Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

La Declaración del Vacío

~X~

El cielo ardía. Un sol inmenso se derramaba como sangre sobre la antigua Aluna, tiñendo las torres con un fuego que no calentaba, sino que quemaba por dentro.

Malén corría entre columnas rotas, empapada en polvo y lágrimas.

—¡Súa! —gritaba, y su voz se quebraba contra muros que ya no podían escucharla.

El aire apestaba a hierro y ceniza. Las lanzas de los Drah’mek seguían clavadas en el suelo como cruces negras de un cementerio improvisado. Y en medio de aquella desolación, el hombre que ella amaba yacía inclinado sobre su propia luz derramada, como si el sol hubiera decidido morir en su pecho.

Malén cayó de rodillas a su lado. Lo abrazó con un desespero tan feroz que parecía arrancarle la carne de los huesos.

—No llores —susurró él, con una sonrisa agonizante que le partió el alma—. Yo siempre brillaré en ti…
Las palabras se deshicieron en su último aliento. Uno que guardó únicamente para ella.

—No… no… —sollozaba Malén, mientras sentía cómo el calor del pecho de Súa se extinguía bajo sus palmas, apagándose centímetro a centímetro.

Sus dedos buscaron su mano y la apretaron con furia, como si con ese gesto pudiera arrastrarlo de vuelta al amanecer. Fue entonces cuando lo vio: junto al corazón atravesado colgaba un collar sencillo. Un hilo de cuero con una piedra pequeña, del color del cielo al mediodía. La misma piedra que ella le había entregado cuando era apenas un peregrino, y que él había guardado como su tesoro más sagrado.

Malén tomó el dije con manos temblorosas, empapándolo con su llanto, como si quisiera bautizarlo con su dolor. En el horizonte, el sol terminó de romperse en mil fragmentos rojos. Y el mundo se apagó.

Un calor extraño la obligó a girar en la cama.

Ariela despertó jadeando, con el corazón golpeándole las costillas como un tambor de guerra. El sueño se disolvía con rapidez, pero el ardor en su frente persistía, como si alguien hubiera marcado su piel con un hierro incandescente.

Abrió los ojos.

La habitación estaba en penumbra, atravesada por la luz roja de un amanecer que se filtraba entre las cortinas. Durante un instante de terror, creyó que seguía allí, entre cenizas. Hasta que sintió el objeto en su mano.

Un hilo áspero de cuero. Y una piedra azul que parecía contener un pedazo de cielo atrapado en su interior.

No era suyo. Jamás lo había visto.
Sus dedos rozaron la superficie fría con cautela, y la piedra respondió con un pulso tenue, casi imperceptible.

—¿Qué es esto? ¿Cómo es que…?
Un escalofrío le recorrió la espalda.

Se incorporó, respirando hondo, tratando de calmar el temblor de sus manos. Abrió la ventana; el viento se enredó en su cabello y, por reflejo, lo recogió en una coleta. Y entonces… lo sintió.

Una mirada.

Una presión invisible que le erizó la piel de la nuca.

Miró hacia los tejados. Nada. Solo el bosque de edificios de Aluna extendiéndose bajo la bruma teñida de naranja.

A lo lejos, Khai permanecía inmóvil.
Apoyado contra el frío barandal de una antena, envuelto por la niebla del alba, parecía una silueta tallada en sombra. Sus ojos, negros como pozos sin fondo, estaban clavados en ella, aunque la distancia volvía borrosa su figura.

Algo en el pecho de Khai se movió.

No era un latido.

Era un eco.

Un malestar que no sabía nombrar, como si el vacío dentro de él hubiera reconocido, por fin, una voz antigua.
«¿Quién eres?», se preguntó. «¿Por qué no puedo tomar esa luz? ¿Y por qué… parece que esa mirada me arrastra?»

Senko no estaba allí para darle respuestas. Solo el viento susurraba entre rendijas y cables que vibraban con el amanecer.

Khai bajó la vista, sintiendo que algo se resquebrajaba en su interior. No era dolor.

Era una grieta en un lugar donde no debería existir nada más que sombra.

Se giró para marcharse, para regresar a la seguridad del Bosque de los Ecos. Pero antes de desaparecer, sus ojos buscaron una última vez la ventana de la chica.
No había expresión en su rostro.
Solo cálculo.

El viento agitó la bruma alrededor de la torre, pero él permaneció inmóvil, como si el frío le perteneciera.

Algo en su interior se tensó. No era un latido. No era deseo.

Era una ausencia reclamando forma.

«¿Por qué no puedo tomar esa luz?», pensó. La pregunta no llevaba frustración. Solo análisis. «¿Qué la protege? ¿Qué la sostiene?»
La grieta dentro de él se expandió en silencio.

No entendía esa sensación. No la nombraba como necesidad. Pero volvía. Persistente. Como si aquella claridad fuera lo único capaz de llenar un espacio que jamás había estado lleno.

—Tomaré esa luz… sin importar cómo.

La luz de Ariela ya no era un simple deseo.

Era una declaración de guerra.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.