Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

El Ocaso Carmesí

~VIII~

Al entrar a casa uno de los oficiales los llevo al gran salón.

El salón del consejo apestaba a hierro fundido. No había comida ni mesas de diálogo, solo armas. Draskaal estaba de pie, con su armadura brillante como una noche sin luna, rodeado de hombres con espadas negras que devoraban la luz. —Sabía que lo traerías, hija —dijo Draskaal—. Eres ingenuo, caminante.

Suá observó el rostro de Malén, su mirada estaba agobiada, sin embargo, la dulzura que vio por primera vez aún estaba en ella.

Súa no se inmutó. Tenía la mirada serena de quien conoce el final de su propio cuento. —Solo tienes miedo, Balam —respondió—. Temes que los hombres recuerden que la luz les pertenece.

—¡Llevensela! —ordenó el comandante, señalando a Malén. Ella gritó, pero Súa le devolvió una paz cálida, una última caricia de luz antes de la tormenta.

Senko emergió de las sombras con un rugido. Sus tres colas ardían como cuchillas vivas, dispuesto a despedazar a cualquiera que se acercara al dios. Pero una mano lo frenó: la mano de Súa. —No —dijo el hijo del Sol—. La muerte y la vida son instantes. La luz es eterna.

Balam hizo un gesto a uno de los soldados.

Ese segundo de duda fue suficiente. El hombre se lanzó contra Senko. El zorro respondió con una furia animal, transformándose en una bestia de colmillos y sangre. Con eso otros soldados se lanzaron contra Suá, golpes, lanzas, espadas iban, pero Súa solo esquivaba, negándose a manchar sus manos.

El sonido de la carne rasgada detuvo el tiempo.

Una espada atravesó el pecho de Súa. La hoja salió empapada en un carmesí brillante. Balam sonrió, pero su sonrisa murió cuando vio que de la herida no brotaba solo sangre, sino un río de luz que ascendió hacia los cielos.

Senko gritó, un sonido que mezclaba el aullido de un lobo y el llanto de un niño. Corrió hacia él, mientras Súa, con la voz hecha ceniza, susurró sus últimas palabras: —Tú, creado de luz y corrompido por el miedo, serás perdonado... Porque el amor del sol a su creación es omnipotente –lo interrumpió un tosido ahogado– Pero verás cómo tu temor sentenciara la humanidad. La Luna será cegada... y su ira lo devastará todo.

Súa exhaló. Su cuerpo cayó, y en ese instante, el sol se lamentó. El cielo se tiñó de un escarlata tan violento que Aluna pareció una herida abierta.

En la Torre de Luz, Selira sintió el hilo dorado apagarse. Sintió su mundo romperse en mil pedazos de cristal negro. —¡Súa! —Su grito de lamento se escuchó en cada rincón de la creación. Por primera vez en todo el globo el cielo sollozo. Hubo terremotos, inundaciones, huracanes, y una noche de oscuridad total.

Esa misma noche, la diosa descendió. Camino entre los escombros. Apareciendo ante Draskaal como una figura de pesadilla y belleza: cabellos de plata opaca y ojos que eran soles muertos. Se arrodilló ante el cadáver de su hermano y acarició su rostro frío. —Tu ausencia ha hecho de mí un vacío eterno —susurró.

Al levantarse, su mirada cayó sobre Draskaal como una maldición física. Le apretó el pecho con dedos de hielo. —Haré de tu existencia un dolor abisal. Cada aliento tuyo será una daga en tu espíritu. Sentirás la espada que atravesaste en mi hermano miles de veces cada día.

Draskaal observó como la diosa se marchaba, el terror lo invadió, su pecho comenzó arder, después sintió una punzada fuerte, como un puñal en su corazón, cayendo inconsciente.

Selira se marchó hacia el Bosque de los Ecos. Dejando atrás su divinidad.

Con cada paso, el dolor pesaba su pecho se desgarraba, su pecho se agrietaba como porcelana rota.

La oscuridad apagó su brillo.

La Luna se apagó haciendo que Aluna cayera en una oscuridad eterna que no era ausencia de luz, sino presencia de dolor.

Y así, del corazón roto de una diosa, libero el Vacío.




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