Aluna: cuando la oscuridad sostiene la luz

Renuncia a la luz

~XVI~

Ariela estaba lejos.

Las voces a su alrededor llegaban desdibujadas, como si atravesaran agua antes de tocarle los oídos. Las palabras se deformaban, se disolvían antes de anclarse en su mente.

—¡Ariela! —llamó Hernán, tocándole el hombro.

Parpadeó, sobresaltada, regresando al presente como quien emerge de un sueño profundo.

—Ah… sí. Perdón. No te escuché.

—Has estado muy distraída —dijo él—. Te decía que acá me gustaría que el personaje se viera como—

La frase volvió a apagarse.

Ariela hizo un esfuerzo consciente por sostener la atención, pero su pensamiento ya estaba en otra parte: en el peso del Holter colgando de su cintura, en la leve picazón de los electrodos adheridos a su piel, en la presión persistente en el entrecejo… y en la esfera de luz que había visto la noche anterior siendo absorbida por un vacío sin forma.

—Disculpen —interrumpió—. Necesito ir al baño un momento. No les estoy entendiendo nada.

Frente al espejo, se mojó la cara. El agua fría resbaló por sus mejillas, pero no logró despejarla.

—Maldita sea… —murmuró, llevándose la mano al pecho—. Esto pica.

Tiró de uno de los electrodos por impulso, pero se detuvo a mitad del gesto.

Si los arrancaba, el examen se alargaría. Más días conectada a una máquina que escuchaba su corazón mejor que ella misma.

—Un día más —se dijo en voz baja—. Solo un día más.

Levantó la mirada hacia su reflejo. El entrecejo volvió a tensarse. La imagen regresó sin permiso: la esfera de luz… absorbida por algo que no tenía forma. Un vacío que parecía respirar.

Soltó una risa seca.

—Genial. Ahora mi mente está dirigida por Christopher Nolan.

Respiró hondo.

—Concéntrate. Solo concéntrate.

Cuando regresó a la sala, logró mantenerse presente.

—Ahora sí te ves mejor —dijo Daniel—. Hernán quería que explicaras lo de la colorimetría.

—Claro —respondió Ariela—. Pensaba que el “mundo real” debería verse más sucio, más opaco. Colores apagados, líneas imperfectas. Pero cuando despierte en su serie favorita, el estilo tiene que cambiar: colores vibrantes, trazos limpios. Como si entrara en una pantalla de alta definición.

—Me gusta —asintió Hernán.

—Y a medida que la historia se vuelve trágica —añadió Daniel—, esos colores deberían ir muriendo.

Ariela sonrió apenas. Entendía demasiado bien esa idea.

La reunión terminó entre acuerdos y plazos.

—A trabajar —anunció Daniel.

Cuando salieron, él bajó la voz.

—Estuve buscando información sobre el collar. Hay una tienda de antigüedades cerca. ¿Quieres ir?

Ariela dudó.

Se llevó la mano al cuello por costumbre. El peso seguía allí, escondido bajo la tela de su blusa.

—Se ve como una baratija.

—O una pista —replicó él.

Ella suspiró.

—Vamos.

La campanilla de la tienda sonó como un suspiro antiguo. El local olía a polvo viejo y madera húmeda. Relojes detenidos, estatuas sin ojos y espejos empañados parecían observarlos en silencio.

Un anciano apareció desde el fondo. Tenía las manos manchadas de barniz y los lentes resbalando por la nariz.

—¿En qué puedo ayudarles?

Ariela sacó el collar del bolso y lo dejó sobre la madera con un golpe suave.

El metal opaco no reflejó la luz del lugar. La absorbió.

—Quiero vender esto. ¿Cuánto me daría, señor?

Daniel la miró, desconcertado.

—¿No querías respuestas? —susurró.

Ella lo hizo callar con un gesto.

El hombre tomó la joya con delicadeza. Cuando la levantó, la piedra azul pareció arder bajo la lámpara. Sus pupilas se dilataron.

Pero no miraba la piedra.

Miraba a Ariela.

—Es extraño… ¿Dónde lo consiguió?

—Fue un regalo —respondió ella, forzando una sonrisa—. Pero no me gustan las joyas. Y menos tan… raras.

El anciano la sostuvo a contraluz. Sus dedos comenzaron a temblar.

—Esto… no debería estar aquí.

El sonido del metal al caer sobre la madera fue seco.

Ariela sintió el impacto en el pecho.

El Holter vibró levemente contra su piel.

—¿“Aquí” dónde? —preguntó Daniel, arqueando una ceja—. ¿En el planeta Tierra?

—No lo quiero —dijo el anciano, retrocediendo—. Está maldito.

—¿Cómo sabe eso? ¿Es brujo o sacerdote? —replicó Ariela, sulfurada.

El hombre negó con la cabeza, pálido.

—Váyanse. No quiero problemas.

Ella lo guardó de un tirón.

—Gracias por nada.

Salieron bajo la llovizna.

—¿Qué es un Horrocrux? —murmuró Ariela, irritada.

—Hay una tienda esotérica al frente —indicó Daniel.

—Perfecto. Ya que está maldito, quizá allá lo acepten.

El incienso los envolvió apenas cruzaron la puerta. La luz era cálida, casi líquida.

Una mujer de cabello plateado apareció tras una cortina de perlas.

—Vaya… —susurró—. Traes algo hermoso.

Sus ojos azules se incrustaron en los de Ariela.

Ella dejó el collar sobre la mesa.

—Espero que usted me diga qué es.

—El anticuario dijo que estaba maldito —agregó Daniel.

La mujer lo tomó entre sus manos huesudas. Apenas lo rozó, la piedra emitió un destello leve.

O quizá fue la llama de una vela.

Cerró los ojos.

—Estás detenido… —murmuró, no a Ariela, sino al objeto—. Como si alguien hubiera interrumpido tu final.

Ariela arqueó una ceja.

—¿Qué significa eso?

La mujer abrió los ojos lentamente.

—La muerte no camina detrás de ti —dijo en voz baja—. Camina contigo. Desde antes de que nacieras.

Un escalofrío recorrió la espalda de Ariela. Su mano buscó instintivamente el pequeño bolso donde guardaba el Holter.

El cable bajo su ropa parecía latir al mismo ritmo que la piedra.

—¿Soy el sacrificio de algún dios o qué? —rió Daniel, incómodo.

La mujer ignoró la burla.

—No se aferra a ti. Te consume. Devuélvelo donde pertenece… o los hilos vendrán por ti.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.