Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

La primera grieta

~XV~

Por fin había surgido una oportunidad de tomar la luz.

Las luces de la habitación se apagaron.

Khai esperó una hora exacta.

—¿Ya sabes cómo sacar la luz? —preguntó Senko.

No obtuvo respuesta alguna. La mirada de Khai era lejana.

—Supongo que sí —se contestó a sí mismo.

Khai se lanzó hacia los tejados, apareciendo en el balcón. Seguido por Senko, la ventana se abrió suavemente; cada movimiento parecía calculado, cada crujido se mezclaba con el murmullo de la ciudad durmiente.

El cuarto respiró luz.

Allí estaba ella.

Dormía entre sábanas revueltas, su cabello negro cayendo sobre la almohada como ramas húmedas. Y en su entrecejo…

La luz palpitante, con vida propia.

—No pude arrancarte… —susurró—, así que haré que tu propia naturaleza te obligue a salir.

Con la palma se acercó unos centímetros a la frente de la chica, cerró los ojos, expandió su vacío, convirtiendo su mano en un polo opuesto de la luz.

Senko observaba minuciosamente. Quería preguntar, pero sabía que, por más que lo hiciera, no recibiría respuesta. Solo esperaba que funcionara.

El entrecejo de Ariela comenzó a brillar, pero esta vez la luz no salió como una esfera; se estiraba como hilos, atraída por la ausencia absoluta de materia en la mano de Khai. La fuerza era invisible pero masiva, como un imán tirando de limaduras de hierro.

Khai notó el tirón. El “peso” de la luz contra su energía era abrumador.

La luz se arqueó en el aire, formando un puente de fotones dorados que luchaban por saltar al vacío. La piel de ella se tensó, siguiendo la trayectoria de la fuerza, y él pudo ver cómo los hilos de luz vibraban a una frecuencia imposible.

—Sí… está funcionando —susurró Senko.

Sí, estaba funcionando. La fuerza de su vacío era superior a la voluntad de la carne. Sin embargo, justo cuando el primer filamento de luz estaba a punto de romper la barrera y entrar en él, Khai notó un calor abrasador. No era una succión limpia. Era como si estuviera intentando sostener un sol con las manos desnudas.

Con un grito herido, cerró la mano, rompiendo aquel equilibrio.

En un movimiento rápido, Senko se transformó en zorro, tomó a Khai y se lo llevó antes de que ella se diera cuenta.

Ariela se despertó sobresaltada. El pitido del Holter la hizo centrarse en sí misma.

—Respira… calma… fue solo un… ¿sueño?

Volvió la mirada hacia la ventana abierta, tragó saliva, se levantó y la cerró con duda, esperando ver algo más allá del fondo de tejados y edificios.

Senko llevó a Khai al bosque y lo sentó junto a un árbol. Khai estaba agitado; su rostro cubierto por un rocío de sudor.

Senko no encontraba la forma de calmarlo. Jamás lo había visto así. Veía aquel rostro de hilo transfigurarse en un sufrimiento eterno.

—Selira —sollozó Khai en un aliento—. Vamos con ella.

Khai intentó levantarse, pero su cuerpo no respondió; solo ardía.

—Sí, ella sabrá qué hacer.

Senko se echó a Khai al lomo y, en un parpadeo, aparecieron frente a Selira.

—¿Qué sucedió? —preguntó con una calma gélida.

Senko no pudo responder. No entendía qué pasaba. Lo recostó en el sofá.

Khai seguía agitado; sus respiraciones eran cortas y aceleradas, su pulso parecía salírsele del cuello.

Selira le aflojó la ropa y lo sentó erguido.

—Tranquilo —dijo, colocando su mano en su pecho.

La presión en su pecho aumentó, como si una fuerza externa hubiera alterado el equilibrio de su interior.

No fue dolor. Fue una sobrecarga.

Luego, algo dentro de él colapsó.

El ardor desapareció de golpe. Su respiración se estabilizó. Los parámetros volvieron a un rango aceptable.

Selira retiró la mano de su pecho, pero no se apartó. Sus ojos, antiguos y calculadores, descendieron con lentitud hasta la palma de Khai. Allí, la piel aún temblaba: una quemadura irregular, recorrida por espasmos eléctricos que no deberían existir en algo como él.

Con un gesto de evidente desaprobación, Selira cerró su mano sobre la de Khai.

—Qué insolente —murmuró.

Alzó la mirada y la fijó en él. Sonrió, frívola.

—No vuelvas a acercarte a esa luz —ordenó—. No sin mi permiso.

Soltó la mano, ya curada, y se puso en pie.

—Yo me encargaré por ahora.

Khai se incorporó con rigidez.

—Perdón por no completar la tarea.

—Casi lo logra —intervino Senko—. Entonces… ¿por qué no puede acercarse ahora?

Khai bajó la mirada hacia su mano, como si aún analizara una ecuación incompleta. No comprendía del todo lo ocurrido, pero el resultado era evidente: el procedimiento había fallado.




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