~IV~
Ariela no había pegado el ojo en toda la noche.
La sensación de aquel hombre dentro de su habitación seguía adherida a su piel, como un escalofrío persistente. Intentó dormir en la sala, con la luz encendida y el televisor murmurando de fondo, pero le fue imposible.
La ansiedad la mantenía alerta. Trató de avanzar en las ilustraciones de la entrega que se aproximaba, pero la concentración no llegaba. Sus manos solo trazaban líneas sin sentido, garabatos vacíos que no llevaban a ninguna parte.
Cuando amaneció, las ojeras le rozaban los pómulos y su reflejo en el vidrio de la ventana parecía el de alguien enfermo.
El celular vibró sobre la mesa.
En la pantalla apareció el nombre: *Dr. Corazón*.
—Buenos días —contestó con voz agotada.
—Le llamamos para informarle que el doctor puede atenderla hoy a las tres de la tarde.
Ariela se enderezó de inmediato. Contó mentalmente las horas, como si su agenda viviera en algún rincón de su memoria.
—Sí. Muchas gracias por avisarme.
Decidió ir a casa de Sofía y Daniel. Necesitaba dormir, y sabía que no lo lograría sola.
Daniel abrió la puerta y la observó de arriba abajo.
—Por los dioses… pareces un zombi —dijo—. Eres tonta, debiste venir anoche.
Ariela torció la nariz.
—Debí hacerlo, pero me dio miedo salir —miró alrededor—. ¿Sofi ya se fue?
—Sí, salió temprano.
Ariela soltó el aire.
—Genial. No soportaría sus regaños ahora mismo.
Bostezó y se dejó caer en el sofá.
—Dormiré toda la mañana. Gracias.
—Luego me cuentas exactamente qué pasó —dijo Daniel, arqueando una ceja.
Ariela ya no lo oyó.
***
Despertó en un bosque, poco antes del amanecer.
El sonido de cascos y ruedas rompiendo el silencio la hizo tensarse. Un polvo extraño comenzó a flotar en el aire. Entre la neblina y la respiración retumbaba dentro de la pieza de cuero y madera, distorsionaba los gritos de afuera. Todo parecía una película muda vista a través de un cañón de escopeta distinguió figuras de hombres cayendo a su alrededor, uno tras otro.
Corrió.
Aunque no era su cuerpo, sentía el latir de su corazón.
Una mujer con una máscara de cuero se acercó.
—Ya está —dijo.
Ariela levantó la vista.
Una carreta con una jaula. Vacía, un joven de cabello blanco y mirada que cortaba el aire como cuchillos de ámbar saltó hacia ellos. Decía algo… pero el sonido no llegaba.
Un estruendo.
La escena se quebró.
Ahora estaba frente a una figura envuelta en hilos de plata. Al intentar acercarse, el suelo desapareció bajo sus pies y cayó al vacío.
Ariela abrió los ojos sobresaltada.
La frente le latía con una presión suave. No dolía. No ardía. Pero persistía.
—¿Estás bien? —preguntó Daniel—. Casi te caes del sofá.
Ariela parpadeó, desorientada.
—¿Cuánto dormí?
—Cuatro horas. Toma —le extendió una taza—. Un poco de té y unas tostadas. No es mucho, pero necesitas comer.
Ariela le contó todo: la noche anterior, los sueños, la sensación de estar siendo observada. También le mostró el collar, esperando que él pudiera decirle qué era… o al menos tranquilizarla.
Horas después, estaba en el consultorio.
Hacía años que no regresaba y no guardaba recuerdos amables del lugar.
—¡Hola, Ariela! —sonrió el doctor Gómez—. Esperaba no volver a verte por aquí.
Era un hombre de unos sesenta años, el mejor cardiólogo de Aluna. Había tratado su caso en la infancia con una mezcla de fascinación y temor.
—Yo tampoco esperaba volver —respondió ella—. Pero un control no hace daño.
Gómez sonrió, aunque la preocupación se filtró en su expresión.
—Cuéntame. ¿Qué sucede?
—He vuelto a sentir síntomas —admitió—. Taquicardia, falta de aire, punzadas… a veces siento que voy a morir.
—¿Desde cuándo?
—Hace unos cuatro días.
—¿Recuerdas si algo lo detonó?
Ariela dudó.
—Creo que apareció al despertar de un sueño extraño.
Durante el examen físico, Gómez frunció el ceño al apoyar el estetoscopio.
—Ponte de pie un momento.
Al hacerlo, el doctor escuchó el silbido áspero: un soplo intenso, acompañado de un ritmo de galope que no debería existir. Palpó el pulso en su cuello y sintió el doble golpe característico de una obstrucción severa.
Sin decir palabra, la condujo hacia la camilla de ecografía.
La pantalla se llenó de sombras en movimiento. El tabique del corazón aparecía engrosado, deformado, dejando apenas una rendija para el paso de la sangre. Al activar el Doppler, los colores estallaron en la imagen, acompañados por un sonido violento, como viento atrapado en una tormenta.
—Ariela… —susurró Gómez—. Esto no es normal.
Apagó el monitor y se quitó las gafas.
—El músculo de tu corazón está creciendo de nuevo. Y lo hace a una velocidad inquietante. Es como si estuviera bajo una presión que no es física.
Ariela sonrió, sin entender del todo.
Gómez dejó el estetoscopio sobre el escritorio con un golpe seco.
—No voy a rodearte la verdad. Ese milagro de hace quince años… parece haber terminado.
Escribió una receta con trazos rápidos.
—Vas a empezar hoy mismo con betabloqueantes. Propranolol. Si sientes mareos o pausas en el latido, llama a una ambulancia de inmediato.
Le entregó el papel.
—Reposo absoluto. Y cuando digo absoluto, hablo en serio. Pero lo más importante… —la miró fijamente—: nada de emociones fuertes. Cualquier descarga de adrenalina podría ser fatal.
El frío recorrió la espalda de Ariela.
Nada de emociones fuertes.
—Además —continuó Gómez, sacando un dispositivo lleno de cables—, llevarás un Holter durante cuarenta y ocho horas. No te lo quites ni para dormir.
Mientras colocaba los electrodos, murmuró:
—Quiero saber qué ha despertado dentro de ti. Porque médicamente… esto no tiene sentido. Es como si tu cuerpo intentara volver a una forma que no le pertenece.
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Editado: 25.02.2026