~XI~
Khai caminaba hacia el Bosque de los Ecos con la mirada perdida, aún creyendo que encontrar la forma de tomar aquella luz era solo cuestión de cálculo. No sabía cómo lograrlo; esa luz era distinta a todas las demás. Al llegar al límite entre el resplandor del atardecer y las sombras del bosque, un empujón lo arrancó de sus pensamientos.
Bajó la vista: un anciano había terminado en el suelo.
Khai lo ayudó a incorporarse.
—Disculpe. Estaba distraído.
Lo dijo por cortesía. No sintió remordimiento al verlo caer. Sin embargo, algo resultó peculiar al observar su frente: ningún rastro de luz. No percibió deseo alguno. Y aun así, en la mirada del anciano parecía arder el sol de la mañana.
—Está bien, muchacho. Debes estar más atento —dijo el anciano.
Khai asintió.
—Disculpe.
—Aunque lo dices, no pareces sentirlo —murmuró el anciano con una sonrisa casi juguetona—. Te han educado bien. Pareces un cachorro fiel.
La expresión de Khai no cambió.
—¿A qué se refiere?
—No pongas atención a las locuras de este viejo… Puedes seguir tu camino. Estoy bien.
Khai asintió y dio media vuelta para marcharse. Pero algo, en algún lugar donde no debía haber nada, volvió a removerse.
—El vacío absoluto es tan engañoso… —suspiró el anciano a su espalda—. Siempre queda un residuo de algo en él.
Khai se detuvo.
Su corazón se aceleró. La respiración se le hizo más profunda. Las manos le temblaron, húmedas de sudor. La confusión le perforó la sien como una aguja.
Al girarse, el anciano ya no estaba.
Su cuerpo recuperó la quietud en cuestión de segundos.
¿Quién era?
¿Y por qué le resultaba familiar?
«Él sabe quién soy. No es coincidencia que estuviera aquí».
Aunque intentó convencerse de lo contrario, en el fondo lo supo: aquel hombre conocía algo de su pasado. Algo que él no recordaba.
Reanudó el paso, pero las palabras se le quedaron adheridas.
Residuo.
Al llegar, Selira lo esperaba.
Nuevos deseos.
Un ritual más culminó, pero esta vez el vacío de Khai manifestó un peso extraño; como si, al entregar aquellos deseos, su oquedad hubiera crecido. Como si hubiera entregado más de lo que debía. Lo ignoró.
Siguió a Selira —fiel, silencioso— hasta el salón comedor.
Era hora de la cena.
Senko ya había llamado. Sobre la mesa había servido, como entrada, una crema de remolacha de color intenso. Aunque los ánimos solían enrarecerse en aquella casa, él intentaba elevarlos con la comida. No la veía solo como alimento, sino como nutrición para el alma: la comida de los dioses.
Selira tomó asiento frente a Khai. El fuego de la chimenea delineaba su perfil con un brillo severo: sus pómulos afilados parecían puntas de flecha; sus labios, delineados por un rosa pálido, conservaban la huella de una herida antigua. En sus ojos ardía un oro opaco, distante.
Khai se acomodó sin hacer ruido. La madera crujió bajo su peso.
—Gracias, mi querido zorro. Se ve delicioso —dijo Selira, fría pero sincera.
—Es un gusto cocinarte —respondió Senko con una sonrisa leve.
—Hijo —dijo ella, sin apartar la mirada de Khai—. He notado que algo te está agobiando.
Su voz era suave. Cada palabra, veneno.
—No sé a qué te refieres. No soy capaz de angustiarme por nada —replicó Khai.
Selira sonrió de lado.
—Lo sé muy bien. Pero últimamente tu rostro se expresa más de lo habitual.
Observó cómo el entrecejo de Khai se arrugaba.
—Creí que esa mirada de hielo nunca cambiaría… ¿Cómo es eso posible?
Soltó una risita maliciosa.
Khai guardó silencio. Pero, en el fondo, supo que tenía razón: esas nuevas sensaciones no debían existir. No era lógico que algo hueco reaccionara.
«Siempre queda un residuo… ¿Residuo de qué?»
El silencio se tensó.
Senko se levantó y acercó un tazón de granos con frutos secos. Parecía un pequeño sol servido en la mesa. Llenaron sus platos y continuaron comiendo, pero la tensión vibraba como un hilo a punto de romperse.
—Ya terminé. Gracias —dijo Khai, incorporándose.
—No —lo detuvo Selira con firmeza—. Aún no has terminado. No seas grosero con el zorro. Falta un plato.
Senko inclinó la cabeza, pidiéndole que se quedara.
—Toma. Sé que te gusta.
Le acercó un trozo de cacao puro con chile, endulzado con mermelada de frutos rojos.
—Khai —continuó Selira—, hay algo más que tu extraño comportamiento. Algo me está perturbando.
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Editado: 25.02.2026