Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

Memorias del Sol

~VII~

Presente

1993 D.N.S.L

Selira observaba el gran telar.
Hilos oscuros, tensos y perfectamente alineados, convergían hacia la extraña figura que latía en el centro, como un corazón atrapado en seda. Cada pulso parecía reclamar algo de ella. Giró el rostro hacia el ventanal del gran salón, donde la noche eterna de su bosque lo cubría todo, inmóvil, expectante.
Sus ojos se humedecieron. El nudo en la garganta la dejó sin aire por un segundo.

Pero no permitió que la nostalgia la consumiera.
Se limpió los ojos con brusquedad y, con la voz dolida pero afilada por la determinación, susurró para nadie:

—Falta poco. Te veré pronto... cumpliré lo prometido a ese hombre.

El suspiro que siguió fue áspero, casi violento, como si arrancara la duda de su pecho.

El telar vibró apenas.

Año 300 A.N.S.L

La noche sin luna

El salón del consejo olía a hierro, ceniza y resentimiento antiguo.
El comandante Balam Draskaal, líder de los Drah'mek, clavó los nudillos contra la mesa de piedra mientras sus oficiales lanzaban palabras como flechas envenenadas.

—Los Ah'riyen se multiplican —anunció uno—. Alguien los está encendiendo. El miedo ya no los apaga.

—Las emboscadas aumentaron en el último año.

—Por más que cambiemos de estrategia, nos encuentran.

Draskaal golpeó la mesa. El sonido retumbó como una sentencia.

—Es él. Ese forastero... el Caminante Claro. —Escupió el nombre—. Farsante. Desde que llegó, todos mis planes han sido estropeados.
Se irguió.

—Prepárenlo todo. Hoy apagaré la luz. Tráiganme a Malén.
Un silencio incómodo recorrió la sala.

—¿Cómo planea hacerlo, mi señor? —se atrevió a preguntar un oficial.

Balam lo observó con la arrogancia fría que siempre lo dominaba.

—La debilidad de ese hombre es mi hija —sonrió de medio lado—. Ella será su perdición.

Los caballeros se miraron entre sí. Ninguno sonrió.

—Nos servirá de ayuda —continuó—. Creará la emboscada perfecta.

Mientras tanto, sin saberlo, Suá caminaba directo hacia esa sombra.

Había pasado un año entero como humano. Su plan cobraba fuerza; más personas se unían a su causa, atraídas no por promesas, sino por algo que ardía silenciosamente en su presencia.

Uno de ellos era Isai Tarajh, un ah'riyen de unos cuarenta años, decidido a devolver la luz a los alunences. Se convirtió en su amigo más cercano. Con él venían su esposa Arina y su hijo mayor.

Juntos rescataban a quienes los drah'mek capturaban por rebeldía: inocentes a quienes quebraban con terror para apagar su fulgor.
Las tácticas drah'mek eran crueles y precisas. Arrancaban a los ancianos y a los niños de cada familia, sabiendo que eran el corazón de los hogares. Quemaban casas, amenazaban, mataban. Sembraban miedo y tristeza, emociones que devoraban la luz con facilidad.

Cada semana, los capturados eran llevados fuera de la ciudad. Nadie regresaba.
Hasta ahora.

Senko había cambiado eso.
Su olfato encontraba incluso el rastro más débil de un deseo a millas de distancia. Así descubrieron el campo, a doscientos kilómetros de Aluna, donde los ancianos eran sacrificados a un ser oscuro y los jóvenes forzados a servir.

La hora del tránsito siempre era la misma: la madrugada. El rocío apagaba los sonidos y el cansancio nublaba a los guardias.

—Esta vez enviaron una sola carreta —informó Senko—. Diez guardias: cinco delante, dos a caballo y tres atrás, junto a los prisioneros.

—Entonces es ahora —dijo Suá—. No habrá otra oportunidad.

Aguardaron ocultos donde el sendero se estrechaba.

Antes del amanecer, el chirrido de los ejes anunció la llegada: una jaula de roble reforzada con hierro. Dentro, Arina servía de carnada. El metal mordía sus tobillos, pero su respiración permanecía firme.

—Tápense nariz y boca —susurró—. Cuando lo diga, aguanten.

El miedo brilló en los ojos de los cautivos.

El árbol cayó con un estruendo seco.
La nube envolvió a los guardias. Cayeron sin gritar.

—¡Ahora!

Cuando el polvo se disipó, Senko ya estaba sobre la carreta. En un parpadeo cambió de forma, y el candado cedió bajo sus manos.

—Brillen de nuevo, hijos del sol.

La chispa al norte titiló.
Uno a uno, escaparon.

Y otra hebra dorada vibró en el telar del mundo.

En lo alto del Monte Solar, Selira lo sintió.

Al amanecer, cuando sus dedos rozaron las hebras del Telar del Sol, una vibración ardiente se clavó en su pecho. Sonrió con los labios tensos.

Si Suá completaba el tejido...
si los hombres recordaban la luz...
Su hermano regresaría.




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