~IX~
Presente
La noche cubría Aluna como un paño oscuro, apenas roto por faroles que titilaban como luciérnagas cansadas. Senko avanzaba por los tejados con la gracia silenciosa de una sombra líquida. El aire olía a lluvia vieja y humo, pero sus pensamientos estaban a siglos de distancia.
«¿Esa fue la señal?», se preguntaba, mientras la imagen del rechazo de Khai regresaba una y otra vez a su mente. Aquel deseo no se dejó arrebatar. Aquella luz, intacta, vibraba como en los tiempos de oro.
Era imposible… y, sin embargo, sucedió.
Se detuvo frente a la ventana de Ariela. En la penumbra de la habitación, ella dormía con el rostro vuelto hacia la claridad fría de la luna. Parecía tranquila, pero el hilo dorado en su frente ardía como una llama que se niega a morir.
Senko deslizó el ventanal sin producir el menor ruido. En un destello sutil, tomó forma humana. Sus pies descalzos tocaron el piso con la delicadeza de una pluma. Su abrigo de lino oscuro contrastaba con su apariencia: el cabello, de un blanco nevado brillante, caía sobre sus hombros con textura de seda, veteado por mechones dorados que parecían retener la luz del sol. En sus ojos ámbar, profundos y felinos, brillaba un miedo que no se permitía confesar.
Metió la mano en el bolsillo y extrajo el collar.
Era un hilo de cuero envejecido que sostenía un dije ovalado de obsidiana pulida. En el centro, una veta dorada se movía como un relámpago atrapado bajo la superficie de la piedra. Senko lo había protegido durante miles de años, ocultándolo de manos humanas… y de su propia desesperación.
—Tienes el cielo en la mirada… —susurró; su voz fue apenas un roce en el aire—. Esto te hará recordar. O, al menos, despertará lo que duerme en tu luz.
Sus dedos temblaron.
Dejó el collar sobre la palma abierta de Ariela con la suavidad de una hoja que regresa al río. El dije quedó quieto, reflejando la luna en un pulso tenue.
En ese momento, Ariela se agitó.
Sus labios, atrapados en un sueño profundo, formaron un nombre que no debía conocer:
—Suá…
El alma de Senko se detuvo.
Una punzada lo atravesó: culpa, anhelo y un amor más antiguo que el tiempo. Retrocedió, conteniendo el aliento.
—Eres la señal —murmuró para sí—. Esto es lo que el sol ha estado esperando.
Se volvió para marcharse.
—Suá…
El nombre volvió a oírse. Esta vez sonó como una daga incrustada en su pecho.
Y la memoria lo reclamó.
La tierra temblaba.
El cielo ardía en un escarlata sangriento antes de rendirse a una oscuridad eterna.
Senko despertó entre polvo y cenizas, con el cuerpo aturdido por la onda expansiva del dolor de Selira. Un solo nombre le desgarraba el pecho: Suá.
Se levantó tambaleante y corrió. Corrió como si cada zancada pudiera retrasar lo inevitable, hasta que llegó al lugar donde el cuerpo de Suá yacía inmóvil, rodeado de escombros.
Algo en él se quebró.
Sus huesos, su piel, su orgullo de guardián… todo se desmoronó mientras alzaba al dios en sus brazos, como si el contacto pudiera convencerlo de regresar.
Entre la oscuridad y el grito del miedo a su alrededor. Caminaba con dolor mientras cargaba a su mejor amigo y a quien se supondría que debía proteger.
Lo llevó hasta las raíces marchitas del Árbol de los Deseos.
Cavó con las manos desnudas, rompiéndose las uñas, con la respiración convertida en un sollozo ahogado. La tierra estaba fría, indiferente.
Depositó el cuerpo con una reverencia temblorosa y selló la tumba.
—Que tu alma llegue al vacío primordial y tú cuerpo alimte este plano terrenal.—sollozo.
Después de uno minutos de silenció
—No pude protegerte aquí, en la tierra… —susurró, hundiéndose en el barro—. No merezco ser tu guardián.
Entonces el viento cambió.
La luz del Árbol, en un último aliento, habló:
«Guardián de la luz… tu labor no termina aquí. En una mirada volverás a ver el cielo. Y cuando eso ocurra… la grieta del vacío también brillará.»
Senko, de rodillas ante la tumba, levantó la vista.
Y lo vio.
Vio lo que el dolor de Selira estaba gestando: la sombra que nacería de su vacío. La presencia que marcaría el fin de los ciclos.
La visión se deshizo como humo.
Senko se encontró nuevamente de pie en el balcón, jadeando.
Miró hacia la ventana abierta.
Ariela seguía aferrada al collar. Bajo su piel, la luz respiraba.
Ahora lo sabía con una certeza aterradora:
El recuerdo no había regresado por azar.
La grieta que vio junto a la tumba, siglos atrás, era la misma que ahora vibraba en la frente de aquella chica.
Y esta vez, no podría huir de ella.
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Editado: 25.02.2026