediato, pero él no lo sintió. Nada en su diseño estaba hecho para sentir.

El salón interior era vasto y silencioso como un templo abandonado. Columnas de obsidiana se elevaban como espinas que perforaban el techo. De los muros pendían hilos dorados que titilaban débilmente, como venas expuestas de un dios agonizante.

Y en el centro... ella.

Selira.

Estaba sentada en su trono de obsidiana y luz marchita. Su piel pálida poseía el brillo frágil de la luna rota. Su cabello era una cascada de medianoche que se derramaba desde la raíz con una riqueza oscura, disolviéndose hacia las puntas en hebras de luz lunar que acariciaban el suelo como velos de neblina invernal.

Pero eran sus ojos los que devoraban la estancia: dos soles fracturados, ardiendo con un oro muerto.

Khai sentía los deseos robados vibrando en su pecho, comprimidos y palpitantes como insectos atrapados en un frasco de cristal. Selira no pronunció palabra alguna; su mirada bastaba para ordenar el inicio de el rito.

Khai abrió la mano.
Una constelación desgarrada brotó de su interior. Chispas doradas de deseo, pequeños latidos arrancados de otros, emergieron como hilos que se tensaban hasta quebrarse, dejando tras de sí un hueco más profundo en el alma de Khai. Los liberó uno a uno, con el rostro inmóvil, mientras su pecho parecía desgarrarse en un silencio absoluto bajo la piel.

Las luces ascendieron hacia Selira, formando una espiral que giraba como un remolino sin viento a su alrededor. Ella sonrió apenas. Una sonrisa de hambre.

En un instante, la luz de los deseos se tornó oscura. Cada destello desapareció en la mirada de la diosa como estrellas tragadas por un abismo. La sala quedó más fría, más rota.

Con un movimiento grácil de sus manos, Selira reveló una puerta oculta: un gigantesco Telar de hilos negros. Los filamentos formaban una espiral que recordaba a un agujero negro y, en su centro, se percibía una figura extraña, una masa sin forma que parecía latir con una maldad antigua.

Khai cayó de rodillas. No fue un gesto de respeto; fue una consecuencia física. Su cuerpo respondía a cada deseo devorado como si una parte de su propia existencia se extinguiera con ellos. Pero su rostro no cambió.

Selira exhaló con una suavidad casi voluptuosa, saboreando el festín cósmico. Se inclinó sobre él y rozó la barbilla de Khai con un dedo gélido.

—Tan duro —susurró ella—. Tan insensible... y, sin embargo, pareces quebrarte. ¿Por qué el vacío sangra cuando lo alimento?

Khai miró hacia la figura encerrada en el telar. Sus ojos no mostraron nada, pero un ligero temblor, apenas visible e inexistente para el ojo humano, recorrió sus dedos. Selira ladeó la cabeza, percibiendo el defecto. Se enderezó y volvió a su trono, envuelta en un resplandor dorado que no le pertenecía.

—Fueron pocos —sentenció con indiferencia mortal—. Muy pocos.

Khai se puso de pie. Sus labios se movieron, pero no salió sonido alguno. Quiso preguntar. No sabía por qué; no estaba diseñado para la curiosidad. Pero una imagen lo atravesó de forma violenta: cabello oscuro enredado en una almohada... luz dorada pulsando como un corazón vivo... unos ojos azules abiertos en la sombra.
¿Por qué esa intrusa volvía a invadir su mente? ¿Por qué sentía el impulso de hablar sobre la luz que lo había rechazado?

—Perdoneme

Selira no volvió a mirarlo.
—Puedes retirarte.

Khai inclinó la cabeza y se dio la vuelta. El eco de sus pasos resonó en la sala como gotas cayendo en un pozo. Cada paso iba acompañado por la misma punzada:
Ella. La luz que no quiso irse. La mirada que atravesó su nada.

Algo desconocido se agitó en él, leve como el primer parpadeo de un sol recién nacido. No fue emoción, ni fue un pensamiento lógico. Fue... confusión.

Y la confusión, en el interior de un vacío absoluto, es el primer error. La primera grieta.

O, quizás, el principio del fin.




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