~XVII~
Khai no había vuelto en dos noches.
En la cámara principal de la Torre de los Ecos, el rostro pálido de Selira era una máscara de furia contenida.
—¿Me estás provocando…? —rugió su mente.
Un dolor antiguo y brutal se abrió paso en su pecho, como una daga hundiéndose hasta el corazón. Se llevó una mano al cuello, buscando aire, pero el ahogo persistió.
Caminó hasta el espejo que reflejaba la luz fría de la luna. Su propio rostro parecía fisurarse; una marca oscura ascendía como una raíz quemada por su mejilla.
Desgarró el cuello del vestido.
La marca negra de su pecho había crecido.
Sus ojos en el espejo reflejaban miedo… y rabia.
Entonces, algo brilló al fondo del reflejo: un pequeño destello.
Se volvió hacia la habitación: nada.
Pero en el espejo… ahí estaba.
Selira extendió la mano y tocó el vidrio.
Los hilos dorados que colgaban, rotos, comenzaron a vibrar, reuniéndose como un torbellino de polvo estelar oscuro en la punta de sus dedos.
Con un chasquido seco —como un corazón partiéndose— el aire se rasgó.
Un portal emergió: no de luz, sino de sombra.
Un agujero negro que olía a olvido.
Selira dio un paso, y la oscuridad la devoró.
La cámara del Telar respiraba tinieblas.
Los hilos dorados que alguna vez sostuvieron el orden colgaban ahora rotos, como venas abiertas palpitando en un vacío sin horizonte. Estaban ennegrecidos; algunos se quebraban con el viento invisible.
Selira avanzó entre ellos con pasos lentos, dejando que cada eco la atravesara como una cuchilla.
Hacía siglos que no venía. En lugar de horror, sintió satisfacción.
—¿Por qué me llamas? —susurró.
Una sonrisa maliciosa le curvó los labios—. Debes sentirte solo. Tus hilos dorados se apagaron… ¿y deseas que yo lo arregle?
Rozó uno.
Se quebró con un sonido seco, como un hueso partiéndose.
Selira sonrió aún más. El dolor se había retirado, y la marca que invadía su rostro regresaba, obediente, a su pecho.
Entonces lo vio.
Un hilo vivo.
Brillante.
Demasiado puro.
Vibraba como un sol diminuto en medio de la podredumbre.
Su luz hería la penumbra, obligándola a entrecerrar los ojos. Aquel hilo dorado, insolente, parecía llamar a los otros, compartiéndoles algo de su fulgor agonizante.
Selira frunció el ceño. Su rabia se fijó en ese brillo desafiante.
—¿Qué quieres? ¿Por qué apareciste cuando ya todo estaba por terminar? —su voz tembló de ira.
Los ecos del Telar respondieron con carcajadas rotas, multiplicadas hasta el vértigo.
Selira apretó los puños hasta marcarse la piel. Su respiración se volvió afilada, como una llama buscando madera.
La grieta de su pecho volvió a arder.
—Haré que te apagues —murmuró, los ojos abiertos de furia—. La luz no es tan potente como crees para llenar el vacío.
Extendió las manos y tomó el hilo, como si fuera a arrancarlo de raíz.
El Telar tembló.
Los ojos de Selira brillaron.
Los hilos marchitos respondieron, moviéndose como serpientes vivas. Se acercaron a la luz del hilo, y Selira sonrió.
—Sí… esto puede funcionar.
Soltó el hilo y comenzó a arrancar fragmentos oscuros de los que se aproximaban. Los trenzó con hebras doradas mientras murmuraba:
—Yuku nu-darun… Soe mumu-darin… Yaqhun t’orin su-wón amaru.
(Que tu cuerpo sea nudo… que tu voz sea silencio… que tu hambre sea la luz de aquel mundo.)
Los hilos giraron, retorciéndose, formando una figura:
un torso hueco,
brazos largos como lanzas,
piernas enredadas…
y una cabeza vacía, sin rostro, de cuyo centro brotaban filamentos negros, palpando el aire.
El primer hilomante se alzó, temblando. Los hilos brotaban de su forma como agujas.
Su vacío exhaló un murmullo quebrado:
—Mi deseo… Mi deseo…
Selira cayó de rodillas. Una llama ardía con rabia en su pecho, rasgándole la piel desde dentro. Alzó la mirada, adolorida, y lo contempló como a un hijo enfermo y hermoso, con una sonrisa casi demoníaca.
—Tráeme esa luz —ordenó—. Después… apaga esa mirada.
La lluvia se quebraba contra los tejados como cristales arrojados desde el cielo.
Khai estaba allí, inmóvil, con la cabeza baja, dejando que el agua empapara su cabello y resbalara por su rostro sin limpiarla. El mundo parecía contener la respiración.
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Editado: 19.03.2026