~XVIII~
El doctor Gómez permaneció en silencio durante un largo rato, pasando las páginas del informe del Holter. El ceño fruncido bajo sus canas delataba que lo que veía no encajaba en ningún manual de cardiología.
—Esto es… errático, Ariela —dijo finalmente, girando el monitor hacia ella—. Mira la primera noche.
Señaló un bosque de picos altos y desordenados.
—A las tres de la mañana, tu ritmo cardíaco se disparó como si estuvieras corriendo un maratón mientras dormías. Taquicardia ventricular. Pero luego, en la segunda noche… —cambió la pantalla a un gráfico de líneas suaves y constantes— nada. Un ritmo de bebé. Perfecto. Casi demasiado tranquilo.
Ariela apretó las manos sobre el regazo. Resultaba irreal que todo esto pudiera tener relación con aquel collar.
—Lo que más me preocupa son estos momentos del día —continuó Gómez, señalando breves “chispazos” en el registro—. Aquí, a las once de la mañana. Aquí, a las cuatro de la tarde. Y otro a las ocho de la noche. No hay una aceleración gradual como la que produce el estrés. Son picos eléctricos súbitos. Como si hubieras recibido una descarga externa.
—¿Pasó algo en esos momentos?
Ariela recordó el día anterior.
—Solo… cosas del trabajo —respondió, bajando la voz—. Muy irreales.
El doctor suspiró.
—Por ahora no haremos el implante. Vamos a ver si los medicamentos funcionan. Aumentaré un poco la dosis de los que ya estás tomando —dijo, mirándola por encima del marco de las gafas—. Si presentas aunque sea un solo episodio de síncope, procedemos.
La larga receta pesó más de lo que debía. Ariela deseó que en el próximo control, milagrosamente, recuperara su libertad.
Al llegar a casa, se dejó caer en el sofá. Las piernas le pesaban como plomo y la mente se le iba nublando.
El teléfono sonó.
Mamá.
Ariela respiró hondo y contestó.
—¡Hola, ma! —Hola, hija. ¿Ya comiste? —preguntó la voz al otro lado, cargada de sospecha. —Claro. ¿Por qué no lo haría? —Espero que sea así, niña. Debes cuidar tu salud. —Tranquila, mamá… no hay nadie más saludable que yo —intentó bromear, ocultando el cansancio. —¡Sí, claro! —bufó la voz.
Ariela sonrió, casi llorosa.
Entonces escuchó un crujido en la habitación.
Se tensó, pero mantuvo la voz firme.
—Mamá… ¿tú crees en las historias de la abuela? —¿Qué dices? ¿Por qué hablas de eso ahora? —Por nada…
Otro sonido. Más cerca.
—Creo que entró una rata en mi cuarto. Voy a ver —forzó una risa nerviosa—. Si no te llamo en cinco minutos, la rata me ganó.
—¡Ariela, espera…!
Colgó antes de escuchar la respuesta.
Tomó una botella de vidrio de la cocina.
—¿Otra vez el acosador? —pensó.
Empujó la puerta del cuarto con el pie. Inspiró hondo. Apuntó hacia la ventana.
Nada.
Todo parecía en orden.
—Si es una rata… amiga ratita, vete por favor. No quiero hacerte daño —dijo en voz alta, con un temblor disfrazado de sarcasmo.
Entonces lo oyó.
Un susurro quebrado, como un hilo tensándose hasta romperse:
—Mi… deseo…
Sus ojos azules se abrieron de par en par. Aspiró aire con fuerza; el corazón, aunque sedado, comenzó a latir más rápido. Alzó la botella con manos temblorosas y encendió la luz.
Una sombra se deslizó por la pared.
Del suelo brotaron hilos negros, entrelazándose hasta formar un cuerpo: un torso hueco, brazos que terminaban en algo parecido a agujas y, en lugar de rostro, un vacío del que emergían filamentos palpando el aire.
Ariela retrocedió. Su pecho no iba a soportarlo.
—Qué mier… —jadeó.
Intentó correr, pero las piernas se movían como si avanzaran en fango.
El hilomante avanzó con movimientos quebrados. Las hebras chasqueaban como látigos. El murmullo se multiplicó, llenando la habitación.
—Mi deseo… mi deseo…
Ariela gritó y tropezó cuando los hilos se enredaron en su tobillo.
El corazón parecía a punto de estallar.
La criatura acercó su vacío a su rostro.
Entonces, un sonido cortó el aire.
Vidrios rompiéndose. Un crujido profundo.
La figura se desgarró en hilos al unísono.
Y la oscuridad cayó sobre ella.
Ariela despertó sobresaltada en su cama.
Todo parecía normal.
Se tocó el pecho.
El teléfono sonó.
Dani.
—Hola, Ari. No pude llamarte ayer. ¿Qué te dijo el médico? Ariela parpadeó, desorientada. Otra vez había soñado. —Ah… medicamentos. Y estar en calma. —Qué bien. Esperemos que no sea nada más. En la tarde nos vemos. —Ok.
#1859 en Fantasía
#211 en Paranormal
#88 en Mística
venganza amor odio y un doloroso pasado, romance fantasía acción aventuras, fantasia dioses
Editado: 19.03.2026