Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

La culpa del guardian

~XIII~

La mano de Suá se levantó, deteniendo el ataque.

Senko estaba dispuesto a todo con tal de no ver herido a su amigo.

Los soldados se lanzaron contra él. La razón se le perdió en la ira; los cuerpos caían con cada golpe de sus colas y garras. Vio una espada alzarse y se impulsó hacia el hombre que la empuñaba, pero fue detenido. Varios soldados se aferraron a su cuello, a sus patas, a sus colas, como parásitos desesperados.

En un solo segundo, la espada ya estaba clavada en el pecho de Suá.

Senko despertó agitado.

Sus manos temblaban. Un rocío frío de sudor le cubría el rostro y el cuello. Se incorporó y fue a lavarse la cara. El reflejo en el espejo le dolió: un zorro guardián que no había sabido proteger a su amigo.

Cuando logró calmarse, se dirigió al gran salón.

Selira lo esperaba junto a la ventana, observando la luz de la mañana. Los rayos del día iluminaban su rostro pálido; sus ojos apagados parecían absorber el sol en lugar de reflejarlo.

—Un gusto verte esta mañana —dijo Senko, forzando una sonrisa.

Selira le devolvió una mirada de soslayo. Su sonrisa distante no ocultaba el enfado.

—Pareces irritada.

—No lo estaría si esa luz no hubiera aparecido de la nada —respondió, seca—. Quiero que me digas algo: ¿por qué no pudo sacarla?

Senko sostuvo la calma. Esta vez debía ser prudente.

—En mi larga vida he visto deseos apagarse sin oponerse. Pero este… —hizo una pausa— este es distinto. Es como si estuviera vivo.

Selira se apartó de la ventana. Caminó hasta una mesa cubierta de objetos antiguos y tomó una pequeña daga oxidada. Observó la hoja corroída, la empuñadura desgastada.

—Es imposible que un deseo ejerza su voluntad —dijo—. Y, aun así… la mirada de esa chica me recuerda a—

Se detuvo.

Senko tragó saliva. Ella lo sabía. Había visto lo mismo que él en aquellos ojos.

—Aunque parezca imposible —continuó Selira—, eso no es un deseo, zorro. Esa humana debió morir hace mucho.

Senko quedó inmóvil. No comprendía cómo había llegado a esa conclusión.

—Me impresiona lo que logras deducir —dijo, con un tono burlón que apenas ocultaba su inquietud—. Solo a partir de los recuerdos de Khai.

Selira no apartó la vista de la daga.

—La luz no se está protegiendo a sí misma —concluyó—. La está protegiendo a ella. Y la única forma de romper eso es…

—Matarla —completó Senko en un susurro, sin fuerza.

Selira alzó la mirada.

—No te precipites. Aún no podemos afirmar que esa sea la solución. Solo vi una imagen, no el todo. Khai debe encontrar la forma.

Senko ladeó el rostro.

—Creí que dirías eso. Pero dime, ¿por qué no matarla? ¿Viste algo más?

Selira apretó la daga con fuerza.

—Esa mirada la he visto antes. Y tú también, zorro. Y no hablo solo de los ojos de mi hermano.

El mundo pareció venírsele encima a Senko. Era imposible que ella no lo hubiera notado.

—Lo sé —continuó Selira—. Viste el cielo del mediodía ardiendo en los ojos de esa patética humana. Esos ojos no le pertenecen.

—Solo quieres respuestas —dijo Senko en voz baja.

Selira asintió.

—Y para eso necesito esa luz. Tú te encargarás de que Khai lo logre.

Senko inclinó la cabeza.

—No me hagas perder la fe en ti —añadió ella—. Esto es por los dos. Y por Suá.

Senko cerró el puño y se dio la vuelta para marcharse.

«Lamento que tu herida siga abierta», pensó. «Daría mi vida por verte sonreír de nuevo… pero el destino nunca ha estado del lado de nuestra felicidad».

Khai estaba sentado en el borde de un edificio, inmóvil, la espalda recta, la mirada perdida. Tan quieto que parecía una fractura en el cielo.

Senko lo encontró allí.

—¿Ya sabes cómo vas a sacar esa luz? —preguntó, dejando que sus tres colas se agitaran antes de adoptar forma humana.

Khai no respondió. Su silencio era distinto al de antes.

Ya no era vacío. Era algo atrapado.

—Ya la tendría… si hubiera descubierto cómo —respondió al fin.

—Es una luz difícil —dijo Senko—. Parece haber despertado algo en ti. O quizá ya no eres tan inteligente como crees.

Khai giró apenas el rostro. Senko vio el cambio.

El pozo oscuro de sus ojos ya no estaba inmóvil. Algo latía en su interior.

El zorro contuvo el aliento.

—Solo piensas en ese deseo.

—¡No! Yo no…

—No piensas. No sientes. Entonces, ¿estás muerto?

Khai alzó las manos y observó la lluvia caer sobre su piel. Sabía que lo tocaba, pero no sentía el frío ni la humedad.

—Soy un recipiente. No estoy vivo ni muerto.

—Las piedras existen —replicó Senko—, pero no están vivas. Y aun así, sostienen el mundo. La materia se transforma, tiene ciclos. Para alguien inmortal, confías demasiado en la ciencia humana.

Khai guardó silencio. Lo que Senko decía tenía sentido, aunque no supiera por qué.

—Una planta tampoco piensa —añadió el zorro—, pero está viva. Siente.

—Sí. Son seres vivos con sistemas distintos… señalización eléctrica, reacciones químicas—

—Lo sé —lo interrumpió Senko—. Solo quería decir que tú pareces una planta que se niega a entenderse. No porque no puedas… sino porque no quieres.

Khai fijó la vista en el horizonte, sin discutir.

«Si eres un recipiente», pensó Senko, «¿qué ocurre si te rompes?»

Respiró hondo.

—Quizá… —susurró, una confesión tragada por la lluvia— quizá ya es hora de que algo se rompa.

Y en su pecho, como un aguijón eterno, volvió la imagen de Suá apagándose entre las ruinas.




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