Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

Una presencia de hierro y lluvia 

~XIII~

El cielo estaba despejado. El sol brillaba en lo alto, pleno, sin nubes que lo velaran.

Sentado sobre las raíces que emergían de la tierra, Suá observaba la sonrisa de Malén mientras escuchaba las historias de los niños que nadaban en el río. Sus risas llenaban el aire con una ligereza casi irreal, como si el mundo no conociera el peso del tiempo.

A su lado, Senko —en su forma de zorro— miraba cómo los niños se lanzaban al agua sin miedo, como si fueran inmortales.

La risa de Malén se acercó. Con los dedos salpicó unas gotas de agua en el rostro de Suá.

—Vamos —dijo, divertida—. Deja de observar y nada con nosotros.

Cuando Suá se incorporó, algo se quebró.

Un estruendo sacudió el aire. El viento agitó el árbol con violencia, la tierra crujió bajo sus pies y el cielo se tiñó de rojo. El río quedó inmóvil, liso como un espejo.

Suá se acercó.

En la superficie no se reflejaba su rostro.

Era Ariela.

En el instante en que lo comprendió, la grieta en la tierra se abrió y la figura fue absorbida por la profundidad.

Ariela despertó sobresaltada.

Saltó en la cama con el corazón golpeándole el pecho, la respiración trabada, como si el aire no fuera suficiente.

—Cálmate… solo fue un sueño —murmuró, llevándose una mano al pecho—. Solo un sueño.

Intentó incorporarse, pero el piso pareció moverse bajo sus pies. Volvió a sentarse. Cerró los ojos y respiró hondo durante varios segundos, obligándose a recuperar el ritmo.

—Ya pasó… —dijo al fin, soltando un bufido nervioso—. Sentí que me iba a morir. Qué exagerada eres, Ariela.

La mañana transcurrió con una normalidad casi ofensiva: desayuno, trabajo, almuerzo. Todo en su lugar. Y, sin embargo, algo no encajaba.

Por la tarde salió a reunirse con sus amigos. Las risas, los chismes, el ambiente ligero siempre le habían resultado reconfortantes. Aquella vez no fue distinto… al menos al principio.

Al llevarse el tercer vaso de cerveza a los labios, una punzada le atravesó el pecho.

El vaso golpeó la mesa con un sonido seco.

—¿Qué pasa, Ari? ¿Estás bien? —preguntó Daniel, alarmado.

—Sí, sí… creo que ya estoy ebria —respondió ella con una sonrisa forzada.

—¿Nos vamos a casa? Te ves pálida —dijo Sofía, frunciendo el ceño.

—Tranquilos, en serio. Estoy bien.

La reunión continuó, pero Ariela ya no estaba del todo allí. Las risas comenzaron a sonar huecas, como ecos lejanos. Una vibración leve cruzó su entrecejo, y la punzada en su pecho regresó, ya sin dolor, pero persistente. Como un recuerdo que se negaba a irse.

Al salir, el viento frío le rozó la nuca. Cerró la chaqueta. Un brazo la rodeó.

—Te noto dispersa —dijo Daniel—. ¿Todo bien?

—No lo sé… quizá es el estrés de la entrega.

—Pero tú no sueles preocuparte así.

—Quizá no es eso —intervino Sofía con una sonrisa cómplice—. Desde que lo volvió a ver, anda rara.

—¿De qué hablan? —preguntó Ariela, confundida.

—Yo pensé que ya lo habías superado —añadió Sofía, riendo.

Ariela no respondió. Su mente seguía atrapada en las sensaciones de las últimas noches… y en el collar. Algo en ella sabía que aquel objeto había despertado algo que no debía seguir dormido.

—¡Ariela! —Daniel la sujetó del brazo—. Mira por dónde caminas, casi te lleva ese auto.

—Por los dioses… me estoy volviendo loca —murmuró, rascándose la cabeza.

Los dos la miraron y soltaron una risa breve, nerviosa.

—¿Creen que los sueños pueden dar mensajes? —preguntó Ariela de pronto—. ¿O mostrar algo?

Sofía negó con la cabeza. Daniel, en cambio, pareció animarse.

—Claro que sí. Todo sueño enseña algo, como una historia.

—¿Y si es recurrente… y sobre alguien que jamás has visto?

—Muchas historias hablan de vidas pasadas que se manifiestan en los sueños.

—Ay, por favor —bufó Sofía—. Son fantasías. El trabajo los tiene así, pensando en hadas. Vidas pasadas… mis pies.

Ariela rió, aunque algo en esas palabras le quedó resonando. Su incredulidad coincidía con la de Sofía, pero una parte de ella no lograba descartarlo del todo.

—Suena muy drama coreano eso, Dani.

—Algún día se darán cuenta de que la ficción no está tan lejos de la realidad —replicó él.

—¿Eso es lo que te ha tenido distraída? —preguntó Sofía.

—Más que eso… es cómo despierto. Siento que mi corazón…

—¿Tu corazón? —Daniel se tensó—. Pero se supone que ya estabas bien.

Sofía la observó con atención. Supo al instante que lo ocurrido durante la cena no había sido solo alcohol.

—Debes ir al médico. ¿Por qué bebiste si sabías que seguías con síntomas? —la reprendió.

—Tranquilos, ya pedí una cita —respondió Ariela, intentando sonar ligera—. ¿Qué son, mis padres? ¿Por qué me regañan así?

—Es preocupación —respondió Sofía—. Eso hace la familia.

Ariela entró al edificio, dejándolos atrás.

Desde lo alto de una torre de metal, Khai observaba.

Había esperado hasta la medianoche a que la luz despertara, pero seguía apagada. No había rastro de su aparición.

Decidió indagar.

Se deslizó por la cornisa como una sombra líquida y, en segundos, estuvo dentro de la habitación. El aire olía a luz fría, a perfume floral mezclado con la brisa marina y a algo dulce que le rozó los sentidos como una caricia invisible. Un aroma tan limpio que parecía permanecer incluso después de ser respirado.

Había un desorden íntimo: un libro abierto, una taza con restos de té, una bufanda colgando de la silla.

Entonces lo vio.

El collar.

Reposaba sobre la mesa, inmóvil, como si lo estuviera esperando.

Khai lo tomó con dos dedos.

Al contacto, una quemadura le recorrió el interior de la mano. Lo soltó por reflejo. Observó su piel sin expresión alguna… y entonces la imagen estalló en su mente.

Una explosión de luz.




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